La activista Verónica González Sartillo

José Luis Puga Sánchez

En Tlaxcala existe un vacío legal para la biodiversidad. Carece el estado de una ley que reconozca a la cultura como un derecho humano. El patrimonio biocultural, que involucra a milpa, maguey, lenguas y artesanías, no tiene figura jurídica. Los actores culturales actúan sin amparo legal frente al Estado y los privados. El robo creativo, la “turistificación” y la sustitución de materiales no son sancionables. Esta serie de razonamientos dieron cuerpo a la consulta popular de julio-septiembre de 2023.

Luis Ricardo Cabrera Cortés, doctorado en Estudios Latinoamericanos en Territorio, Sociedad y Cultura, ponente del tema central de la sesión, ubicó el punto: La diversidad cultural y la diversidad biológica son inseparables. Su encuentro y fusión se concreta en el territorio, que a su vez es el espacio donde se moldean saberes, ritos, materiales y alimentos de una comunidad. Todo ese conjunto de fenómenos es la biocultura, tema del tercer módulo del proceso de construcción de un observatorio cultural ciudadano, ejecutado por la Secretaría de Cultura de Tlaxcala.

Los cuatro módulos ejecutados hasta el momento en el Museo Casa de Piedra, en Apizaco, tienen un denominador común: afianzar en la sociedad el valor de los derechos humanos, el cultural en específico, con lo cual se pretende impulsar la transmisión intergeneracional, con lo cual se garantizaría que el vínculo social no se debilite o se pierda ante los afanes globalizadores.

En primer lugar, Cabrera Cortés ubica a La Malinche como la proveedora de identidad, pues en sus laderas perviven las dos únicas lenguas vivas en Tlaxcala: el náhuatl en San isidro Buensuceso y el yuhmú en Ixtenco. Su biocultura material es de bosques de pino-oyamel que proveen de materia prima para artesanías, construcción y medicina tradicional. El volcán es referente de historias, ritos de petición de lluvia y calendarios agrícolas comunitarios.

La milpa es, además de una planta, un sistema agroecológico y, también, proveedor de identidad colectiva; tiene elementos de cosmología, de gastronomía, es un calendario ritual y es memoria territorial.

Otra planta significativa es el maguey, resultado de procesos milenarios de elección de variedades para distintos usos, como fibra, alimento, bebida y combustible. Su derivado quizá más famoso es el pulque, bebida prehispánica aún vigente vista como vínculo entre la tierra, el ritual y la vida comunitaria cotidiana. Sus hojas y fibras se transforman en cuerdas, textiles, papel amate y objetos rituales.

Es, en suma, un viaje de la planta al universo simbólico, pero todo ese valor cultural está hoy amenazado por la industrialización; su defensa es defensa de la biocultura tlaxcalteca frente a la modernidad.

Los bosques, ríos, barrancas y sierras son espacios de biocultura “sin nombre legal”. El río Zahuapan es el eje hídrico del valle central, fuente de materias primas para la cerámica y espacio de prácticas rituales históricas. Las barrancas y sierras son corredores biológicos que conectan comunidades, lenguajes y prácticas cultuales del oriente al poniente del estado. Los bosques de La Malinche, los más importantes de la entidad, son de pino-oyamel como proveedor de madera, resina, hongos y plantas medicinales, ecosistema, son embargo, amenazado por la tala, las epidemias, las enfermedades y por el cambio climático. Todo este universo biocultural no es reconocido como patrimonio biocultural por ningún instrumento legal tlaxcalteca. Urge, por tanto, dotarlos de figura jurídica.

Acaso una de las expresiones más identitarias de Tlaxcala es su actividad artesanal. Aquí la biocultura se materializa en objeto, cada artesano transforma materias primas del territorio en identidad tangible, cada pieza es un mapa biocultural de Tlaxcala. Existe, así, el barro y/o talavera en San Pablo del Monte, el ónix y la piedra volcánica en la región centro-oriente, los textiles vegetales en Ixtenco y Huamantla, el popotillo y el bordado de San Pablo del Monte y de Ixtenco…

Todo ese amplio conglomerado artesanal tiene serias amenazas, como el robo creativo, por el cual empresas nacionales o internacionales copian patrones tlaxcaltecas, sin reconocimiento ni compensación a los creadores originales; la sustitución de materiales, donde los materiales orgánicos (tintes vegetales, fibras naturales) son reemplazados por sintéticos que rompen el vínculo con el ecosistema local; el cambio climático, cuyo impacto altera la disponibilidad de arcillas, plantas tintóreas y otros recursos naturales que son la base natural de las artesanías; desinterés generacional, ya que las nuevas generaciones abandonan los oficios artesanales, ante la falta de rentabilidad y reconocimiento institucional; y la negligencia legal, puesto que no existe inventario estatal ni protección de derechos de autor colectivos para el artesanado tlaxcalteca.

