Grupo Tinta Blanca

Rafael Navarro-Barba

A principios de la década de 1970, aseveró Carlos Monsiváis, criticando a la contracultura mexicana de inspiración anglosajona, que si a los jipitecas les importa disolver el modo de vida más pregonado en México, el de las clases medias, fracasan al no captar que a la imitación no se le opone la imitación en un medio donde el proceso colonial ha ido de la admiración elitista por la cultura francesa o inglesa a la admiración multitudinaria por Norteamérica (Monsiváis, 1977: 237).

Como señala Eric Zolov, el rock en México empezó siendo imitativo y luego se hicieron esfuerzos por hacer un rock considerado auténtico. La idea de autenticidad, al principio, era cantar en inglés, mientras que los que tocaban temas llamados “refritos” (éxitos de rock originalmente en inglés) cantaban en español.

Afirma Bolívar Echeverría que “si hay historia de la cultura, es justamente una historia de mestizajes”.

Monsiváis sostiene que a los jóvenes del 68 el rock “les sirve para destruir trabas mentales y de comportamiento, e internacionalizarse de acuerdo a una trama libertaria” (Monsiváis, 2008: 168).

Parménides García Saldaña habla del Salón México. Dice que “hoyo, pues, es un lugar donde se toca música proveniente de los negros norteamericanos. Casi toda la música norteamericana es funky”. Y remata “Chavos están tocando algo que no les pertenece”.

NOS ENGAÑARON Y NOS QUIEREN SEGUIR ENGAÑANDO.

Cuando tocábamos blues en los años 70s, nos decían que eso era música de “negros” que no estaba en “nuestras raíces”, que era una forma en la que la cultura yanqui trataba de dominarnos.

En los años 70 y en adelante, algunos “expertos del blues” en México nos hablaron horas y horas de BB King, de Albert King y del blues de Chicago, pero nunca nos dijeron que la mexicana Lydia Mendoza había grabado junto a Lonnie Johnson y que los mexicanos Andrés Berlanga y Francisco Montalvo grabaron junto a Robert Johnson. Ahora vienen del cono sur, algunos seudo expertos en la historia del blues, a darnos “seminarios”.

Si nosotros los mexicanos escribimos la historia del blues, junto a los afroamericanos.

Fuimos nosotros, los mexicanos, quienes trabajamos codo a codo con los afroamericanos en los campos de algodón del sur de los Estados Unidos.

Fuimos nosotros, los mexicanos, los que a principios del siglo XX les enseñamos a los primeros bluesmen, el arte del músico callejero.

Fuimos nosotros los mexicanos, los que grabamos junto a Lonnie Johnson, Texas Alexander y Robert Johnson.

Fuimos nosotros los mexicanos, los que llevamos la guitarra a Texas, Luisiana, Mississippi, Nuevo México, Arizona, California y hasta Hawái.

Fue la música mexicana la que se convirtió en una fuerte influencia en el desarrollo primario del blues y no lo digo yo, lo dice James Miller, una de las voces más autorizadas en la historia del delta blues.

La guitarra mexicana de 12 cuerdas, con cuerdas de acero mexicanas, se convirtió en el motor del blues. Lonnie Johnson, con su hermosa guitarra mexicana de 12 cuerdas, es la prueba.

A Robert Johnson le gustaba el mexican blues.

El mexican blues es tan antiguo como el Texas blues o el delta blues.

El blues tiene genes mexicanos.

La verdad es como una boya en el mar, tarde que temprano sale a flote.

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