Vie. Mar 6th, 2026

José Luis Puga Sánchez

Poco más de un siglo atrás, la insurrección revolucionaria tuvo en Tlaxcala su mayor impacto en las comunidades, las haciendas, los ranchos… pero para fines políticos ocupar las ciudades, sobre todo la capital, fue fundamental.

Una rápida reconstrucción hace el historiador Alberto Xelhuantzi Ramírez, quien recurrió para esta empresa recurrió a las fuentes informativas del Archivo General e Histórico del Estado de Tlaxcala, así como en el Fondo Andrés Angulo del Museo Regional del INAH, pero su mayor cantidad de datos los obtuvo de las memorias de los propios revolucionarios. “La documentación fue recopilada por Andrés Angulo, Porfirio del Castillo y por el coronel Eduardo Reyes. En cuanto a la documentación que está en el archivo histórico, muy poca mención, muy poca mención”.

Con documentos en mano, Xelhuantzi bosquejó la ubicación de los principales focos guerrilleros en este periodo maderista: Tepehitec con los hermanos Sánchez, Contla con Juan Cuamatzi, Zacatelco con Pedro Morales e Isidro Ortiz; San Pablo del Monte con “la hacendada”, Carmen Vélez, y otros más. Fueron los primeros grupos opositores al régimen de Porfirio Díaz y de Próspero Cahuantzi, difundieron las ideas magonistas en un primer momento y, después, maderistas. 

“La hacendada”, Carmen Vélez, fue hija de un hacendado dueño de la hacienda Guadalupe Xaltelulco. Ella se levanta al frente de una tropa de 300 soldados, tomó y cambió las autoridades de los pueblos y levantaba actas. Uno de ellos fue Tepeyanco, donde llegó, tomó, cambió las autoridades, levantó el acta y posteriormente fue a Contla, donde también cambió a las autoridades.

Xelhuantzi lamenta que el relato del movimiento revolucionario esté tan fragmentado en los documentos bajo resguardo oficial.

Pese a todo, puede reconstruir el primer periodo de 1910, que va desde el 20 de noviembre hasta marzo de 1911, cuando la ciudad de Tlaxcala no sufrió alteraciones, porque “acá estaba el cuartel de los federales”. Empero, las autoridades prohibieron el carnaval, no porque estuviese asediada la ciudad, sino porque durante la festividad la gente “cometía excesos”, tal cual dicen los documentos.

Para ese momento ya se había alzado en armas Juan Cuamatzi, Porfirio Bonilla en Apizaco, pero por un periodo muy corto, porque él se alzó el 27 de diciembre de 1910 y a la misma semana deja el grupo. “No tenía muchos simpatizantes”.

Benigno Centeno, originario de la zona de Tepetitla, encabeza

otro de los grupos fuertes. “Hay datos de gente que está en Tlaxco. Dolores Huerta, que era de Santa Ana, pero trabajaba en las haciendas de El Rosario, también se levantan en armas”.

Son varios grupos -abunda Xelhuantzi- que no se habían agrupado en un núcleo fuerte. El más importante era el de Cuamatzi y el de los hermanos Sánchez, pero tenían cada quien su zona. Incluso en Tlaxco también otro grupo, el de Gabriel Hernández, que toma Tlaxco en febrero de 1911.

Hasta este momento en la ciudad de Tlaxcala no había gran alteración, aunque en sus memorias, el jefe de la prensa de gobierno, Joaquín Díaz Calderón, dice que en la ciudad de Tlaxcala sí había maderistas, “pero muy sigilosos”. Se hacía propaganda a favor de Madero muy sigilosamente, no se mostraban abiertamente.

Las batallas más fuertes en este periodo, de 1910 a 1911, se desarrollaban en la zona de San Pablo del Monte. De hecho, Benigno Centeno coloca una bomba de dinamita en la iglesia, entra a la población y pretende limitar el templo. De ahí regresa a Tepetitla.

La zona centro del estado se mantenía aún en relativa calma.

Llegan por esos días los “dictados de Ciudad Juárez”, pero antes de su firma, el mismo Centeno, quien tenía el grupo evolucionario más grande, mediante carta pide a Madero que ingrese a la plaza de Tlaxcala. Es entonces cuando las guerrillas se acercan a la ciudad. 

Y es ahí que Próspero Cahuantzi “negoció, negoció”. Sabía que las guerrillas se estaban acercando y “no quería que las tropas entraran a la ciudad y dañaran a civiles y se le hiciera un destrozo”. Formó una comisión que incluía a Pedro Lira y a Rafael Loaiza, los principales personajes del gabinete de Cahuantzi y les encomienda negociar con los revolucionarios, que para ese momento estaban ya en Panotla, después de salir de Tepetitla, pasar por Texóloc y por Zacatelco.

La encomienda de la comisión fue negociar la salida del gobierno de la capital, Tlaxcala, bajo condición de que los revolucionarios no derramaran sangre. Las negociaciones se realizan en Panotla.

Sin embargo, el segundo de Benigno Centeno, Eduardo Reyes, señala que el grupo revolucionario confeccionó un plan para entrar: si las tropas federales se oponían, su gente que conocía las entradas de la ciudad llevaría bomba de dinamita ocultas en su ropa, para arrojarlas en la ciudad. No sucedió.

Cuando llegaron las tropas de Eduardo Reyes, una parte de la tropa se coloca en el cerro del vecino, arribita del ex convento de San Francisco; otra parte de la tropa en la entrada de Acuitlapilco, otra parte entra a la ciudad y sube a las torres de los templos y esperan la llegada de Benigno Centeno y sus tropas, quien estaba en Texmelucan recuperándose de una enfermedad. Fue él quien, el 30 de mayo, finalmente tomó la ciudad y se acuartelan en el ex convento de San Francisco.

En la primera semana de junio la gente del ayuntamiento de Tlaxcala y el personal de la administración de Próspero Cahuantzi renuncia y los nuevos jefes maderistas quedan a cargo de la zona.

Operaba en la capital, en aquel momento, el Instituto Científico y Literario de Tlaxcala, ubicado en las instalaciones que hoy ocupa la coordinación de comunicación del gobierno del estado.

Importante mencionar a Carmen Vélez, quien se levantó en armas en la hacienda de Guadalupe Xaltelulco, en San Pablo del Monte. Carmen participó también en la toma de la ciudad de Tlaxcala, a donde llegó con 300 soldados y su estado mayor, la mayoría de San Pablo del Monte. Con Carmen Vélez estuvo Asención Tépatl, que después será un “revolucionario constitucionalista”, y su hermano

No se reportan desmanes en la toma de la capital, no así en Cuauhtelulpan, donde los revolucionarios saquearon y destruyeron la presidencia municipal.

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