
Juan Ávila
Un hoyo fonky fue el apelativo que el escritor Parménides García Saldaña dio a los lugares en los que se interpretaba rock en México en la década de los setenta, una época cuando dicho género sufrió mayor censura y represión por parte de los gobiernos del Partido Revolucionario Institucional (PRI), luego de las matanzas de 1968, 1971 y el Festival de Avándaro.
En realidad, las matanzas de 1968 y 1971, el complot de Avándaro y toda la represión setentera, forman un todo, no hay antes de Avándaro y un después de Avándaro, todo forma parte de un proceso de represión y tiranía.
El Festival de Rock y Ruedas de Avándaro, tras sus resultados imprevisibles como una asistencia descomunal, la reprobación por parte de sectores conservadores de la sociedad mexicana y el castigo moral de la prensa oficialista, da como resultado la cancelación de cualquier evento masivo o no masivo, convocado por el rock, prácticamente durante toda la década de los setenta en México.
En realidad no hay tales resultados imprevisibles, todo estaba calculado para que Avándaro fuera etiquetado como un bacanal y viniera, eso sí, el castigo no moral y si amarillista de una prensa vendida, dando como resultado el endurecimiento, que ya lo había, de la represión y por tanto, no la cancelación propiamente dicha, sino más bien la no autorización de ningún evento de rock, masivo o no.
La respuesta a dicha represión y persecución oficial es la formación de una manifestación contracultural basada en la organización de tocadas (conciertos) sin permisos en barrios pobres y en la periferia de la Ciudad de México, así como en otros estados de México en donde el fenómeno se replica.
Queda claro que estos eventos, masivos o no, se llevaban a cabo en la clandestinidad, sin permiso de las autoridades, sin seguridad ni para los músicos, ni para los asistentes, con desorganización y en un ambiente hostil, en lugares tales como terrenos, bodegas abandonadas y/o casas semi destruidas.
Con estas tocadas subterráneas se mantuvo viva la flama del rock mexicano.
Algunos de los grupos que se presentaban en los hoyos funkies: Tinta Blanca, Three Souls in my Mind, El Epílogo, Náhuatl, Árbol, Viva México, Nuevo México, Al Universo, Enigma, Javier Bátiz, Los Dug Dugs, Toncho Pilatos y muchos más.
Para el principio de los 80’s, salió al desencuentro con el circuito rockero existente, es decir los hoyos funkies setenteros, un rock más comercial, que buscaba reencontrarse con la clase media.
La misma clase media que en los años sesenta frecuentaba los famosos cafés cantantes con grupos como: Los Crazy Boyz, Los Blue Caps, Los Hermanos Carrión, Los Sparks, Los Hooligans y Los Spitfires.
En los 80´s se logró grabar discos independientes de buena calidad. Entre estos grupos estaban Kenny, Taxi y Dangerous Rhythm.
Para 1982 surgen bandas como Sombrero Verde, Las Insólitas Imágenes de Aurora, que se convertirían en grupos más sólidos, para finales de esta década, pero ya con otros nombres: Maná y Caifanes.
A mediados de los años 80 hubo una explosión de grupos de rock-pop, que tuvieron ya una aceptación en lugares como el Satélite Rocks, la Rockola y el Rockotitlán, destinados a la clase media y que distaban mucho de los hoyos funkies.
Se presentaban grupos como Kenny, Botellita de Jerez, Taxi, Ritmo Peligroso, Kerigma, Linx, Omnibus, No, Blush, Blitz, Javier Bátiz, La Cruz y muchos más.
La libertad de la que hoy gozan los festivales de música en México fue ganada en base a pulso, tanto de músicos, como de la audiencia y con experiencias no siempre agradables.
Vive Latino, Corona Music Fest, Rockarga, Música por la Tierra, Manifest y Corona Capital, son nombres de festivales que se han convertido en parte de la memoria colectiva del público mexicano, que cada año no repara en gastar cientos -o hasta miles de pesos- en los boletos de entrada.
Estos festivales tienen otra cara, son estrictamente comerciales y capitalistas, pero cuentan con todos los permisos oficiales, se llevan a cabo bajo una organización planeada y estructurada, con el patrocinio de grandes empresas y con costos que no pueden pagar 50 millones de Mexicanos hundidos en la pobreza y tampoco millones de obreros que ganan el sueldo mínimo.
Cuentan con la venta de localidades con meses de anticipación; promoción y publicidad tanto en radio, televisión, medios impresos e internet; los accesos controlados e indicados con claridad en las sedes; despliegue de elementos de seguridad; una buena organización de horarios y espacios.
Pero todo esto no sería posible sin Avándaro y sin los hoyos funkies, todo ha sido parte de un proceso.
Ante los sucesos de Avándaro en 1971, las bandas de rock encontraron su modus operandi en bodegones, locales clandestinos y terrenos que fueron conocidos como los hoyos funkies y con nombres como “Siempre lo mismo”, “El Herradero”, “Salón Revolución” y “Salón Chicago”, entre muchos otros, los cuáles eran terreno hostil para músicos y asistentes.
Todo este proceso se daba bajo la sombra de los gobiernos tiranos de Díaz Ordaz y Luis Echeverría.
El blues y el rock en México han escrito su propia historia, con sangre, sudor y mucha perseverancia.
Las cosas han cambiado para mejorar.
Sigue habiendo en muchos casos los mismos vicios de los hoyos funkies: desorganización, gandallas, fraudes, poco profesionalismo y mucho desconcierto; personajes con greñas y barbas descoloridas que siguen aferrados al pasado, que se niegan a madurar y persisten con envidias, ataques, groserías, arreglos en lo oscuro, impuntualidad, mezcla de drogas, alcohol y rock/blues, etc. Afortunadamente son los menos.
El rock en México ha tenido un camino sinuoso;
Los cafés cantantes en los años sesenta para la clase media alta.
Avándaro.
Los hoyos funkies en los años setenta para la clase baja.
Los bares tipo Rockotitlán en los ochentas para la clase media.
Los grandes festivales en el nuevo milenio tipo Vive Latino.