
Fausta Gantús
(extracto)
7 de enero de 2015: dos hombres armados y encapuchados entran violentamente a la redacción del semanario satírico Charlie Hebdo, situado en el 10 rue Nicolas Appert, en el corazón de París, en Francia, el país de la “libertad, la igualdad y la fraternidad”. Disparan repetidamente, hiriendo a cuatro y asesinando a 10 integrantes del personal de la revista, y a dos policías. Entre quienes fallecieron se cuentan cuatro dibujantes: Cabu (Jean Cabut), Wolinski (Georges Wolinski), Tignous (Bernard Verlhac) y Charb (Stéphane Charbonnier), este último también director de la publicación. La organización islamista Al-Qaeda se adjudica el atentado, poco después, arguyendo la defensa del honor del profeta Mahoma. El suceso es, en sí mismo, una tragedia, pero el motivo que lo desencadenó rebasa cualquier sentido de razón; resulta incomprensible en un mundo global que se pretende civilizado y moderno: la publicación de unas caricaturas.
Ese motivo exhibe las diferencias culturales e ideológicas existentes entre las comunidades planetarias; hace patentes los abismos en las formas de pensar la sociedad, la política y sus manifestaciones entre Oriente y Occidente, entre los mundos –dominantemente– cristiano e islámico, al menos parte de ellos. La sátira en imágenes, plasmada en un impreso, sacude los cimientos de la realidad. Lo que incendia el ánimo es la ironía. Lo que lastima es la burla. Lo que impacta es la representación visual. Lo que origina el ataque es la imposibilidad de lidiar con la crítica gráfica, irónica o satírica. La libertad de expresión adquiere, así, su máximo costo.
Esta agresión trae a la memoria lo ocurrido diez años antes, en 2005, cuando una serie de caricaturas publicadas el 30 de septiembre por el periódico danés Jyllands-Posten, en las que se representó al profeta Mahoma en situaciones que resultaban agresivas e insultantes para la comunidad musulmana, pusieron el acento en el debate del tema de la libertad de opinión, pero también del respeto a la diferencia, del choque cultural, ideológico y religioso. En pocas palabras: el debate en torno a la tolerancia, así como en lo referente a los límites que debe observar la prensa. Esas polémicas caricaturas habían sido reproducidas en 2006 en las páginas del mismo semanario francés, Charlie Hebdo, como una muestra de apoyo a la libertad de expresión.
Con estos hechos, la reflexión en torno al poder de las caricaturas y sus mensajes, los límites de las libertades de prensa y expresión, sus alcances y repercusiones, se situó de nuevo – como repetidamente a lo largo de la historia– en el centro de la escena pública. Esos sucesos, los de la “guerra santa contra la caricatura”, como le han llamado algunos medios, igual que otros que podrían traerse a cuenta, representan casos extremos de violencia en contra de la libertad de expresión, pero no son los únicos. Son, sin embargo, la exhibición patente de la reacción máxima y absolutamente desproporcionada que provoca, o puede provocar, en el nivel emocional, una imagen, en particular una imagen satírica, y que, en este caso, recorre un espectro que va de la molestia al enojo, del enojo a la indignación y de la indignación a la violencia en quien es objeto directo de la crítica o en quien, siéndolo indirectamente, se siente parte de aquello a lo que se alude.
La molestia e indignación ante lo expuesto en una sátira visual se tornan violencia cuando, de forma individual o colectiva, las personas involucradas no encuentran una manera racional de contestar a lo que entienden no como una crítica, sino como un ataque. La forma en que la imagen, la imagen satírica con su carga de “agravios”, se proyecta en el espacio público y afecta al imaginario, a los imaginarios, cobra entonces su expresión más radical. La gama de respuestas –orquestadas por personas, grupos, comunidades políticas, étnicas, religiosas, etcétera, así como por instituciones– en contra de quien o quienes las produjeron abarca un espectro muy amplio, donde los matices permiten observar desde la contraofensiva impresa hasta la represión; desde el insulto hasta la privación de la libertad; desde el ataque físico hasta el asesinato. Ello es así porque si la prensa sirve para generar realidades, el común de la gente considera que las imágenes poseen un poder y efectividad aún mayores –aunque ésta es una idea sobre la cual debemos debatir.
