Vie. Mar 6th, 2026
Museo costumbrista, Álamos, Sonora

Helene Balslev Clausen*

La idea central en este artículo es que el turismo es un espacio privilegiado de contacto entre identidades nacionales, donde los actores sociales buscan moldear o confirmar estereotipos, símbolos y narrativas respecto a su concepto de nación. Esto tiene consecuencias específicas en la construcción, utilización y repartición de los beneficios del turismo. Por lo tanto, sugiero que los lugares turísticos mexicanos constituyen un nuevo espacio para negociar la identidad nacional mexicana. El turismo siempre se ha entendido como una actividad principalmente económica; sin embargo, en años recientes, los analistas de las ciencias sociales se han dado cuenta de que tiene implicaciones que van más allá de la economía, y que ha comenzado a considerarse como un fenómeno sociocultural, que podría ser una articulación fundamental en la forma en cómo se crea y comunica la identidad nacional. En los lugares turísticos, la identidad se está negociando en forma constante, por ejemplo, mediante la comodidad que es una de sus representaciones, y se está transformando en el momento que “el otro” está presente para valorarla o comprarla. Lo interesante es preguntarnos ¿por qué y cómo un lugar particular viene a representar un paisaje nacional idealizado?, ¿cómo se ha comunicado esta imagen a los demás?, y ¿cómo un lugar específico influye en nuestra comprensión de la identidad nacional, en este caso, la mexicana?

Para entender el desarrollo y funcionamiento del turismo en tanto actividad social, MacCannell (1973) propuso considerarlo como una acción humana que busca cierto tipo de experiencias distintas y significativas, frente a las que tienen lugar en la cotidianeidad. Lo que las personas adquieren al realizar un viaje a una zona turística es el uso temporal de un espacio (escenario), que reúne ciertas características positivas, deseables y memorables (Pine y Gilmore 1999; Mantecón 2008; Clausen y Velázquez 2011). Los sitios turísticos son espacios “construidos” físicamente, pero también por sus significados sociales, históricos o culturales. En este sentido, cuando se busca incentivar el turismo de un lugar es necesario resaltar los rasgos más apreciados y considerados como memorables o hermosos (MacCannell 1973).

BREVE REPASO POR EL DESARROLLO TURÍSTICO DE MÉXICO

En la última década, el turismo se ha consolidado como una de las principales actividades productivas a escala mundial; en la de 1950 generó 2 mil millones de dólares, y para el año 2000 llegó a los 400 mil millones. De ahí que, desde mediados del siglo xx, el gobierno comenzó a verlo como una fuente de ingresos para México. Los primeros proyectos aprovecharon el creciente interés de norteamericanos y europeos por el llamado turismo de sol. Acapulco es considerado el primer destino turístico internacionalizado por los viajes en avión (Turner y Ash 1975). En los planes de desarrollo del gobierno mexicano de 2006 a 2012, el turismo era prioritario y eje básico para la generación de empleos, inversiones y combate a la pobreza, en especial en las zonas donde ha prosperado.

En México, la expansión del turismo ha sido sostenida desde los años cincuenta, y para 2010 ya era su tercera actividad económica más importante, generaba 8.2 por ciento del producto interno bruto. De los países pertenecientes a la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos, México está entre los tres que más beneficios obtienen en este rubro, sólo superado por España y Portugal

(Secretaría de Turismo, Sectur 2010).

El crecimiento explosivo del turismo cultural ha cobrado importancia en México, lo que constituye un camino hacia la conformación de estos espacios productivos (production spaces) en espacios de consumo. El turismo no está restringido al consumo visual de la cultura o artefactos específicos (artesanías, teatros o arquitectura), sino que ha comenzado a incluir la construcción de experiencias o reproducir atmósferas dentro de los lugares turísticos, como disfrutar la comida típica o participar en eventos locales tradicionales. Un factor clave, adicional a las atracciones históricas o al paisaje de la zona, es el estilo de vida (en este caso de los mexicanos), un elemento esencial en el producto turístico cultural. La amabilidad, la idea de tomar las cosas y la vida de una forma muy relajada y la tranquilidad son características que enfatizan las agencias de viajes, los folletos y las guías sobre México, como algunas de las atracciones esenciales. 

A continuación, se argumenta por qué el turismo es una fuerza poderosa para construir y comunicar la identidad nacional, su dimensión económica crea o reconstruye imágenes, eventos o historias de lugares o personajes de una manera vendible; es decir, dramatizados para que sean interesantes, sentimentales, conflictivos, etcétera. Entonces, la zona turística está construida o reconstruida para satisfacer las expectativas de los visitantes de encontrar o vivir características particulares como autenticidad y tradición (Urry 1995). La identidad nacional se recrea cuando ocurre este proceso de construir imágenes, símbolos, narrativas particulares y auténticas con propósitos turísticos. Dichas expectativas generadas en los visitantes están contestadas y mediadas por las relaciones sociales locales, que existen en México. Esto significa que la aparición del turismo cultural tiene implicaciones profundas para los mexicanos que viven en estos sitios turísticos, ya que ellos mismos se vuelven parte del producto o consumo. Los turistas esperan cierto comportamiento, por ejemplo, de los mexicanos, lo que no siempre se cumple.

