Lun. Mar 16th, 2026

José Luis Puga Sánchez

El caso de los niños mártires de Tlaxcala, canonizados casi 500 años después, muestra una fe impuesta con rudeza que lleva violencia que genera más violencia. Así, de áspera manera, abre ‌Bernardo Barranco su programa “Sacro y Profano” en la señal de Canal 11, del Instituto Politécnico Nacional (IPN).

En su serie orientada a explorar los vínculos de todo cuño entre la iglesia y la sociedad, Barranco Villafán da pie al programa cuando señaló que Cristóbal, Antonio y Juan son considerados “los promártires de América”, al tratarse de los primeros laicos católicos del continente en morir por su fe. 

Identificó, entonces, a cada uno: Cristóbal, hijo y heredero del poderoso tlatoani Acxotécatl, fue martirizado en 1527 por su propio padre, quien se enfureció cuando el niño comenzó a destruir los ídolos prehispánicos de su casa. Antonio fue nieto de Xicohténcatl y Juan su servidor. Ambos murieron en 1529 en Cuautinchán, Puebla, tras ser atacados por lugareños mientras recolectaban ídolos para destruirlos durante una misión “evangelizadora”.

A su muerte, su camino al cielo católico dio inicio. Evangelizados y formados por los primeros misioneros franciscanos y dominicos tras la conquista, fueron declarados beatos el 6 de mayo de 1990 por el Papa Juan Pablo II en la Basílica de Guadalupe y el 15 de octubre de 2017, el Papa Francisco los canonizó en la Plaza de San Pedro, en Roma. La causa de los niños fue documentada por los relatos del franciscano Toribio de Benavente, Motolinía.

Invitado al programa por su especialización, en el set se encontraba Luis Antonio Nava García, doctor en historia, investigador y cronista del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

Ante el investigador, el conductor situó el relato en 1529, solo pocos años después de la caída de Tenochtitlán, cuando iniciaba el proceso de “verdadera conquista de territorios mesoamericanos”.

Barranco determina el conflicto: Cristóbal, Antonio y Juan son “salvajemente” ultimados por sus convicciones religiosas y de fe. Para después dar un gigantesco salto en el tiempo y ubicarse en siglo XX, cuando aquellos tres niños tlaxcaltecas son beatificados por Juan Pablo II, para menos de 30 años después, en 2017, sean canonizados por el Papa Francisco, “es decir, los vuelve santos”. Pero Barranco habla entonces de otra óptica que presenta la historiografía moderna. Afirma que la narrativa católica oficial es cuestionada. “Nos devela una construcción y leyendas fraguadas con narrativas que, a la postre, se muestran manipuladas”.

Luis Antonio Nava respaldó tal punto de vista al señalar que “el tema de los niños mártires de Tlaxcala nos está refiriendo a un episodio de nuestra historia que, al paso del tiempo, se ha visto muy sesgado por las versiones de la iglesia que ha manejado y que, a la luz de las fuentes históricas, particularmente de la visión de los indígenas, podemos dar otra interpretación a los hechos. Sabemos que Tlaxcala, en ese momento, como considerada como cuna de la evangelización, pues fue un espacio privilegiado por esta alianza que hubo desde un primer momento entre la corona española y los gobiernos indígenas tlaxcaltecas”.

Y la corona les dio su preferencia, recalcó Nava, para añadir de inmediato que los tlaxcaltecas tuvieron predilección por parte de los frailes, de los religiosos, para llevar a cabo la conversión de los indígenas, evangelización que tenía que comenzar con martirio, con personajes que figuraran como mártires para que esto cimentara la fe en este nuevo mundo. En este proceso asentó que la participación de los niños fue importante, al erigirse como los emisarios de los frailes, evangelización –restregó- no exenta de abusos y de violencia por parte de estos religiosos.

Barranco amplía la idea al apuntar que “estos niños fueron ideologizados en materia religiosa y se confrontan con sus raíces y llega esto a molestar, a tensionar”. Asemeja entonces esa ideologización de cinco siglos atrás con las modernas sectas que adoctrinan y robotizan, “como se hizo de estos niños tlaxcaltecas que venían de una estirpe alta y que se enfrentan a su propia cultura, entonces se genera esta tensión”.

El relato histórico de los niños mártires de Tlaxcala, explica Luis Antonio Nava, fue creado por Toribio de Benavente, “Motolinía”, y lo cataloga no exento de deformaciones, además de no contar con versiones indígenas, pero ese relato de Motolinía permite ahora su canonización.

El historiador apuntala su posición en una investigación hecha por él mismo, donde identifica otras fuentes de información sobre el tema, como los anales de Cuauhtinchan y los anales de Tecamachalco, particularmente, que no habían sido considerados con anterioridad y, lo más importante, exponen una realidad diferente.

