Vie. Mar 6th, 2026

José Luis Puga Sánchez

El virus de los cumpleaños, las celebraciones y las memorias se esparce. “Apizaco 1921-2021. Memorias de una ciudad centenaria” es un libro de emociones, más que histórico. Es un compendio de imágenes personales de personas que voluntariamente aceptaron compartir sus cuadernos de recuerdos.

Se trató de la cuarta y última estación de este ferrocarril que inició su viaje hace un año, cuya parada final es hacer visible el devenir de una ciudad surgida al paso de y por el ferrocarril, la más joven del estado. La mente maestra tras el libro son Olimpia Guevara, Enrique Arellano y Noé Ortega. Los presentadores esta ocasión Isabel Aquino y Joel Dávila.

Y la periodista y cronista de Huamantla, Isabel Aquino, dijo, le dijeron, lo escuchó… que Apizaco, “la ciudad de agua delgada”, nació del silbido del tren, del esfuerzo de los obreros que construyeron locomotoras y también hogares, familia y comunidad. El libro no es solo una publicación, es un viaje a través del tiempo. Y ese viaje es narrado mediante crónica, poesía, cuento… Son anécdotas, historias de vida narradas por su protagonistas o testigos o historias de familia.

Las páginas, para Aquino, despiden un profundo sentido de pertenencia y nos llevan por diferentes etapas de la ciudad, desde los vestigios que nos narran el proceso de la ¿evangelización?, hasta el campamento de trabajadores que tendían las vías del ramal Orizaba, Puebla, Ciudad de México, hasta la fundación en 1866, siempre en torno a la estación del ferrocarril. Conocemos –dijo- hechos como la construcción de la Basílica de Nuestra Señora de la Misericordia, hasta los espectáculos teatrales que se presentaban en los escenarios apizaquenses, la modernización del reloj monumental o los relatos en torno al rescate y ubicación de la emblemática máquina de vapor 212, convertida en monumento.

Se reescribe escribe la historia de la “famosa” niña perdida de la Malinche, o aquella tragedia que hizo que una familia se mudara de la capital del país para establecerse en Apizaco y buscar una nueva oportunidad para su familia. Hay un poema de Rafael García Sánchez.

Apizaco es, recalcó, lugar de origen de siete gobernadores del estado de Tlaxcala… hasta hoy.

Joel Dávila Gutiérrez, profesor universitario en retiro, habló de la diáspora del libro. De su presentación en sociedad, hace un año, en la presidencia municipal apizaquense, “lugar no muy adecuado, pero se agradece el esfuerzo de los organizadores”. La gira hizo segunda parada en el cementerio de trenes ubicado en Puebla “de los ángeles y demonios”, el Museo de los Ferrocarriles, entre máquinas de vapor y diésel silenciosas. La siguiente parada fue en Casa de Tlaxcala, en la Ciudad de México, para llegar ahora a lo que, se aseguró, será su última parada de presentación, la Pinacoteca del Estado.

Dávila encontró en el libro creencias, acontecimientos relevantes, personajes heroicos o infames, desastres naturales, avances tecnológicos y seres fantásticos han conformado la cosmovisión de cada generación. Los relatos reflejan hechos vividos y rememorados por testigos de acontecimientos familiares y sociales, algunos con tintes épicos y otros impregnados de melancolía.

Juegos infantiles, calles, vecinos y tradiciones hoy desaparecidas, cobran vida en estas páginas. Algunos textos relatan datos históricos de Apizaco desde su fundación hasta tiempos recientes. Se incluyen arrebatos poéticos inspirados en la ciudad, crónicas sobre la reubicación de la máquina 212 en La Glorieta y la historia de la locomotora 134, la India Bonita, rescatada por su deterioro.

“Apizaco 1921-2021. Memorias de una ciudad centenaria” se alimenta de textos de Ricardo Jesús Mendoza Santos, Pablo Vázquez, Rosa Isela Fermín, Eileen González, Javier Dorantes, Sergio Bautista, Rafael García, Enrique Arellano, Angélica Vargas, Irma Romero, Teresa Meneses, Francisco Huerta, Jorge Martínez, Jorge Vargas, Alfonso Etos, Doris González, Magdalena Romero, Alicia González, Guadalupe Hernández, Olimpia Guevara, Benjamín Montiel, Germán Cisneros, Ana Edith Sánchez, Amaury Quintero y Carlos Segura. 

Y brotó la sangre. Hubo lecturas de sus autores.

Edith Sánchez leyó un fragmento sobre un ficticio relato suyo sobre una viajera de carretera que se reencuentra con Apizaco y consigo misma. Alfonso Etos montó en su caballito de madera para recorrer sitios emblema de la ciudad. María Teresa Meneses Salado habló de programas de mano originales que anunciaban funciones teatrales efectuadas en diferentes teatros de Apizaco desde 1904. 

Jorge Antonio Vargas hizo un repaso por la vida, y en su caso muerte, de varias construcciones en la ciudad que resguardaron o mantienen historia, como el sindicato ferrocarrilero. Angélica Vargas escribió y leyó retazos de una historia narrada a ella por Antonio Moreno y su esposa victoria, apizaquenses radicados en Los Ángeles, ambos mayores de 90 años, anécdota relativa a la participación de Antonio, quien a los 15 años era ya oficial de carpintería, en la construcción de las bancas de la Basílica de la Misericordia.

Leoncio Benjamín Montiel Mejía no nació en Apizaco, es oriundo de la Ciudad de México, pero “un evento” lo obligó a emigrar a la ciudad rielera, cuya calma y vida provinciana, sus calles amplias y geométricas y sus cielos azules le enamoraron y hoy enarbola la bandera de Apizaco. Guadalupe Hernández Cabrera, abogada hoy, sacó su baúl de los recuerdos de su niñez, cuando acompañaba a su familia que tenía un negocio en el parque y vivir ahí algún jocoso episodio.

Con esa descarga de emociones cerró la tarde en una Pinacoteca tomada por asalto por un puñado de apizaquenses.

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