LA IDENTIDAD NACIONAL Y EL TURISMO

El nacionalismo es la ideología que sostiene la identidad nacional, que es un fenómeno colectivo y cultural, con muchas dimensiones, como el lenguaje, los símbolos y sentimientos. Igual que el nacionalismo, que tiene un contenido político y cultural, la identidad nacional también es tanto cultural como política (Smith 1991), y se distingue claramente de otros tipos de identidades colectivas como la clase social, género y religión, aunque se basa en ellos (Hutchinson y Smith 1994), y ofrece varias ideas fundamentales: a) un territorio históricamente específico: b)  los mitos y recuerdos históricos; c) una cultura de masas; d) todos los miembros del Estado-nación tienen derechos y obligaciones legales y e) una economía que hace posible que los miembros se muevan dentro del territorio.

A través de ritos comunes, mitos, símbolos y tradiciones, los miembros crean un vínculo de solidaridad que representa la identidad nacional (Smith 1991), que se ha construido en un momento y para algún propósito, que a menudo es el resultado de decisiones conscientes y acciones políticas. La mayoría de los investigadores consideran a la identidad como un fenómeno discursivo, por consiguiente la caracterizan como una comunidad imaginada (Ostergaard 1991); además, es entendida como ambigua, es decir, su contenido histórico y cultural es variable, subjetivo y flexible (Eriksen 1993), y puede ser objeto de comercio. Por lo tanto, es importante enfatizar que la identidad nacional no es una esencia observable, sino lo que los integrantes de la nación (los involucrados) dicen que es, así que es la idea de pertenencia y de pertenecer a una comunidad o pueblo particular con ciertas características; se trata de “algo” que la gente pretende que la une (Ostergaard 1991). Las entidades relacionales, constituidas por individuos vinculados entre sí por este “algo”, implica que comparten, por ejemplo, un núcleo de símbolos y representaciones (Barth 1969). Entonces, esta pertenencia se manifiesta en la interacción con el “otro”, al mismo tiempo es importante tener en cuenta que la identidad y lo que dice la gente sobre la suya y la del otro es subjetiva (Ibid.). “El otro” se define por distinguirse de uno mismo, por ejemplo, tener otros símbolos, representaciones, ritos tradiciones o prácticas de organizarse como se ve en el pueblo mexicano de Álamos, Sonora, donde la identidad se manifiesta en el contacto o interacción diario entre los habitantes locales, los inmigrantes estadounidenses que residen ahí y los turistas, como se analizará más adelante.

Esta idea de tener “algo” en común es lo que el sociólogo inglés Benedict Anderson (1991) definió como la “comunidad imaginada”. Él sostiene que la nación es una construcción mental que, a través de medios técnicos tales como mapas, novelas, libros y periódicos los miembros de una nación podrían imaginar que viven en la misma sociedad compartida. Smith (1991) y Connor (1994) entienden la idea sobre la comunidad imaginada como la que está basada en objetos culturales e instituciones como el arte, la educación y periódicos. En este sentido, los símbolos nacionales desempeñan un papel importante; Smith (1991) los divide en dos tipos: las referencias visibles y las ocultas a la identidad nacional. Entre los primeros están una bandera, los desfiles y monumentos, mientras que los segundos son el reingreso de eventos históricos, los paisajes y la artesanía. Estos símbolos, tradiciones, costumbres y mitos crean un vínculo de colectividad, orgullo y el sentimiento entre los miembros de una nación, y los dotan con una identidad nacional (Smith 1991; Eriksen 1993; Barth 1969).

Lo que constituye la identidad nacional cambia con el tiempo, es dinámico y está expuesto a negociación. Como establece Clifford (1988), las identidades del siglo xx ya no presuponen culturas o tradiciones continuas. En todas partes los individuos y los grupos improvisan actuaciones locales reconstruidas del pasado. Este comentario de Clifford permite que el enlace entre la identidad y el turismo sea más obvio. Las imágenes del turismo sobre la nacionalidad proveen otro medio a los individuos y grupos para entender quiénes son y de dónde han venido. Como sostiene Ashworth (1994), el pasado es una estrategia de marketing potente, ya que puede definir una identidad nacional a través de algunos estereotipos seleccionados de personas, lugares y mitologías, por ejemplo, una imagen muy fuerte de Dinamarca son los vikingos, que eran brutos y violentos. Los símbolos que ayudan a construir y trasmitir un sentido de identidad nacional se deben percibir como los que están cerca del “alma” de la nación. Otros elementos que constituyen la identidad son el patrimonio, el paisaje y la historia, etcétera.

MacCannell (1973) fue el primero en adaptar a la industria turística el estudio de la utilización e interpretación de los símbolos en la sociedad contemporánea, y sostiene que las atracciones turísticas en realidad son símbolos que representan algo para alguien, como la celebración de Thanksgiving, que es un símbolo poderoso de la norteamericaneidad. El punto clave de los símbolos es su capacidad para comunicar mensajes muy particulares de un país y su cultura. Por lo tanto, la industria del turismo se basa en una forma de retórica nacionalista, como una manera de trasmitir imágenes y significados sobre lo que se considera atracciones del país (Palmer 1999); esta idea de la nación es muy fuerte y poderosa en el lenguaje del turismo. En consecuencia, el uso del turismo como promotor de la identidad trasciende a lo comercial, va al corazón de la gente porque sirve para definir la identidad cultural y hacerla visible, tanto para la gente misma como para el “otro”. Además, la identidad cultural enfatiza la identidad nacional, ya que comunica las tradiciones tanto del pasado como del presente, lo que les permite a los individuos ser identificados como una nación diferente del “otro”. Como dice Barth (1969), se necesita al otro para conocerse a sí mismo.