En esos documentos se menciona, por ejemplo, el martirio del niño Cristóbal a manos de su padre Acxotécatl, tlatoani de Atlihuetzía. La realidad –subrayó el historiador- es que, por pertenecer a la nobleza indígena, este niño tenía educación privilegiada pero también rigurosa. “Debido a estas enseñanzas que los frailes les imponen a estos niños, este niño aprende que debe rechazar la cultura indígena. Y cuando uno entiende la manera en la que eran educados estos niños, pues se percata uno de estas diferencias”, advierte Luis Antonio Nava, quien añade que se puede interpretar que Acxotécatl disciplina a su hijo, pero a la manera indígena, muy severa.

Cristóbal es obligado a acudir al colegio franciscano en la ciudad de Tlaxcala, debido a las ordenanzas de buen gobierno emitidas por Hernán Cortés en marzo de 1524, por las cuales se obliga a los hijos de los señores acudir a los colegios franciscanos.

En el caso de los mexicas Nava afirma que existen numerosas fuentes que dan cuenta de esta educación “muy disciplinada”, lo que llega a los oídos de Motolinía, quien lo transforma y lo convierte en un “martirio”.

En el caso de los otros dos niños, Antonio y Juan, el trabajador del INAH refiere que en su labor catequista en Oaxaca, los frailes dominicos les ordenaron recorrieran pueblos para detectar y denunciar a todo indígena que aun rindiera culto a las deidades mesoamericanas, misión que los convirtió en personajes indeseables para los propios indígenas. “Eran niños que arribaban a los pueblos, espiaban a la sociedad, descubrían quién tenía por ahí ídolos que seguía idolatrando y posteriormente informaban esto a los frailes, ellos llegaban y los castigaban. De manera que una defensa por parte de la sociedad indígena fue darles muerte”.

Las fuentes consultadas por Nava asientan que Antonio y Juan fueron asesinados por órdenes de un señor local llamado Tomás Huilacapitzin, “En esos años tempranos estaban muy practicados todavía los sacrificios humanos. Se percata uno que no fue un martirio, sino que más bien se trató de un sacrificio humano de estos niños” y este suceso el fraile lo habría reelaborado como un martirio… “Hay otras versiones”.

Son dos casos, sintetiza Barranco: El del niño Cristóbal, cuyo padre era un señor importante, a quien reprocha el manejo de los ídolos, de los sacrificios, perdón, de los actos litúrgicos que realizan, reproche que habría se ocasionarle como castigo ser golpeado hasta su muerte, mismo fue para la madre el tratar de intervenir para impedir el castigo. El otro caso el de Antonio y Juan, niños que viajan y son inmolados.

Luis Antonio Nava profundizó en los colegios franciscanos, donde los frailes enseñan a los niños nobles indígenas a “repudiar a la cultura indígena”, razón por la cual, en cada regreso a casa de sus padres, Cristóbal rompe figuras que le habían enseñado se trataba de “ídolos”, que en realidad eran imágenes religiosas mesoamericanas, pero que él ve, debido a su nueva educación, incluso como “demonios”, lo que encoleriza al padre.

También se menciona que destruye sus vasijas con pulque, bebida que estaba restringida para toda la sociedad, pero su padre, al ser un gobernante, podía consumirlo.

El comportamiento del niño orilla –explica el investigador del INAH- al padre a disciplinarlo en la forma que dictaba la cultura prehispánica: en un sacrificio, no un martirio.

El caso de los otros niños Antonio, nieto de Xicohténcatl, y Juan, sirviente de Antonio, ellos llegan a unos pueblos que aún existen, Tecali y Cuauhtinchan, en Puebla, donde debieron cumplir las órdenes recibidas de los frailes de adentrarse en la sociedad local y “espiarlos”, para reportar inmediatamente todo caso que encontraran de “idolatría” o donde se llevaran a cabo rituales. “Entonces Benavente y otros frailes más bien promovieron la delación”.

Esta situación los volvió unos niños indeseables en la sociedad indígena misma, sabedores del acompañamiento de los frailes y que los niños llegaban para denunciar, “lo que, desde luego, les causaba temor. ¿A quién le va a gustar que lleguen y te espíen, para que te quiten tus deidades y además te puedan castigar con mucha severidad? Esto es lo que hacían estos niños, y en consecuencia se planeó la muerte de ellos. Es lo que señala Benavente”.

Nava sugiere ubicarnos en el contexto temprano del siglo XVI, para corroborar que en esa etapa se seguían practicando muchos sacrificios humanos. Antonio y Juan fueron capturados y luego sacrificados en un ritual “y, por supuesto, esta información llegó al fraile y él la convierte en un martirio. Esta información está consignada en fuentes históricas que pertenecen a la cultura indígena. Algunas fuentes, como los anales de Cuautinchán, de Tecamachalco (Puebla), particularmente, es donde se menciona la muerte de un niño, pero al decir muerte están refiriendo a un sacrificio. Esta misma versión es la que retoma el fraile, pero, como digo, la convierte en la narrativa de un martirio”.

