
José Luis Puga Sánchez
Tímida, podría decirse, y pese a su larga data en la docencia, Marisol Nava habló de la libertad, su libertad de acariciar las palabras, paladearlas, percibir sus significados y, con la escritura, ser parte de “un prodigio alquímico fascinante”. Frente a ella un auditorio anexo a rectoría convocado a la presentación del libro ‘Sueños de agua’ le mira expectante esa tarde invernal.
Para Marisol escribir poesía representa un acto de libertad solo sometido al valor y rigor de las palabras, por eso “la creación es una receta que se cocina a fuego lento, necesita templarse y reclama varias cocciones, es una mezcla de cálida paciencia y deleitable esmero”.
De aquel 2017, cuando presentara su anterior poemario, ‘Fisura en el paraíso’, ocho años han pasado, ocho años no en descanso, no en letargo. Ocho años para observar su entorno, para observar su interior. Ocho años para detenerse y meditar, reunir fuerza, reunir materiales y acometer un nuevo proyecto… que este otoño llegó a su concreción.
Pasó ya el aporte de sus primeros lectores: Juan Enrique Jiménez Fuentes, el canario; Joel Dávila Gutiérrez y Miguel Rodríguez Lozano, sugerencias que se unieron a las de Miguel Rodríguez Lozano, autor de la presentación. Marisol se sabe en deuda.
¿Y ahora?
“En un país de escasos lectores y pocos recursos, pues al menos yo tengo una señera respuesta a la pregunta de ¿qué quiere la Marisol escritora? No tengo duda: lectores”.
No habló directamente del contenido del libro, de los poemas, de su trabajo. Pero solicitó fervientemente a sus lectores le hagan saber sus impresiones, su digestión de su poesía, las imágenes que le despiertan, las emociones que les convoca…
Y abrió su tiempo y su voluntad para acudir alegremente a todo lugar donde se le invite a presentar ‘Sueños de agua’.
A su izquierda en la mesa, como presentadora, Isabel Crisalys dijo ver una Marisol soñadora, ver una poeta que sueña desde y con la sensualidad. Heidi abrió el libro para encontrar dos sentidos: por un lado, el que marca el deseo, lo que se busca; por otro lado, el que fluye, el que navega, escapa, se pierde.
La distribución y titulación de capítulos le remitió al “ciclo del viaje del héroe o de lo que James Joyce llamó el monomito, un viaje en el cual se da una separación, un inicio y un retorno, aunque no siempre es físico, a veces también metafórico. Sin embargo, es la mención de dos elementos heteróclitos en conjunción, los que intrigan y sorprenden al lector”.
Crisalys localiza en el poemario tres voces, “a veces signadas por una tipografía distinta”, que funciona visualmente y confiere cierta intensidad a las emociones expresadas.
Y encuentra “un himno de texturas y sensaciones”: sirenas, música, vocecitas de algas, melodías de peces, oraciones de mantarrayas.
El sueño continúa –termina Isabel Crisalys- y crece en los versos donde se da el encuentro amoroso, sin embargo, no debe olvidarse que los sueños se desvanecen y pide nuestro despertar, ahí comienza la vida, aun cuando sea en las orillas de la muerte.
A su derecha en la mesa, como presentador, Joel Dávila Gutiérrez, quien, fiel a la imagen sobria y adusta del académico, sentenció: Toda obra literaria que aspira a perdurar se sostiene en dos pilares fundamentales: una estética sólida y una visión del mundo capaz de resonar más allá de su tiempo. “Sueños de agua pertenece a ese linaje de textos que desde su concepción se sitúan en la frontera entre la lírica, el mito y la búsqueda del interior”.
El poemario –prosiguió- articula una simbología compleja que dialoga tanto con la tradición poética latinoamericana como con arquetipos universales de transformación, tránsito y revelación. La protagonista, una sirena nacida en el páramo, no es únicamente un personaje poético, una figura arquetípica cuya doble naturaleza introduce de inmediato la tensión estructural que sostiene la obra. La hibridez entre tierra y agua, entre desierto y océano constituye el punto de partida para interpretar el viaje como un proceso de restitución identitaria.
Los preparativos de la sirena, cuidadosamente descritos, presentan a su juicio uno de los momentos más logrados del libro. Aquí la autora articula –explicó- un lenguaje de raíz ritualista. La piel como superficie liminal es sometida a baños, ungüentos y perfumes que funcionan como metáforas de purificación y transición. Esta sección recuerda la lógica de los ritos de paso estudiados por Van Gennep y más tarde por Turner, donde el individuo debe abandonar su forma previa para ingresar en una fase de umbral.
‘Sueños de agua’ dijo que explora los peligros del recuerdo, la tentación de la nostalgia y el riesgo de convertirse en tragedia de sal.
En conjunto –remató Joel Dávila- ‘Sueños de agua’ es un poemario que logra fusionar elementos míticos, introspectivos y sensoriales en una arquitectura lírica, rigurosa y seductora. La autora destaca no sólo por su capacidad para crear imágenes memorables, sino por construir un universo simbólico plenamente cohesionado. Su trabajo evidencia madurez literaria, sentido estético y un dominio admirable de la tradición poética.