Tan sólo en lo que va del actual siglo encontramos varios ejemplos de esas situaciones ocurridas en diversos países. Además de los polémicos y extremos casos de las caricaturas sobre Mahoma publicadas en 2005 y 2015, a los que ya me he referido, anoto algunos de los que tuvieron mayor repercusión internacional. En 2001 y 2002, después del ataque a las Torres Gemelas, ante la expresión de cierto periodismo satírico que ponía el acento en la denuncia de las políticas gubernamentales, las autoridades de los Estados Unidos de América prohibieron cualquier tipo de caricatura que aludiera a ese episodio, argumentando que no se debía ironizar con la tragedia. Pero, en realidad, lo que perseguían era cancelar cualquier posibilidad de crítica. Así, se suspendió o despidió a caricaturistas por publicar cartones “no patrióticos”; se les rechazaron sus trabajos o se les presionó de tal forma que sólo les quedó el recurso de la autocensura para poder publicar. La libertad de expresión en tiempos de guerra fue defendida por un grupo numeroso de caricaturistas. La represión fue la respuesta del gobierno norteamericano que puso freno y dictó medidas para limitar esa libertad de prensa que afectaba, o al menos ensombrecía, sus intereses.
Otro caso es el que tuvo lugar en Argentina en 2008, cuando la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner arremetió contra una caricatura publicada el 1 de abril, en el diario Clarín, producto del lápiz de Hermenegildo Sabat, y que calificó de “mensaje cuasi mafioso”. La imagen, que evocaba la pintura Retrato de Dora Maar, de Pablo Picasso, muestra el rostro de Cristina en un doble ángulo, de frente con una gran cruz sellando sus labios y de perfil asomando el rostro de su marido y expresidente, Néstor Kirchner. Confrontada por una imagen que le resultaba molesta, Fernández enfiló sus baterías contra esa caricatura y su autor, al tiempo que buscó allegarse el respaldo popular exagerando y sobreinterpretando para ello el sentido del mensaje. Simultáneamente, trató de conciliarse con el gremio de caricaturistas procurando mostrarse receptiva a la crítica en general. Sin embargo, el periodismo cerró filas en torno al dibujante. La mandataria patentizó, así, su incapacidad para tolerar la crítica humorística, confirmando que buena parte del poder político no sabe lidiar ni responder a la sátira o la ironía.
A finales de junio de 2009, en Honduras, el caricaturista Allan McDonald fue secuestrado durante varias horas y sus caricaturas fueron quemadas por el gobierno golpista, todo ello por apoyar la consulta popular promovida por quien entonces era presidente, Manuel Zelaya. En respuesta, la comunidad de caricaturistas del país, en solidaridad con su colega, también realizó una campaña para oponerse al golpe de Estado.
En enero de 2016 en Ecuador el periódico El Universo fue demandado por publicar una caricatura de Xavier Bonilla, quien firma sus obras como “Bonil”. A primera vista, podría parecer que no se trataba de un caso que involucrara al gobierno, dado que la denuncia la presentó la Federación Ecuatoriana de Organizaciones LGTB, ofendida por una imagen en la que el caricaturista se burlaba de las modificaciones propuestas a la cédula de identidad que permitía el cambio de nombre por orientación sexual. Pero, en realidad, lo que hay que observar es que el promotor de la denuncia era un empleado del Ministerio de Cultura y Patrimonio, lo que nos permite presumir la mano del gobierno detrás de la demanda. Para entonces, Bonilla y El Universo tenían ya un significativo historial de procesos legales, pues en 2014 y 2015 habían enfrentado un par de denuncias: en 2015 por la crítica a un diputado del oficialismo, pero como era afrodescendiente la denuncia se interpuso en términos raciales. Claramente vinculada a la máxima esfera de poder, a finales de diciembre de 2013 una caricatura suya molestó al gobierno al grado que el presidente de Ecuador, Rafael Correa, acusó al caricaturista de ser “un sicario de tinta y un enfermo” y derivado de ello se procedió legalmente en su contra en enero de 2014. El fallo de la Superintendencia de la Información y la Comunicación de Ecuador (Supercom) lo condenó y le ordenó, entre otras cosas, “corregir” la caricatura. Ya antes, cuando era candidato, Correa también se había quejado de una caricatura.
Los casos aquí anotados no constituyen una singularidad del siglo xxi, pues la confrontación política a través del recurso de la sátira visual ha tenido momentos importantes desde su aparición, que remonta sus orígenes tres siglos atrás en el caso europeo y un par en el caso americano. En México, la caricatura apareció en la primera mitad del siglo xix y fue cobrando importancia en los medios impresos; hasta que logró consolidarse durante la segunda mitad de la centuria. A partir de entonces, mucho “de que hablar” ha dado la caricatura, teniendo momentos estelares. Pero lo que aquí importa, más que los casos excepcionales, es estudiar la forma en que la sátira visual se transformó en un elemento constitutivo de la manera de hacer política en el México decimonónico; estudiarla como generadora y estructuradora de discursos, promotora o detractora de personajes y situaciones, instrumento fundamental en las estrategias de campañas, entre otros temas varios.
NdeR: El presente texto es un extracto del libro Caricatura e historia. Reflexión teórica y propuesta metodológica, de la misma autora, publicado en 2023 por la UNAM