
Denisse G. Gómez
Estoy sentada en el lugar 118 del enorme salón de la escuela de derecho de Columbia. Un espacio que parece más sala de conferencias —o incluso un intimidante salón de la ONU— que un aula. Somos doscientos alumnos, la mayoría de la licenciatura en derecho, americanos, cada uno con su respectivo lugar asignado y un micrófono. Sol, mi amiga paraguaya, y yo somos las únicas de la maestría, ambas mujeres latinas entre un mar de hombres blancos. Destacamos, aunque no queramos.
La vestimenta de los estudiantes es una paleta de colores en tonos grises y azules. Una mitad son asiáticos; la otra, hombres americanos, típicos del clásico “finance bro” (hombre de finanzas). Vestidas con colores alegres y femeninos, una vez más, Sol y yo sobresalimos. Mi termo es rosa, mi bolsa morada; nuestro aspecto es colorido en sí mismo. Somos lo tropical entre lo sombrío del frío de Nueva York.
La clase se titula Análisis e Interpretación de Estados Financieros. El profesor, un Ph.D. en contabilidad por la Universidad de Yale, parece hablar un idioma que me resulta incomprensible. Tiene frente a él un mapa de doscientas caras: nombres, coordenadas, rostros. Una cuadrícula perfecta que le permite identificar a cada estudiante con precisión.
En muchas facultades de derecho en Estados Unidos, el curso gira en torno al método socrático: preguntas, contrapreguntas, respuestas que rara vez cierran un tema. Hoy estoy on call: marcada, notificada y a punto de entrar en la línea de fuego.
Durante la sesión, el profesor selecciona a personas al azar —de ahí la temida “llamada en frío”— para que respondan. Y no es solo una pregunta: pueden ser cinco, diez, o una secuencia entera que te deja sin aire. Aunque en teoría se trata de un diálogo intelectual alrededor de una lectura, un caso o lo visto en la clase anterior, en la práctica se siente como un interrogatorio con un alto potencial de vergüenza pública.
El método te obliga a vivir en un estado de alerta constante: cada minuto es una preparación silenciosa por si escuchas tu nombre. Por eso, el nivel de estudio para cada clase se acerca al de un examen. Nadie quiere ser la persona que se queda en blanco bajo la mirada de doscientas caras.
Como era de esperar, finalmente me tocó experimentarlo en primera persona. Fue precisamente en la clase de finanzas. Dos días antes había recibido el correo anunciando que estaba “on call” — por fortuna, en esta clase te notifican con anticipación sobre las lecturas y el caso que tocará resolver. Por desgracia, me tocó un tema muy complejo: la contabilidad de inventarios (FIFO, LIFO, AVCO). Tres siglas que, al abrir el material, me produjeron algo parecido a un mareo. Era como leer un idioma inventado esa misma mañana. Al intentar leer el material de clase, las palabras rebotaban, una palabra no hilaba con la otra. Las ideas se resistían a entrar, rebeldes, empujando contra mi decisión de haberme metido en este mundo financiero.
Mi “yo” idealista jamás habría imaginado que un día estaría preparando una clase sobre cómo una empresa petrolera puede pagar menos impuestos. Hace cuatro años estudiaba derechos humanos, injusticias sociales, teorías de paz. El caso que me tocó —una ironía— trataba sobre Exxon y sus estrategias fiscales. Mientras intentaba comprender el tema, mi celular vibró, Nueva York acababa de elegir, por primera vez en su historia, a un alcalde inmigrante árabe y de izquierda. Afuera, la ciudad celebraba. Adentro, el entorno de mi clase era otro: el procapitalismo relucía, lleno de hombres seguros de sí mismos, convencidos de la prosperidad que su futuro les prometía. Lleno de éxito financiero en la Gran Manzana.
Finalmente llegó el día que tanto temía. El profesor escribió cinco nombres en el pizarrón y se aseguró de pronunciarlos correctamente. Para mi mala suerte, las tres personas asignadas a mi caso no se presentaron a clase. “Denisse”, dijo el maestro, “hoy estarás sola conmigo explicando el tema porque tus compañeros te abandonaron”. Sentí un vacío seco en la panza. Náusea, mareo, ganas de desaparecer. Cerré los ojos y acudí, como en mis momentos más extremos, a una oración que utilizo como último recurso en situaciones dramáticas (donde no tengo escapatoria): “Señor, quita de mí este cáliz; pero si no es posible, hágase tu voluntad”.
La clase dura tres horas y yo estaba asignada a la segunda mitad. Los minutos avanzaban con la lentitud desesperante de un vuelo interminable: miras la pantalla con la esperanza infantil de que, al hacerlo, la diminuta silueta del avión se desplace un poco más rápido. Intentaba escuchar, pero cada palabra del profesor parecía vivir aislada de la anterior: términos técnicos, conceptos densos, un idioma hostil.
Imaginaba el peor escenario: no entender la pregunta, no poder articular una respuesta, convertirme en espectáculo de ridículo. ¿Qué puede ser peor que no saber la respuesta? Ni siquiera comprender la pregunta.
