Vie. Mar 6th, 2026
Susana Kowalski-The Pillow Book, Peter Greenaway 1996-1

Denisse G. Gómez

Virginia Woolf, la icónica escritora británica del siglo XX, decía que, para que una mujer pudiera escribir, necesitaba dos cosas fundamentales: independencia económica y una habitación propia con llave. En Un cuarto propio, Woolf argumenta que la creatividad femenina ha sido históricamente sofocada por la falta de privacidad, de autonomía y de un territorio mental que no esté al servicio de otros. Para ella, la habitación propia era una condición material, pero también psicológica: una zona inviolable donde la mujer pudiera pensar sin interrupciones, sin roles impuestos, sin ser observada, sin tener que dar explicaciones. Un cuarto propio era —y sigue siendo— un acto de resistencia intelectual.

Estoy convencida de que todas las mujeres requieren ese espacio para desarrollar su creatividad. Al menos así lo experimento cada mañana desde mi one-bedroom neoyorquino, donde preparo mi riguroso café mocha y leo mis treinta minutos de placer diarios. Me gusta creer que el tiempo está limitado, que, a pesar de la libertad de ser estudiante, existen “reglas”. Aunque, a decir verdad, creo que las impongo únicamente para romperlas de inmediato. Como si al hacerlo se reafirmara en mí una identidad disruptiva —y como consecuencia subconsciente, anhelara que con esa “rebeldía” surgiera la creatividad de la que hablaba Virginia.

Preparo mi café con la solemnidad de un rito religioso, en mi prensa italiana Bialetti roja y en mi cocina de estilo parisino. Me acomodo en mi sofá vintage con mi cobija de terciopelo verde olivo y las largas cortinas del mismo color, alcanzando un estado de confort que no deja de sorprenderme. Un marcador naranja siempre me acompaña para resaltar cualquier idea o frase que en algún momento futuro me inspire a escribir (una forma de plagio literario, para ser honesta). Me aseguro de que mi laptop esté cerca, por si tengo la fortuna de recibir el anhelado llamado a escribir mientras leo alguna línea que despierte esa urgencia. Pongo una alarma por treinta minutos y comienzo a leer.

La luz entra de manera sutil por mis altas ventanas semicirculares. Están orientadas al sur, por lo que durante las mañanas mi sala se inclina más hacia la oscuridad. Nunca me ha afectado la falta de luz en mis múltiples departamentos en Nueva York, a pesar de haber crecido en México, donde el sol se posa imponentemente la mayoría de los días del año. Con mucha o poca luz, yo encuentro mis mañanas en solitario llenas de claridad. Es la luz —interior— la que me da la fuerza para enfrentar el caos de esta ciudad.

A diferencia de la Ciudad de México, que se distingue por el verde de sus árboles, los colores de sus edificios y el vibrante folclor de sus contrastes, Nueva York es una ciudad sombría. Gótica, gris, fría. Uno necesita llevar luz dentro de sí para contrastar, compensar, evitar ser absorbido por la sombra de la ciudad. Al salir de mi departamento frente a Union Square Park, en el hermoso barrio Gramercy —que, por cierto, conserva arquitectura francesa del siglo XIX—, los transeúntes caminan con excesiva prisa, sin pretensión de mirar su entorno y, menos aún, de hacer espacio a otros. Si osas cruzarte en su camino, hostilidad es lo que recibirás.

El metro es la misma historia, pero aún más contrastante. El metal de los vagones es tan gris como los suelos y las paredes de los andenes. Las ratas coexisten en los rieles como parte del paisaje, entre las masas que esperan la llegada de los trenes. Por las mañanas, la multitud se funde en una sola masa gris oficinista, que contrasta con las personas en situación de calle que inevitablemente aparecerán en cada trayecto.

Al llegar a clase, la regla sigue inalterada. Los amplios salones, con sus 150 lugares, pantallas y pizarrones sofisticados, no dejan de ser grises. Ayer tuve la osadía de vestirme de rosa, solo para comprobar que el código de vestimenta no hablado de la Escuela de Derecho de la Universidad de Columbia se mueve en una escala de grises: negro, azul marino y cualquier otro color, se eclipsa frente a ellos.

Y sin embargo, cada noche, cuando vuelvo a casa, ocurre un fenómeno que Woolf entendería a la perfección. A pesar de mi vestimenta colorida, me descubro más oscura. Más fría, más gris, más gótica. Nueva York transforma. Drena. endurece. Pero como bien lo sugirió Virginia, cuando tienes un cuarto propio, las reglas las pones tú. El espacio reconfigura el alma.

Así que cuando entro a mi departamento —lleno de libros, plantas, mi propio arte y esa armonía que solo existe cuando una mujer crea su propio refugio— me recupero. Me lleno de luz, color y calor. Y aunque llegue cansada de la larga jornada, entro a mi cama con el anhelo de despertar tan pronto como sea posible a una mañana que me reciba con mi café, mi libro y mi marcatextos naranja.

Porque en ese pequeño ritual cotidiano, en esa habitación que Woolf soñó para todas nosotras, recupero mi voz. Y en ese espacio que es solo mío, vuelvo a ser yo.

Denisse G. Gómez es abogada egresada de la Universidad Panamericana y maestra en Derechos Humanos por la Universidad de Columbia. Actualmente cursa la maestría en Derecho (LL.M.) en la misma institución.

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