
José Luis Puga Sánchez
Al cumplirse el primer cuarto del siglo 21, los editores y los vendedores de libro independientes buscan aun identificar a sus públicos, investigan todavía sus gustos y formas de consumo, rehúyen o minimizan la llegada aun imberbe de la Inteligencia Artificial (IA) y luchan para adaptarse a un mundo en vertiginoso cambio, que introduce gran tensión en su actividad.
Reunidos en el Palacio de Cultura de Tlaxcala, en respuesta a la convocatoria de Alejandro Ipatzi, una veintena de libreros y editores, la gran mayoría de otros estados, intercambiaron puntos de vista sobre su entorno, en busca de estrategias comunes que les permitan caminar sin tanto sobresalto. La IA fue, esta ocasión, su principal punto de reflexión.
En definición del parlamento europeo, la inteligencia artificial es la “habilidad” de una máquina de presentar las mismas capacidades que los seres humanos, como el razonamiento, el aprendizaje, la creatividad y la capacidad de planear. La IA permite que los sistemas tecnológicos perciban su entorno, se relacionen, resuelvan problemas y actúen con un fin específico. La máquina recibe datos (ya preparados o recopilados a través de sus propios sensores, por ejemplo, una cámara), los procesa y responde a ellos. Los sistemas de IA son capaces de adaptar su comportamiento en cierta medida, analizar los efectos de acciones previas y de trabajar de manera autónoma.
LA IA COMO REDACTORA Y COMO PROYECTISTA
A esta nueva tecnología los libreros y editores la identificaron como un asistente editorial que no conoce el proceso editorial, “ese es el problema, lo que provoca que el trabajo se entorpezca. Aunque es un asistente que en unos años nos va a correr. Pero está produciendo una revolución en muchos sentidos. Por medio de su interacción con los usuarios, va extrayendo conocimiento y, con ello, fortaleciendo sus capacidades, aunque sin retribuir aun, esa es la cosa”.
Posicionamientos a veces coincidentes y a ratos discordantes, reconocen su “muy buena” redacción, aunque también “dice mentiras”. “Es un aprendiz que se justifica a sí mismo diciendo cosas”. Puede ser buen asistente editorial, pero también “entorpecer” el trabajo. El problema estriba en que “si le enseñas, sabes que es el asistente editorial que te va a correr. Pero está produciendo una revolución. Es, sin embargo, un fenómeno tan complejo que aún no se puede ver en su totalidad”.
Hubo voces en la reunión que expresaron una fuerte resistencia para usar la IA, porque “es como alimentar un monstruo”, pero es imposible aludirla por completo. “Hay que usarla, pero estratégicamente, como una herramienta sin alimentar más, porque no le quiero dar, como en bandejita de plata, esa parte emocional, sensible, mía. Soy celosa y en esa aplicación no vuelco todo mi texto original. Sigo, ahí, el proceso tradicional de hacerlo yo, revisarlo yo y mandarlo yo. Se vale no alimentar al monstruo”.
La respuesta fue inmediata ahí mismo: me dedico a la tecnología. La IA se nutre, en el mundo, de todas las consultas que se hacen en línea, pues eso le sirve para nutrirse. Por eso, aunque no quieran ustedes hacerlo lo van a acabar haciendo, porque a la hora de publicar un libro digital, ya están en una base de datos digital y así la alimentan, para después, con esa información que le diste, responde a tus peticiones. “Es el mayor robo a los derechos de autor”.
Otra voz señaló que, en específico para los editores, la construcción gramatical del texto la debe juzgar el lector, no un programa como la IA.
Alguien entonces tomó la palabra para señalar, enfático, que ese debate está rebasado ya, pues hay ya quien usa la IA para elaborar proyectos, acceder a programas y bajar recursos. Se usa, incluso, para tareas y proyectos escolares… y no hay manera de identificar, en estos casos, el porcentaje de intervención del alumno y de la IA.
Y en una especie de cauteloso consenso sobre el tema, varios participantes coincidieron en que la IA es una herramienta que “nos ahorra tiempo, es lo único que hace, pero hay que revisar su trabajo, ya que, como herramienta, genera cosas y al hacerlo tiene la posibilidad de errar, igual que los humanos”.
Aparentemente agotado el tema esta ocasión, buscaron entonces centrar el debate en el libro y su consumo. Se plantearon interrogantes ¿Cómo se está consumiendo el libro en México? ¿Ha aumentado o disminuido el consumo? ¿Cómo influyó la pandemia en el fenómeno? ¿Cuál ha sido el comportamiento de las empresas de venta de libros en directo y digital?…
Interrogantes todas planteadas ya con retardo de años, actitudes que debieran ser permanentes en ellos, tan agobiados por los cambios en los gustos lectores, ante el influjo de las nuevas tecnologías
La serie de interrogantes planteadas fueron etiquetadas como “lo más preocupante, más que la IA”.
Sin embargo, hubo quien todavía tuvo tiempo para colgar el cascabel al gato: negarse a usar la inteligencia artificial es como decir que se prefiere caminar en lugar de viajar en automóvil. Si el trayecto es corto, perfecto; si el trayecto es de más de 40 kilómetros, pues te recomiendo que subas, aunque sea a un camioncito.
En ánimo de aminorar sus temores, en la reunión se recordaron los calambres que produjo la aparición en su entorno del libro digital, fenómeno que para muchos editores y escritores preludiaba el fin del libro impreso. Hoy, se reconoció, ambas opciones conviven sin mayor conflicto. Aunque en este nuevo entorno los editores tienen igual o mayor responsabilidad. Por otra parte, dada la rapidez de trabajo de la IA los costos se abaratan y hay más oferta de libros, por lo que, “a lo mejor, la gente lee más ahora”.