Los mensajes del turismo sobre la nación tienen un efecto en cómo las personas de ésta conciben su identidad, y de la misma manera cómo la nación y su gente son percibidos por el otro (Ibid.). Sin embargo, los mitos, símbolos y tradiciones promovidos por la industria del turismo pueden tener muy poco que ver con la vida real de las personas o con la forma en que ellas entienden su identidad nacional.

El proceso de nacionalización y, a menudo de forma simultánea, la transformación de determinados lugares históricos y paisajes no sólo crea espacios simbólicos que incorporan eventos específicos, periodos del pasado, sino que también desempeña un papel fundamental en la contestación, la elaboración y la redefinición de los ideales nacionales y las imágenes. Este proceso ofrece una vinculación concreta entre los ámbitos local y nacional, por erradicar la esencia de la nación en localidades específicas.

Entonces, la industria del turismo participa en el suministro de imágenes visuales en forma de atracciones y experiencias, que reflejan los valores y atributos de la nación. Por lo cual es importante ver cuáles se escogen y cuáles se dejan afuera. Esto también significa que no cualquier zona turística puede aspirar a reconfigurar la identidad nacional, tiene que cumplir con ciertas condiciones básicas que le permita negociarla.

DOS TIPOS DE TURISMO EN EL ESTADO DE SONORA

Sin duda, las ciudades de Puerto Peñasco y Álamos están entre las zonas turísticas más conocidas de Sonora; la primera se caracteriza por su playa, edificios y calles, y no se destaca por haber sido escenario de una batalla histórica, o por ser cuna de un héroe de México, sino que el motivo para desplazarse hacia allá es tomar sol y descansar en la playa, lo que no la distingue de otro lugar, puesto que esto se podría hacer en cualquier parte. En el mundo globalizado y con transporte y medios de comunicación baratos, el turista también ha cultivado sus gustos e intereses por conocer y vivir experiencias particulares, que le dejan una sensación de haber visitado México, y encontrado lugares que representan la imagen que él se ha construido sobre el país. Esto significa que los turistas buscan cumplir con los estereotipos, símbolos y narrativas que le corresponden a México, como lo demuestran los estudios de MacCannell (1973) y Pine y Gilmore (1999).

La ciudad de Álamos se localiza en el sureste del estado, fue construida según la traza de todos los pueblos coloniales en la Nueva España, y su gran desarrollo económico comenzó con la explotación de las minas de plata y oro; su pasado es glorioso y lleno de eventos y personajes famosos. Ahora, en el centro se ubica la iglesia principal, el palacio de gobierno y una plaza, en cuyo centro hay un kiosco de madera y metal rodeado de jardineras con palmas y flores y bancas de metal en todo el perímetro. Las casas que circundan esta zona son en su mayoría grandes, con arcadas y balcones enrejados, y todas las calles están empedradas (Clausen 2009). En el centro de Álamos hay una diversidad de comercios (farmacias, papelerías, un mercado, tiendas con servicio las 24 horas, etcétera) y muchos hoteles. Existe una oferta creciente de restaurantes especializados en comidas de distintas partes del mundo (tailandesa, africana y española), al igual que cafeterías que expenden productos orgánicos, una galería de arte y una librería que también es tienda de artesanías (Clausen y Velázquez 2010). Para fomentar el turismo, el municipio instaló un mercado de artesanías, donde se venden muebles rústicos, artículos de palma, latón, vidrio, platería, hierro forjado, instrumentos musicales, cerda tejida o cobijas de lana hechas por indígenas mayos.

Álamos es uno de los pocos pueblos del norte de México donde se ha realizado una conservación y restauración sistemática de las construcciones coloniales (Clausen 2008). Esta población fue nombrada monumento histórico nacional, por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, el 24 de noviembre del año 2000. Hay 188 casas y mansiones (tres de ellas son propiedad de mexicanos, las demás pertenecen a estadounidenses). En 2005, Álamos fue incluida en el programa Pueblos Mágicos; que una ciudad sea considerada como parte de este programa federal implica la existencia de ciertas tipologías dentro de la arquitectura y planeación urbana, de importancia para el patrimonio histórico de México (Clausen y Velázquez 2010). No cualquier sitio turístico cumple con las condiciones para negociar la identidad. Al contrario de Puerto Peñasco, que podría ser una playa de cualquier lugar, Álamos representa lo que los turistas esperan de México, este pueblo corresponde a las imágenes, estereotipos y narrativas de lo que constituye el país.

De esta manera, también la propagación de la identidad mexicana es en gran medida un proyecto del Estado-nación, que tiene lugar dentro de las instituciones educativas y, más recientemente, en los medios de comunicación. A finales de la década de 1960, el gobierno mexicano se enfocó en el fomento del turismo, y canalizó recursos para que las instituciones promovieran a México como lugar de “sol y playa” (Clancy 2001); en los años noventa lo presentó como un país único por su oferta cultural y espacios naturales (Villalobos 2011). Una de las estrategias es implementar políticas públicas como el Programa Pueblos Mágicos, que comenzó en 2001 (Sectur 2010), que busca desarrollar zonas turísticas que tienen edificios, festividades o el recuerdo de eventos históricos considerados parte de la “esencia” de lo mexicano. Por ello se necesita crear condiciones físicas, instalaciones (escenarios), pero también infraestructura (transporte, servicios públicos), que permitan vivir o recordar estas experiencias. Ya son 63 poblaciones las que están dentro de esta política pública. El programa fue diseñado para operar en todas las entidades del país e independientemente de la especialización turística de cada estado, con el propósito de impulsar la imagen urbana en las localidades pequeñas que cuentan con un patrimonio histórico y arquitectónico significativo. El objetivo central era dotar de recursos para la conservación y mejoramiento de la imagen urbana, preservar costumbres o formas de vida consideradas “típicamente mexicanas”: “El programa Pueblos Mágicos […] ayuda a revalorar a un conjunto de lugares del país que siempre han estado en el imaginario colectivo de la nación en su conjunto” (las cursivas son nuestras) (Ibid.). Para que una localidad sea incorporada al programa tiene que cumplir una serie de requisitos administrativos, pero, sobre todo, con las características que lo hagan representativo de lo “mexicano”.