Urge, por todo ello, una ley que instituya un régimen de propiedad intelectual colectiva y un fondo de apoyo específico para el gremio.

Los defensores del maíz originario, los guardianes de la semilla, ven al grano como fundamento de la cultura tlaxcalteca. La milpa multicolor tlaxcalteca no es solo alimento, es además “argumento político y símbolo de soberanía”, señalan. Pero las variedades de maíz multicolor tlaxcalteca están en peligro, ante el uso cada vez más extendido del maíz transgénico. Ante ello, demandan mayor protección al grano, exigen reconocimiento legal al maíz originario y al maguey como insignias culturales del estado, y proponen un banco de semillas comunitario protegido jurídicamente por la nueva ley de cultura.

PERDIÓ TLAXCALA 78 % DE SUS BOSQUES TEMPLADOS EN 10 AÑOS

El tercer módulo del proceso de construcción de un observatorio cultural ciudadano, tuvo también la participación de Verónica González Sartillo, quien ha dedicado su vida a la educación ambiental.

En su intervención, la activista dijo que casi todas las leyes se mueven en un contexto histórico, desde el decreto de por qué se llama patrimonio cultural y por qué es patrimonio natural todas las áreas naturales que tenemos, algunas estatales, otras federales y otras más áreas protegidas. Pero, a pesar de esos decretos formales, hay “ciertos movimientos” para cambiar ese estatus como áreas de conservación o nichos biológicos. Ejemplificó con el caso del parque de la juventud, en la capital tlaxcalteca, ubicado dentro de un área natural protegida federal, pero “están queriéndose hacer ciertos movimientos… No me voy a meter por eso”. 

Con un discurso manejado en una línea de tiempo, a trote veloz Verónica mencionó al INAH, al extinto Conaculta y a la nuevita Secretaría de Cultura, movimientos estructurales fincados –señaló- en las nuevas reglamentaciones nacionales e internacionales que se relacionan con el convenio de la diversidad biológica, para después materializarse en el protocolo de Nagoya y algunos otros documentos.

El concepto de biocultura Verónica González explicó está muy reflejado en la cultura tlaxcalteca: creencias, vestimenta, artesanías… “Solo basta analizar muy bien para identificar que en Tlaxcala muchas de esas manifestaciones artísticas, culturales, tradicionales, descansan sobre una base biológica”. 

Afirmó que hoy el cambio climático está afectando todas las expresiones culturales, incluso las que dan identidad a nuestro país. “Estamos hablando del tequila, del maguey, del chile que dicen que ya no es chile nacional, sino que es chino. Los tulares ya casi no existen, que es de donde sale la materia prima para hacer petates”.

El cambio climático también está afectando a los monumentos, a las iglesias, todo lo que tiene que ver con la conservación de fachadas. También el hábitat de las luciérnagas. Entonces, “toda esa parte que tiene que ver incluso con la memoria, se está agotando”. Y nosotros ahorita –recalcó- solo ponemos atención a Nanacamilpa, pero sus recuerdos de niñez le susurran que en Zacateco también había “muchísimas” luciérnagas y la gente se las untaba en la ropa para que fuera fosforescente en la noche, lo que “no era muy ético” desde el punto de vista de la conservación

Hoy –remarco la activista- se está dando paso a esa explotación de recursos mediante la actividad turística. pero cuando un gestor cultural presenta en las áreas de cultura un proyecto de este tipo, “no les interesa, no siquiera hay voluntad. Es muy preocupante”.

Y se detuvo en cifras impactantes: en 2023 se reportó una pérdida del 70 por ciento del territorio estatal de vegetación, lo que se suma al reporte en 2015 de un crecimiento poblacional igualmente del 70 por ciento. “Estamos hablando que en los últimos 10 años Tlaxcala perdió el 78 por ciento de sus bosques templados, catástrofe registrada en el Atlas de Bosques de Tlaxcala.