Esta misma historia contada “idílicamente” por los frailes, el investigador percibe otros matices cuando la fuente es indígena, donde se confirma el hecho, pero con otra lógica. “Porque estamos ante el lado oscuro de esa primera evangelización, cargada, por un lado, de historias idílicas de martirio, pero, por otro lado, son represiones a las estructuras ancestrales. Es una guerra cultural, es una guerra religiosa y se trata de resaltar esa violencia inicial que hubo en esta etapa de la evangelización. Ellos en las crónicas o en los relatos de los frailes, señalan que fue prácticamente algo milagroso, algo que se llevó a cabo con mucha facilidad de la noche a la mañana”.

Analizar el fenómeno dijo que arroja que se trató de un proceso muy prolongado, que se extendió por centurias incluso. “Hay espacios en donde se habla todavía en el siglo XVIII, que se están cometiendo sacrificios

humanos. Entonces, en el siglo XVI, la religión mesoamericana estaba demasiado fresca”.

Luis Antonio Nava afirmó que, en el caso de Toribio de Benavente, el fraile “encubre toda esta violencia realmente y la endulza en este discurso de amor a Dios… que estos niños murieron por amor a Dios. Y en realidad es la otra la versión. Estamos hablando de Benavente, de Motolinía, como uno de los grandes historiadores de esta etapa”.

¿Podríamos suponer que habría otro tipo de lecturas sesgadas de este gran momento histórico? – interviene Barranco.

Por supuesto – contesta Nava.

Una santificación –señala Bernardo Barranco- se da por diferentes vías. Una de ellas es un comportamiento intachable de santidad. Otra, entre otras, por supuesto, es la de haber tenido una experiencia de martirio, que haya muerto por causas de su fe. Y vemos que la lógica sigue. No hace mucho el niño José Sánchez del Río, un niño cristero que muere a los 14 años, que es también martirizado durante esta gesta cristera, que por cierto está teniendo 100 años, lo canonizan o lo beatifican, no recuerdo muy bien. Pero pasa también en otros lados la manipulación de los niños, de las conciencias de los niños. Los niños de Chapultepec, los soldados, niños héroes que defienden fortalezas. En el mundo musulmán, los niños que son adoctrinados para sacrificarse y convertirse, estos niños fedayines, en bombas mortales. En fin, hay una manipulación que podemos decir es preocupante. Son conciencias muy tiernas, son preadolescentes, medio entienden lo que está pasando, pero pueden también ser muy sesgado por la manipulación ideológica.

“Así es”, respalda Luis Antonio Nava, para después llamar la atención, en el caso de los mártires de Tlaxcala, de la edad de los niños, que “incluye mucho”, ya que debían estar entre los 13, 14, 15 años, “una edad de cambios, de manera que estuvieron atrapados entre estos dos mundos, en la transición que se dio en esa época, ese desfase de dejar ese mundo mesoamericano, prehispánico, e incorporarse al mundo novohispano”.

Por su inocencia, por su formación en la que se encontraban, argumenta Nava que estos niños fueron los vehículos más importantes y necesarios para difundir y crear una nueva sociedad.

La investigación sobre el caso que realizó, Nava la justifica con la necesidad de “refutar” esta versión de hace 500 años. Y anuncia que el año próximo, 2027, se cumplen 500 del martirio del niño Cristóbal, por lo que era “necesario” hacer una revisión crítica de este relato, partiendo de que Motolinía, al ser un religioso, un fraile, un franciscano, y en este contexto de conversión y de evangelización, “por supuesto que iba a plantear una cuestión que favoreciera precisamente estos valores que se estaban inculcando en la sociedad. Pero la versión indígena fue la importante para entender el contexto cultural y, a partir de ello, darse cuenta que en realidad los sucesos no ocurrieron como fraile los había relatado.

Para mayor evidencia, el investigador del INAH extrapola esa imagen de violencia para traerla al presente, lo que le permite asegurar su aun vigencia, percepción que apoya con el caso de los niños indígenas asesinados en Canadá en 2021, en el interior de colegios religiosos, católicos y protestantes, niños que fueron “sumamente violentados, abusados, asesinados, y que el Papa Francisco tuvo que dar una disculpa un año después, en 2022. Entonces, es una práctica muy común de la iglesia católica”.

Llamó finalmente a la promoción de la tolerancia, el respeto a la infancia, no manipular a los niños con fines religiosos. “La iglesia debe evitar hacer estos usos negativos o tóxicos para estos fines”.

Y como corolario, Bernardo Barranco incluyó, “si me estiras la cuerda”, la pederastia clerical en el abuso de los niños.

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