En un momento de desesperación contemplé una salida cobarde: hablar bajito, con un acento impreciso, lo suficiente para que nadie entendiera y el profesor sintiera compasión —como a veces, sin querer, ocurre con algunos estudiantes internacionales de origen asiático. Pero la fantasía duró un segundo.
La verdad era simple: no había escapatoria. El profesor ya había detectado mi nombre y mi rostro; mis compañeros, muchos de ellos ausentes por puro terror, no llegarían a salvarme. Y yo estaba ahí, presente, preparada, con el material estudiado. No había vuelta atrás.
Así que para evadir el pánico y dejar pasar los minutos hasta que llegara mi turno, apelé al recurso clásico: imaginar algo peor para relativizar el desastre. ¿Qué sentiría un presidente del mundo ante una crisis nacional? ¿Qué pasaría si un cliente crucial en una firma te hiciera una pregunta y te quedaras en blanco? Esto —al final— era solo una clase. Nadie se acordaría mañana. El impuesto de inventarios de Exxon no definiría mi futuro. Incluso si hiciera el ridículo, no cambiaría nada. Y si salía mal, siempre quedaría la opción de contarlo después, reírme o escribirlo: una historia más de mi vida en Nueva York.
Poco a poco, mi mente empezó a volver a su eje, ese que aparece después del caos. Me recordó que este episodio de pánico es solo una parte del proceso, es el patrón de siempre: estudiar algo incomprensible hasta que, por disciplina y paciencia, se vuelve manejable. Después de dos días de inmersión absoluta en el estudio, algo había cambiado: ya entendía. Podía resolver problemas. Y —para mi propia sorpresa— podía explicarlos. Lo recordé en voz interna: sí sé. Sé más de lo que mis nervios me permiten reconocer. El síndrome de impostora, por primera vez en días, empezaba a desdibujarse.
“Denisse, tú puedes”, me dije. Y quizá sí, o al menos ese fue el cuento que tuve que contarme para sostenerme.
A las 5:05 p.m. me llaman. El cuerpo entra en modo de alerta: manos temblorosas, sudor, respiración que no encuentra ritmo. Un pensamiento ridículo cruzó por mi mente: ¿será que los demás pueden ver el pánico bajo mi ropa? Pensé en los hombres que han respondido con la seguridad inquebrantable de expertos en la materia. En cómo llenan el espacio. Y entonces entendí algo simple, casi vulgar: esto también era actuación. Imita a los hombres hasta que su seguridad se vuelva tuya.
Respiré hondo. Enderecé el pecho. Solté el cabello. Recordé un gesto viejo: cuando en secundaria me tocó leer frente a toda la escuela, me recogí un mechón detrás de la oreja antes de hablar. Después, mi papá me dijo: “Ahí estaba tu seguridad.” Ese pequeño gesto, convertido en ritual, me acompañó ahora. Y, de algún modo, funcionó.
En clase, a menudo escucho respuestas de compañeros hombres cuya seguridad es desproporcionada al contenido que proclaman. Algo de eso recuerda a los sofistas de la antigua Grecia: más retórica que sustancia. Pero esa seguridad —llena o vacía— igual impone.
Yo, fiel a ese hábito tan femenino de prepararnos el doble para sentirnos la mitad de seguras, aposté por una seguridad llena: la que nace de haber estudiado.
Durante los siguientes sesenta minutos —un duelo técnico disfrazado de conversación— respondí. Mi seguridad fingida se volvió real. El profesor lo percibió y empezó a elevar el nivel, empujando más, exigiendo más. Contesté incluso cuando dudé. Recordé un mantra que aprendí en la carrera de derecho: “Hablen aunque no sepan qué decir”. Ante una pregunta que encontré incomprensible, contesté: “depende”. Más por pánico que por sabiduría. El profesor sonrió: “Así es como quiero que piensen.” Si supiera.
Al terminar, recibí un “good job” (buen trabajo) que se sintió como el mejor cumplido que había recibido. Algunos compañeros se acercaron también asombrados. Y ahí entendí algo que me cambió la respiración: no fue el contenido —tan técnico que casi nadie entiende—: fue mi seguridad. La seguridad construye percepciones y las percepciones abren puertas.
La última pregunta del profesor había sido: “Si tú fueras la CEO de Exxon…” Y ahí vi la imagen completa: este salón está lleno de futuros CEOs, consejeros jurídicos, jueces, académicos que se volverán el referente de las materias para el resto de las universidades del mundo. Y aunque me intimida, ahora comprendo que voy por el mismo camino. Después de la desafiante clase, sentí, por primera vez, que yo también aspiraba a lo mismo. Yo, como Sol, estoy en ese mismo salón. Mis sueños tienen la misma estatura que los de ellos.
Cerré la laptop y guardé mi termo morado (marcado por el sudor de mis manos). Afuera me esperaba mi amiga paraguaya. “Te merecés un martini”, dijo.
Fuimos por uno. Y brindamos.
Denisse G. Gómez es abogada egresada de la Universidad Panamericana y maestra en Derechos Humanos por la Universidad de Columbia. Actualmente cursa la maestría en Derecho (LL.M.) en la misma institución.