El programa Pueblos Mágicos define implícitamente al turismo como una actividad positiva para el desarrollo de las comunidades pequeñas y, en tanto que es productiva, requiere que un conjunto de lugares, prácticas, símbolos y relaciones produzcan lo que la mayoría de la gente considera como vivencias de descanso y confort (Clausen y Velázquez 2011). Esto sólo es posible con la construcción social de escenarios donde se pueda experimentar cierto tipo de vivencias. Es en el ámbito rural donde se busca producir lo que el programa Pueblos Mágicos define como México típico (Ibid. 2010). En esta clase de turismo se busca probar mundos exóticos y sencillos, tal y como los pueblos mexicanos son percibidos por el resto de Occidente.

Sin embargo, las políticas nacionales para la gestión y la protección de los sitios turísticos, como el patrimonio cultural, los monumentos y el paisaje, no tienen en cuenta a los proveedores locales y regionales, que a menudo son extranjeros o relacionados con la elite local de México (Villalobos 2011). Esto crea una nueva dinámica en la construcción del espacio social, que desafía las ideas del Estado-nación sobre el México típico definido en este programa.

El interés económico del Estado mexicano y de los proveedores para la industria turística es la creación de lugares que correspondan a las expectativas del visitante. En este proceso son varios los actores interesados en promover ciertas imágenes y símbolos en las manifestaciones locales de la identidad nacional a través del paisaje, los eventos, fiestas y monumentos. Por lo que cada uno intenta promover lo que le conviene. En las ciudades con la denominación de Pueblo Mágico existen tres actores con interés especial en fomentar un México auténtico: a) el Estado mexicano, que diseñó el Programa Pueblos Mágicos; b) la elite mexicana local, como los proveedores de la industria del turismo, normalmente conformada por los propietarios de restaurantes o los vendedores de souvenirs y c) los inmigrantes de América del Norte, que residen en las ciudades y se ganan la vida como proveedores para los turistas, que por lo general son los dueños de hoteles o agencias de viajes. Lo interesante en este caso de estudio es que los actores en el proceso de definir lo mexicano no son los ciudadanos del país, sino el grupo de inmigrantes estadounidenses, quienes representan a actores poco investigados a pesar de que su presencia en México está creciendo, ellos viven en lugares turísticos por sus características particulares, y la mayoría de estos sitios han logrado construir una plataforma de poder.

Cada actor participa en el sector turístico debido a los intereses propios y los recursos socioculturales. De este modo definen los elementos específicos en las ciudades en que se basa la identidad nacional mexicana, y el orden de preferencia de preservar, por ejemplo, los edificios, tradiciones o gastronomía como “auténtica” de México es crear mecanismos concretos a través de los cuales negocian su idea del turismo como un producto comercial. Sin embargo, estas prioridades también ponen en juego las características de la identidad nacional. Como los inmigrantes estadounidenses tienen identidad, creencias, prácticas y reglas diferentes a las de los mexicanos, su presencia necesariamente significará una reinterpretación de las reglas locales, creando significados inéditos o “forzando” su definición o uso anterior. Estos actores utilizan sus recursos para negociar sus ideas concretas, y ganan terreno sobre la reconstrucción del México auténtico a tal punto, que incluso se podría dar forma a los temas centrales para entender la construcción de la identidad nacional, como los estereotipos, los símbolos y narraciones.

Como los espacios turísticos son lugares “construidos”, están formados por grupos o actores particulares que ejercen su influencia usando sus recursos socioculturales, económicos y políticos. Por lo que es interesante examinar en cuáles características se pone énfasis y más interesante aún, cuáles se dejan afuera.

Para Estados Unidos, desde hace décadas México sigue siendo su principal destino turístico, a pesar de las imágenes negativas que se han difundido últimamente en la prensa estadounidense sobre los conflictos actuales entre el gobierno mexicano y los cárteles de las drogas. Este turismo no sólo significa una fuente de ingresos y recursos para el gobierno, sino también un escaparate hacia el mundo, para mostrar la identidad nacional mexicana y el desarrollo interno. Sin embargo, el control gubernamental sobre el turismo se concentró en los grandes complejos costeros. Paralelo a esto, los jubilados estadounidenses comenzaron a escoger ciudades pequeñas y medianas como su nuevo lugar de residencia para parte del año, debido a las ventajas comparativas de su moneda, pero también por las características ambientales y culturales que les parecen deseables. Estos extranjeros son actores políticos y económicos relevantes por sus recursos económicos y socioculturales, y han visto en estos lugares el escenario ideal para construir lo que ellos mismos llaman el México auténtico.

