Vie. Mar 6th, 2026

Editorial

La onda expansiva inició tenue, tímida, casi avergonzada de sí misma.

Pero en su camino ha ido cobrando fuerza, gracias a las inyecciones de energía recibidas.

Hoy la corriente tiene ya visos de epidemia.

Urge detenernos y revisar critica, analíticamente, la versión oficial de la historia de Tlaxcala y de los tlaxcaltecas, esa que se administra en la escuela.

Apremia revisar esas historias que de boca en boca circulan en las colectividades locales.

El momento exige examinar ya ese concepto de identidad y de algo que llaman “tlaxcaltequidad”.

Nuestro entorno está poblado de falsedades históricas, de interpretaciones parciales, ladeadas.

¿Son los tlaxcaltecas conquistados o conquistadores?

La historia oficial dice que alrededor de 500 extranjeros (provenientes de varios países de Europa e incluso de África) conquistaron toda Mesoamérica, derrotando a miles y miles de indígenas: tlaxcaltecas, totonacas, texcocanos (después de separarse de los mexicas), chalcas, xochimilcas…

Hoy empieza a esparcirse la versión de los tlaxcaltecas como pueblo conquistador, que se probaría con el mantenimiento de los privilegios para los tlaxcaltecas durante la colonia.

Pero si la historia la cuentan los ganadores, por qué sobrevive cinco siglos después el líbelo de la traición. ¿Dónde está la historia del Tlaxcala ganador?

Todos los pueblos originarios reclaman el cruento y sanguinario episodio de la conquista, pero ese relato fue reproducido igualmente de brutal en Centroamérica, ahora con los tlaxcaltecas mayoritariamente como feroces conquistadores. Una historia invertida.

Cómo puede sustentarse, fuera de un mero eslogan publicitario, la idea de “Tlaxcala, cuna de la nación”, si cuando los europeos llegan a Tlaxcala, venían ya con ellos, en alianza, los cempoaltecas e incluso Malintzin era ya mujer de Cortés.

Por qué siguen vigentes mitos como el de la primera campana en Atlihuetzía, la primera iglesia de América en San Francisco, la aparición de la virgen, los tres niños mártires renacidos en la última década del siglo 20, justamente para contraponerlos a la revaloración de los pueblos originarios.

Si, serán, probablemente, varias historias en diferentes caminos, pero el dulce olor de la realidad podrá percibirse con mayor certeza.

Por eso y para eso, urge llevar al microscopio nuestra historia y nuestra memoria.

¿Quiénes somos realmente?

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