González Sartillo habló de la muy insuficiente educación ambiental que se imparte en Tlaxcala, sobre todo en el sector educativo, tema a su juicio débilmente tratado en los nuevos libros de texto de primaria. Otro libro, “La diversidad biocultural de Tlaxcala”, en su opinión está escrito para que “cumpla ciertos criterios”, pero para el título que lleva, “como que está un poco desfasado (…) Contiene muchos temas diversos que son rescatados, que no se pudieron publicar en Etnografía de México, de publicaciones de hace 8 años o 10 años, si no es que más. Además, muchos son trabajos académicos de recién ingresados. Entonces realmente no es un trabajo que vaya hacia esos índices del 100 por ciento”.

El pelo en la sopa: Verónica González recordó que en el 2019 se hizo un estudio en el que uno de los investigadores, uno de nuestros referentes teóricos, Víctor Manuel Toledo, quien hablaba de que había 160 conflictos registrados, todos documentados en periódicos. “Y decía que Tlaxcala era un paraíso porque nosotros no teníamos problemas relacionados con medio ambiente”. Al intentar corroborar la veracidad de esa afirmación, la especialista encontró noticias ya publicadas en periódicos sobre “que habían ido a adentrar tambos con material radiactivo en la Laguna de Atlangatepec. Y eso nada más es un ejemplo, pero todo esto se ha hecho más grave. No nada más lo que tiene que ver con variaciones climáticas, que son hasta cierto punto más atribuibles a los fenómenos atmosféricos, climatológicos y demás, sino están las que nosotros nos provocamos. Tenemos incendios, están las plagas, extracción de especies…”.

Otro grano: hay casos, reporta la especialista, sobre la llegada de “investigadores” a las comunidades, quienes extraen información específica los pobladores, abandonan la zona y la gente no vuelve a saber de ellos. Así pasó en San Andrés Ahuashuatepec, de donde “se llevaron un mapa croquis de San Andrés Ahuashuatepec, que era de un descendiente directo de Hernán Cortés. Llegó un americano, se lo mostraron, se los pidió prestado para fotografiarlo, para digitalizarlo… y ya no regresó. A otra población llegó otro ‘investigador’, obtuvo información sobre los usos de las plantas medicinales y ya no regresó. Llegó también un reportero de una revista de México, no tan desconocido, que resulta que se llevó la información y dijeron que por lo menos les iban a llevar un ejemplar. Jamás lo hicieron”. 

Subrayó la necesidad de no olvidar que cada animal, cada especie, cada plata, lugares, las barrancas, todos ellos tienen un nombre que es una expresión lingüística que corresponde a un uso simbólico, cultural, religioso, tradicional, todo ello. “Luisa Maffi dice que si se pierde la biodiversidad, se pierde más que una lengua”.

Todo eso debe tener –recalcó la lingüista- un acercamiento no solamente a nivel nacional, estatal o regional, sino con tratados internacionales y con las leyes mexicanas que, “se supone, deberían cobijar y proteger no solamente el patrimonio cultural, sino la vida misma. Estamos hablando de los derechos”.

La biocultura en México tiene sustento en varios documentos: 13 leyes mexicanas, 14 convenios y tratados internacionales, así como ocho programas que podían atender toda la problemática relacionada al medio ambiente, pero también tienen que ver con la concentración de esa cultura material o inmaterial que descansa sobre esa base biológica (…). Los conocimientos tradicionales –abundó- deben protegerse por razones jurídicas, culturales, económicas, políticas ambientales y de justicia. “En el ámbito de la conservación nosotros decimos: patrimonio que no es conocido, no es valorado”.

Una persona presente entre el público denunció que en San Simeón Xipetzinco, municipio de Hueyotlipan, “hace unos días el presidente municipal anunció que en un cerro reforestado no hace muchos años, por lo que es un pulmón, se construiría un cuartel de la Guardia Nacional. Se van a donar 7.5 kilómetros a la Guardia Nacional. Entonces la comunidad pegó el grito de ¡nada!, ¡nada!, ¿con permiso de quién? Por supuesto que somos parte de la comunidad y del pueblo, pero la ley de seguridad es completamente distinta, ahí está en el conocimiento de las leyes. Nos pueden sorprender y nos pueden seguir imponiendo muchas cosas si no conocemos nuestras propias leyes”. 

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