La presencia de estadounidenses en ciudades mexicanas, con o sin vocación turística, ha ido en aumento. Sheila Croucher (2007 y 2009) estimó que entre 1990 y el año 2000 este grupo se incrementó en 17 por ciento, y llegó a más de 1 millón 200 mil personas. Con esto, México alberga a la mayor cantidad de estadounidenses que viven fuera de su país. Aunque un gran número de ellos son mayores de 50 años o jubilados, han comenzado a desarrollar una importante actividad productiva, política y cultural, y cada vez son más los involucrados en la fundación de organizaciones civiles con diversos fines, desde la conservación de los valores e identidad estadounidense hasta la asistencia a personas necesitadas, como las mujeres embarazadas sin recursos (Clausen 2008). Sin embargo, en el caso de estudio, los estadounidenses parecen alejarse del modelo de turismo residencial (Mantecón 2008), pues su presencia en ciudades como Álamos o San Miguel de Allende no sólo está asociada al descanso o recreación, sino que se han convertido en protagonistas principales de la conservación e incluso reconstrucción de zonas históricas mexicanas que, de no ser por ellos, se hubieran perdido, así como la edificación y operación de hoteles, restaurantes y otros servicios relacionados al turismo. Las comunidades de estadounidenses que viven en estas regiones han buscado financiar organizaciones civiles para ayudar a poblaciones vulnerables, y también inician proyectos ecológicos y culturales que han convertido a lugares como Álamos y San Miguel de Allende en nuevos centros culturales de México (Clausen 2008). Así, su incremento en zonas con vocación turística se enmarca dentro del crecimiento e importancia que ha cobrado esta actividad económica en México.

EL RESURGIMIENTO DEL TURISMO EN ÁLAMOS

A principios del siglo XX, una serie de inundaciones, los altos costos del mercurio, la reducción del precio de la plata en el mercado internacional y la Revolución Mexicana terminaron con la minería en Álamos. El fin de la principal actividad económica del pueblo y las constantes incursiones de facciones de la guerra interna de México hicieron que la mayoría de las familias acomodadas de la localidad decidieran emigrar. Álamos se convirtió en una especie de ciudad fantasma, dejando atrás su viejo esplendor. Las historias de los pobladores y las escasas estadísticas disponibles coinciden en señalar que la mayoría de los que se quedaron eran familias pobres; un grupo no mayor de 500 personas. Así, la primera capital del occidente mexicano quedó en el olvido (Navarro 1988; Ridley 2004).

La situación de abandono de Álamos perduró por más de veinte años, hasta que el estadounidense Levant Alcorn visitó el pueblo en la década de 1940. Admirado por la belleza de las fachadas que quedaban en pie en la parte central, decidió comprar la mayor parte de las casas. Gracias al mal estado de las construcciones, él adquirió los terrenos a un precio muy bajo (Clausen 2008). En pocos años invirtió una suma importante de dinero en la reconstrucción de varias mansiones, esto con el objetivo de ponerlas en venta entre amigos y clientes de su país de origen.

Para el final de los años cincuenta, una colonia de estadounidenses había ocupado una gran área del centro. El pueblo comenzó a renacer, en gran parte gracias a que la restauración de las casas respetó el estilo colonial original (Ridley 2004), lo que atraía a más compradores. En este momento, Álamos era un ejemplo típico de lo que Huete, Mantecón y Mazón (2008) denominaron como turismo residencial. Es decir, personas que adquieren inmuebles o visitan el lugar con el único fin del ocio, pasar el invierno en un clima más benévolo, y disfrutar de la belleza del sitio. Estos primeros inmigrantes estadounidenses evitaban, en la medida de lo posible, todo contacto con los pobladores locales, excepto para contratarlos como cocineros, jardineros o cuidadores de sus residencias (Clausen 2008). Con la llegada de una segunda oleada de inmigrantes, a fines de los años ochenta y noventa, comenzó la construcción del turismo cultural. Los recién llegados ya no sólo eran jubilados, sino personas entre los 30 y 50 años. También había parejas con niños pequeños o adolescentes, que ya no buscaban en Álamos un lugar de descanso, sino otro sitio para su residencia permanente; es decir, un nuevo lugar para trabajar y educar a sus hijos. Para el grupo creciente de estadounidenses, la actividad turística de Álamos presentaba oportunidades de inversión en negocios relacionados, como hoteles, restaurantes, agencias de viajes y transporte desde Estados Unidos, entre otros. Los recién llegados utilizaron a su favor la tasa de cotización del dólar frente al peso mexicano, de forma que sus ahorros les permitían contar con capital suficiente para adquirir viviendas y abrir negocios. Además, aprovechaban sus lazos y amistades en Estados Unidos para atraer clientes. En este mismo sentido, el dominio del idioma y de la idiosincrasia estadounidense constituía una ventaja competitiva importante en este tipo de negocios relacionados con la prestación de servicios (Clausen y Velázquez 2010).