En este desaforado vaivén de ideas y emociones, un nuevo punto fue puesto en el seno del debate en el Palacio de Cultura: el streaming, que es la oferta en línea de contenidos multimedia de libre acceso, con descargas opcionales gratuitas, como libros, películas, reportajes, música y varias cosas más. Ese es ahora su gran enemigo, reconocieron, pues se trata de otro factor contra la lectura, es la proliferación en línea –precisaron- de muchas obras con contenidos breves y de poca trascendencia, cuyo apogeo desalienta la lectura de libros de mayor calado y profundidad, lo que demanda una reeducación de los usuarios respecto a la forma de usar las nuevas tecnologías.
“Es frustrante –se añadió- hacer una búsqueda y encontrarse con una enorme cantidad de anuncios comerciales, pues el sistema está diseñado para enseñarte otras cosas, les des clic y pagarle a alguien. “Te están dando gratis una gran cantidad de basura”.
Y está otra cuestión abordada: hay gente que repentinamente tiene tiempo libre, entonces lee por media hora un libro y luego pasa 3 horas en las redes, en los juegos, en el entretenimiento. “Requerimos una reeducación para decir a esas personas que el tiempo es muy importante, tan valioso que te dan gratis una gran cantidad de basura, tú decides si te la tragas. El reto es una nueva educación para dejar de hacerlo, un reto que requiere inteligencia natural”.
Otra opinión: más que reeducar, hay que hacer cosas interesantes para que a la gente les parezca atractivo. “Más que reeducar al de afuera, hay que reeducar al de adentro, a nosotros mismos como editores, como autores, despertar en el lector la pasión por la lectura, sin importar tema y tratamiento”.
¡Viva el entretenimiento adormecedor, de evasión!, casi vitoreo…
Los lectores, dijo otra editora, están adiestrados en la lectura breve, fugaz, esa de mini textos que las redes sociales permiten y alientan, lo que provoca lectores de minutos, que se alejan de los libros de 200 o 300 páginas, y no se diga si tienen más de 500, inimaginable leerles.
Hubo quien señaló la existencia actual de mucha literatura juvenil que “está tomando temas antiquísimos”, tales como filosofía, romance… También está la otra parte que les gusta: las cosas de violencia. Y todo es provocado por un solo video, un “real” que se hace viral, que sería hablar de 70 u 80 mil likes, vistas, más las impresiones y no sé cuántas cosas más.
Nuevamente las interrogantes rodaron alocadas en el grupo: “crear” públicos, ¿qué tipo de públicos? ¿Qué está consumiendo? ¿Cómo está consumiendo? ¿Cuáles los temas a difundir?
Y un halo de incertidumbre cubrió el apretado y preocupado racimo de editores y libreros.
Fuera de la mesa de reflexión, la coordinadora del encuentro, Merari Fierro, expresó el sentir del grupo: “el libro es mucho más que un libro”. Y con esa idea, periódicamente sostienen reuniones en varios estados, donde se pueda, donde los dejen, pues “somos editoriales independientes, la mayoría muy chiquitas”, encuentros que tienen la encomienda de buscar crecer, compartir información, tejer alianzas, ampliar su distribución, buscar nuevos mecanismos de promoción y venta…
El alarmante descenso en los niveles sociales de lectura de impresos, ha encendido focos rojos en ellos. En respuesta urgente, están en búsqueda de nuevos canales de acercamiento “con la gente, mucha creatividad y también nos apalancamos en las redes sociales para generar nuevos públicos. También interpretar que la lectura puede ser de muchas maneras, en tableta, en redes, libro objeto… la lectura puede darse no solo en un impreso. Además, poner tema que a la gente le interese, no estar imponiendo un tema que ya no funciona, que ya no comunica…”.
Merari Fierro reveló que el tema de actualidad es la diversidad en todas sus facetas: sexual, en el arte, en política… “podemos ser de muchas maneras al mismo tiempo. Un escritor puede ser al mismo tiempo editor y también impresor… Hay una manera de ver el mundo que no sea blanco y negro. Les interesa la creatividad visual, las relaciones amorosas, algo de política, pero sobre todo historias de personajes, como Zapata, que se ha vuelto como muy grandote. También autores icónicos, de contracultura”.
Aseguró que la migración de lo impreso a lo digital no ha impactado a ese grupo, pues “somos editoriales que hacemos tirajes pequeños, de cien ejemplares como ejemplo, y si se vende el libro, se hacen otros cien ejemplares, pero en mi editorial, por ejemplo, combinamos el libro con el ebook, queda así impreso y digital. Creo que cuando manejan el rollo de que las ventas caen, es con los libros muy grandotes, las editoriales grandotas, las trasnacionales, que siguen aferradas a vender lo mismo que vendían antes, como si quisieran duplicar el asunto, en vez dividir lo impreso con lo digital. Les falta adaptarse”.
Nosotros -abunda-, como editoriales pequeñas, no apostamos por ganar dinero, apostamos por difundir, distribuir. Tratamos de no perder, pero el puro sistema lo sostiene, no es necesario vender más.
Además, dijo percibir que estamos transitando hacia otra manera de ver la economía. “Las grandes empresas están empeñadas en el rollo de seguir el consumismo, son las que están sufriendo mucho. Necesitamos generar nuevas maneras de ganar todos, pero no necesariamente con dinero”.
Fin del libro…
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