
José Luis Puga Sánchez
Un festival dedicado a Juan Rulfo presentó un libro muy alejado de Rulfo… y sin mencionar a Rulfo. Y un Rulfo infante parece muy, muy alejado del niño del libro.
“La muerte tiene permiso”, ese encuentro anual de alumnos de Filosofía y Letras de la Autónoma de Tlaxcala con sus maestros, con conferencistas de otras universidades, con la sociedad, con la vida real, este 2025 fue dedicado a Juan Rulfo… y se habló de la muerte… y se hablaron muchas otras cosas distantes.
“Los astronautas” es un libro infantil de Ana Edith Sánchez en clave poética y narrativa. El relato es llano, sencillo, para niña y niños con muy poco horneado.
“Los astronautas”, afirma la poeta, cuentista y ensayista Ana Edith, son niñas y niños y habla de eso. Es un libro que disfrutan mucho también las personas grandes, no nada más los niños.
Festejó el libro, sus ilustraciones, los lectores… Habló de su cercanía con los ilustradores, de sus técnicas: hojas de colores, lápices de colores, técnica mixta, digital, óleo sobre tela, óleo sobre papel.
Los artistas plásticos que le acompañan son once: Abel Benítez, Diego Minero, Enrique Pérez Martínez, Gustavo Alberto Hernández “Travis”, Jorge Barrios, Josefina Nava Jácome, Juan Carlos Moreno, Mariana Pérez, Mayra Violeta Sosa, Rosa María Lucio y Sandra Soto, quienes mantienen activa la imaginación del niño, desencadenada por la fusión de colores, formas y palabras.
La introducción, de Efrén Minero, rastrea el misterio de la sensibilidad y la mente abierta infantil, tan fértil para recibir la verdadera poesía y disfrutarla a plenitud, sin mayores complicaciones. Y Ana Edith y sus astronautas lo consiguen.
Francisco Varela Ibarra es corrector de estilo y usa a la poesía para viajar a otros mundos. En la presentación de “Los astronautas”, dijo que le gusta el color de las ilustraciones, aunque no aclaró si le gustan las ilustraciones en sí. Pero sí dijo que es “un bello libro”.
Confesó haber leído el libro con su imaginación, desde sus recuerdos infantiles o con su criterio de adulto, “desde mi servidumbre racional. Sabía que, si leía desde mi sensibilidad galáctica, iba a disfrutar las imágenes. Pero si leía con gesto fruncido, diría, pero qué forma de perder el tiempo, de gastar mi dinero, de aburrirme. ¿Se ilustran los libros para que a los lectores no les parezca aburrida la lectura? No lo sé”.
Pero dijo, finalmente, que “si leemos ‘Los astronautas’ desde nuestra imaginación, encontraremos la verdadera riqueza de este libro. Edith logró una visión amena con la manera de presentar al niño la realidad a través de la literatura. Pone para el lector el descubrimiento de otra realidad, a la que se llega por la fantasía”.
El niño –enlaza- escucha cuentos, imagina versos, canta canciones, descifra adivinanzas, representa personajes en sus juegos dramáticos espontáneos e inventa mil cosas más, porque uno de los derechos que tiene el niño es el de la fantasía, y son las lecciones de literatura una forma de generar más fantasía.
“Los astronautas” transporta sapos, girasoles, gatos de seda, brujas… Pero Ana Edith Sánchez optó por leer, sin mayores comentarios a profundidad sobre el contenido, hasta su despedida…