Puesto que muchos de los nuevos residentes habían cursado estudios universitarios, compartían algunas referencias culturales, entre ellas el gusto por la llamada música clásica. Ellos comenzaron a invitar a músicos o cantantes de ópera (en general parte de sus redes de amistad), para que hicieran eventos en Álamos (Clausen 2008). Los empresarios, dueños de hoteles o restaurantes pronto descubrieron el potencial económico de esto, y cada año atraía más interesados. Con el tiempo, esto dio origen al festival Doctor Alfonso Ortiz Tirado, llamado así en honor al Tenor de América, nacido en esta ciudad en 1893. La primera emisión se organizó en 1985, justo después de inaugurar el Museo Costumbrista del pueblo, encargado de difundir la “cultura”, y que tiene un papel central como mediador entre las comunidades estadounidense y mexicana. La calidad de los artistas invitados, el número de eventos y de espectadores hizo que esta velada se convirtiera paulatinamente en el festival cultural más importante de Sonora y, a partir de 2005, comenzó a ser considerado uno de los más importantes de México, sólo superado por el prestigioso Festival Internacional Cervantino, del estado de Guanajuato. El aumento continuo en la concurrencia ha hecho necesario que el festival amplíe el tipo de espectáculos, ahora incluye bailes regionales, entre otros (Clausen 2008; Clausen y Velázquez 2010). Los inmigrantes estadounidenses apoyan e invierten muchos recursos en este evento, al igual que el gobierno del estado, contrario a lo que ocurre con la fiesta del santo del pueblo, que es muy importante para los pobladores de la zona, pero no la promueve tanto. El estado ya usa el festival como parte del marketing, lo que eleva considerablemente el valor de México como principal símbolo y atributo que lo define y representa como nación. Este proceso involucra al turismo a través de la sección de imágenes y símbolos como representativos de la identidad nacional, es decir, decide enfocarse en el festival y no en la fiesta del santo patrono en las campañas para promover la zona. En consecuencia, la fiesta del santo patrono se celebra en el pueblo vecino de La Aduana, que no tiene construcciones restauradas sino más bien está en ruinas. Esto hace que a la comunidad estadounidense no le interese pasear allá, mientras la fiesta en honor al Tenor de América se festeja en el mero centro de Álamos. Esta descripción muy breve sólo sirve para mostrar quiénes participan en el proceso de toma de decisiones y no tanto de cuáles son las tradiciones o ritos que reflejan lo que corresponde a la imagen del México típico. En este proceso de la construcción de la nación hay tanto inclusión como exclusión de individuos y grupos.

Para el inicio del nuevo siglo, los estadounidenses ya se habían convertido en los principales inversionistas en el renacimiento económico de Álamos, sobre todo por el desarrollo del turismo. Esta situación, aunada al hecho de que ahora sus familias e hijos vivían en la zona, llevó a algunos de ellos a influir en la ciudad, primero en las políticas públicas; intervinieron en asuntos como la reconstrucción y ampliación de la carretera que comunica al pueblo con la que viene de Estados Unidos, el mejoramiento del servicio de agua, alcantarillado y recolección de basura, la construcción de un aeropuerto pequeño, en un terreno donado por un estadounidense. Estos inmigrantes se involucran activamente en el desarrollo económico, cultural, educativo y urbano del lugar, que consideran como su nuevo hogar.

LA BÚSQUEDA DEL MÉXICO AUTÉNTICO

En el caso de Álamos, los estadounidenses han hecho del lugar la concreción de una serie de imágenes y concepciones relacionadas con lo que llaman el “México auténtico” (Clausen 2008). Es importante notar que esta idealización sobre lo mexicano fue construida en Estados Unidos, pero no podía ser realizada allá sino sólo en ciertos lugares de México. 

En primer lugar, es necesario decir que, en términos generales, los estadounidenses ven a México como un lugar totalmente opuesto a su realidad. Aunque ellos cada vez más perciben a su vecino del sur como un lugar peligroso, donde la gente es fanática, perezosa y poco confiable (Velázquez 2008), y al mismo tiempo existe una fascinación por aspectos de la cultura mexicana: la música, los valores morales, la religiosidad y los paisajes. La misma percepción de que México es un lugar atrasado, lo convierte en un depósito de valores ancestrales, perdidos en la modernidad de Estados Unidos (Ibid.). Esto hace que, para los estadounidenses que decidieron emigrar a Álamos, sus características arquitectónicas y de paisaje estén llenas de significados relacionados a lugares exóticos, salvajes; un tipo de paraíso perdido (Clausen 2008). En otras palabras, Álamos los transporta de la sociedad moderna –enorme, impersonal, riesgosa y cambiante– a una comunidad premoderna, –pequeña, fraterna, tranquila y estable–, un paraje utópico con estilo mexicano (Ibid. 2009). La mayoría de los que inmigraron a este pueblo, dijeron que su razón principal para escoger México había sido su deseo de realizar un sueño (Ibid. 2008). Esta idea de un rincón alejado del mundo moderno se refuerza con las ceremonias, las fiestas y las artesanías mexicanas, que completaban la creación del vínculo emocional.

En Álamos todo el mundo se saluda en la calle, los estadounidenses se conocen entre sí, visten como turistas relajados, viven tranquilos y lejos del estrés de las ciudades. El anhelo de encontrar lo que ellos mismos denominan el sueño sobre “lo mexicano auténtico”, una idea que engloba comodidad, bellos paisajes, arquitectura colonial, tranquilidad, amabilidad de los mexicanos y algo de mucha importancia, la seguridad. En este grupo, la experiencia migratoria está íntimamente vinculada con un estereotipo creado alrededor del significado de lo mexicano. Esta idea se concretiza en Álamos, por lo que vivir ahí significa una mejora importante en su calidad de vida.

Álamos, como otras localidades pertenecientes al programa Pueblos Mágicos, ha terminado por incorporar parte de la imagen de “lo mexicano”, traída por los estadounidenses. Esto hizo posible que los pobladores redefinieran su imagen ante sí mismos, pero también frente al Estado-nación. Es decir, la identificación con el otro también puede funcionar a la inversa; un grupo puede adquirir parte de la imagen que los demás tienen de sí, y adaptarla como parte de los elementos que conforman su propia identificación (Abercombrie 1991). Por ejemplo, los inmigrantes estadounidenses han rescatado la mayoría de las mansiones y casas coloniales, y ahora Álamos se beneficia con este trabajo considerándolo como parte de su propia identidad local, lo cual le da oportunidad de participar en varios programas federales, mediante los cuales automáticamente obtendrán recursos económicos. La zona en general logra beneficiarse de la imagen estereotipada sobre lo mexicano auténtico, creada por la comunidad estadounidense. En este artículo, la idea no es entrar en discusión sobre qué actores aprovechan o consiguen más prestigio o recursos con este fenómeno, sino establecer el rol que los estadounidenses han jugado en ello. El beneficio general puede ejemplificarse con la entrada de Álamos al programa Pueblos Mágicos, lo que le otorga al ayuntamiento recursos extra para la renovación de calles, edificios y otras obras de infraestructura relacionadas con el turismo, a la vez que fue incluido dentro del patrimonio nacional por su área central. El gobierno municipal ha adoptado como suya la imagen que guarda la zona habitaba por los estadounidenses y describe así a la localidad: “[…] Álamos conserva muchos edificios y construcciones notables con arcadas majestuosas, calles estrechas y empedradas, balcones enrejados, zaguanes, patios y traspatios de las viejas casonas, con jardines de ensueño, donde todo parece suspendido en el tiempo pasado, para el reposo de sus actuales residentes […]” (Presidente municipal, inauguración de la plaza, 2006).

El presidente municipal mencionó las características culturales del pueblo como parte de la identidad local, en su discurso de la inauguración de una callejoneada de las estudiantinas, en 2006: “[…] para mantener viva su historia y tradiciones cada año se realizan diversos eventos especiales, como el festival cultural reconocido […] y que convierte al pueblo en la capital de la cultura en Sonora […] también se realizan otros eventos importantes a lo largo del año, como las Fiestas de La Virgen de La Balvanera o las Fiestas Patronales de La Inmaculada Concepción […]”.

En los folletos y el discurso de autoridades municipales se puede analizar la forma en que el gobierno retomó la imagen construida por los inmigrantes estadounidenses sobre el lugar, a pesar de que ésta no correspondía a la realidad de los barrios donde viven los mexicanos. Lo que hay que resaltar aquí no es lo que esto significa en términos de distribución de la riqueza, sino en la forma en que las instituciones (gubernamentales y culturales) han internalizado una imagen como propia y un definidor importante de su identidad social. En la interacción con los estadounidenses, el pueblo conecta ciertos valores y los hacen parte de su identidad. Como consecuencia del intercambio mutuo, surge una sensación de pertenecer a la misma colectividad; Álamos se constituye como comunidad particular y distinta a los demás o al “otro”. El presidente municipal reconfirma con su actuación la imagen que se está forjando del pueblo.

Esta zona tiene varias tradiciones (indígenas) interesantes como la danza del venado, que dramatiza y cuenta la historia sobre los indígenas y la naturaleza, representa y cumple con la idea que los turistas tienen sobre México, como el país donde sus habitantes conviven con y se sienten cerca de la naturaleza. La danza se lleva a cabo cada 15 días en uno de los hoteles del centro, y es ejecutada por un mestizo, un mecánico local contratado por los estadounidenses. Para la presentación, el bailarín se viste con muchos colores, porque se dio cuenta de que eso fascina a los turistas. Como dice Smith (1991), las tradiciones son inventadas y lo interesante es que son dramatizadas para que cumplan con las expectativas de los visitantes. Así, las atracciones culturales enfatizan la identidad cultural, ya que comunican las tradiciones tanto del pasado como del presente, lo que le permite a una nación ser identificada como diferente de “otra”. Entonces, los mensajes del turismo sobre el país tienen una repercusión en cómo los individuos dentro de él conciben su identidad, y de la misma manera cómo la nación y su gente son percibidos por el otro. Sin embargo, los mitos, símbolos y tradiciones promovidos por el turismo pueden tener muy poco que ver con la vida real de las personas, o con la forma en que ellas entienden su identidad nacional. El pasado, como patrimonio, es una estrategia de marketing potente, ya que puede definir una identidad nacional a través de algunos estereotipos seleccionados.

Esto no significa que se haya dado un paso hacia un nuevo orden sociocultural, en términos de la existencia de una sociedad homogénea o compacta. Por el contrario, aparecen prácticas que pueden ser calificadas provisionalmente como contradictorias; existen costumbres y hábitos (de los dos actores locales: los estadounidenses y los mexicanos).

El presente estudio expresa algo novedoso, porque la influencia económica de este grupo es fuerte, no sólo porque se dedica a abrir negocios en distintas áreas, contrata a mexicanos locales y atrae a compatriotas, a través de sus relaciones con su país de origen, sino también por su efecto concreto y visible en la imagen de la ciudad (la arquitectura por el hecho de restaurar casas y mansiones), y su intento por solucionar problemas sociales que considera fundamentales, como fundar organizaciones de caridad.

DISCUSIONES SOBRE LAS VISIONES DE ÁLAMOS

Los inmigrantes estadounidenses buscan conservar a Álamos en sus dimensiones actuales, es decir, no les interesa el crecimiento en la población o se oponen a la instalación de cadenas comerciales como Seven-Eleven o Wal-Mart, porque serían una amenaza para la imagen de la ciudad. Sin embargo, esto no implica que ellos desean que la zona permanezca estancada, sino que su idea de desarrollo se enfoca en lo turístico y la cultura, tratan de conservar el entorno urbano sin cambios en su apariencia. De esta manera, nos damos cuenta que la idea sobre “lo mexicano” no sólo se trata de discurso y representaciones, sino que parte de su conceptualización está estructurada también por la experiencia física.

Como establece Smith (1991), lo importante para una nación y para crear una identidad particular para una comunidad es tener un mito. En Álamos, el hecho de que fuera un estadounidense quien comprara y restaurara, en 1948, las casas y mansiones coloniales, ha hecho posible que la comunidad creada por la visión empresarial de este personaje establezca un mito fundacional, que la define como pionera. Con ello los inmigrantes buscan construir un sentimiento de pertenencia particular, no sólo hacia el lugar sino dentro del mismo grupo; en enero de 2006 consiguieron que el gobierno local colocara una placa en memoria de Levant Alcorn, quien restauró las mansiones, junto con otros cinco personajes mexicanos importantes en la historia de Álamos. Entonces, en esta interacción los mexicanos reconocieron oficialmente la importancia de este “fundador”, y con ello se dio un lugar al mito que representa; la comunidad estadounidense es vista y reconocida como un “otro” que está presente, forma parte de Álamos, al mismo tiempo que se considera diferente. Esto significa que se inscribe en la historia del Estado-nación, y gana un lugar particular importante. 

Como bien dicen Smith (1991) y Gellner (1983), no importa si las tradiciones son inventadas, sino que la gente crea en ellas. Los estadounidenses empezaron a organizar callejoneadas pequeñas con pocos estudiantes mexicanos, que tocaban en las calles en el centro (no en el lado mexicano del pueblo), unos años después ya formaban parte de la imagen de Álamos, como aceptó el presidente municipal, luego invirtieron en trajes adecuados al estilo de España, de donde viene esta tradición. Hoy en día ya participan en competencias en Estados Unidos con grupos estudiantiles de allá.

Para cumplir con su imagen de México auténtico, los estadounidenses contratan mujeres con apariencia indígena para que vendan muñecas zapatistas, faldas y blusas de colores fuertes, lo que no tiene nada que ver con el vestido tradicional de la región de Sonora, sino más bien de la imagen estereotipada de México: los colores fuertes y las indígenas vendiendo en las calles. Estas mujeres sólo venden los domingos enfrente de los dos hoteles en el centro.

REFLEXIONES FINALES

Quiero poner énfasis en algunos puntos esenciales; este artículo no se trata de que los inmigrantes estadounidenses están desarrollando las comunidades para bien o para mal, sino de analizar cómo este grupo usa sus recursos para sus fines y cómo esta estrategia repercute en las poblaciones mexicanas y en su identidad, tanto local como nacional. Lo interesante es que este fenómeno casi no se ha investigado en los estudios de migración y turismo, a pesar de que es un tema muy relevante y actual, por ejemplo, por las olas de migración del norte de Europa hacia España e Italia, donde también hay escandinavos que residen en pueblos españoles y usan sus recursos para influir en las imágenes, símbolos y narrativas de la identidad nacional española.

Quiero concluir con algunas observaciones finales: el turismo participa en la construcción y consolidación de las identidades, e influye en lo que se construye desde la perspectiva tanto de los inmigrantes estadounidenses como de las elites mexicanas y los turistas. Cuando se ponen los artefactos, las prácticas y paisajes en el mercado del consumo turístico se promueve una hibridación entre lo global y lo local, donde luego la autenticidad se vuelve fundamental lo que, como se demostró, produce conflictos en varias dimensiones.

Con el caso de estudio de Álamos demostramos que la relación entre el turismo y la identidad se puede conceptualizar en términos de relaciones sociales. Por un lado, la identidad se transforma cuando grupos, instituciones o individuos actúan para mercantilizar los recursos disponibles como el ambiente, monumentos, la comida o edificios para satisfacer al turismo. Este proceso de intercambio está mediado por las relaciones nuevas entre los individuos o grupos dentro de la zona turística y hacia fuera. Por otro lado, las relaciones sociales existentes y resistentes son decisivas, a tal grado que podrían influir en la mercantilización del lugar para el turismo. Más que homogeneizar o destruir las identidades de una región, como concluyen los estudios tradicionales sobre el turismo, éste contribuye a los procesos continuos de cambio, los cuales al mismo tiempo están mediados por los elementos de continuidad que forman parte de la identidad. El turismo entonces constituye una manera única de ver o analizar cómo se negocian las relaciones globales-locales en un contexto particular, pues permiten/conservan la diferencia y diversidad. Como en Álamos, el desarrollo turístico está mediado por relaciones sociales locales resistentes, a la vez que se construyen otras nuevas, que se superponen a las bases existentes dentro del contexto. Como lo demuestra este caso de estudio, son estas relaciones sociales más que la presencia en sí de los turistas las que repercuten en la identidad. 

Álamos se ha vuelto una representación y reproducción concreta de la idea de los estadounidenses de “lo mexicano”, manifestada en un paisaje físico y cultural construido. De esta manera, ellos dejan una huella sociocultural significativa por tener recursos disponibles para realizar su utopía sobre México. Por otro lado, el lugar no sólo representa un beneficio para la comunidad estadounidense sino, como Abercombrie (1991) apunta, también funciona a la inversa: la zona turística retoma esta imagen construida, y la convierte en uno de los identificadores particulares frente a los demás pueblos y actores.

Este tipo de turismo/inmigrantes hace visible la paradoja que existe entre la utopía y la realidad. Así mismo, el turismo internacional juega un doble papel: por un lado, es resultado del proceso de cambio de las sociedades y, por otro, constituye una fuerza poderosa que puede transformar la cultura y el desarrollo de muchos pueblos y ciudades involucrados en el proceso.

* Profesora-investigadora de la Universidad de Aalborg

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