Malditos poetas

Bohemia clandestina

París, finales del siglo XIX. Entre el humo del opio y las cenizas de una sociedad en crisis, nació un movimiento que escandalizó al mundo. Siete poetas disruptivos decidieron que la belleza ya no era suficiente. No buscaban la luz, sino la verdad en la decadencia. Era necesario el caos. 

PAUL VERLAINE (1844-1896)

Su estilo fue la música, antes que nada. Lo impreciso y líquido. No quería tallar el mármol, sino empañar el cristal.

Fue el hombre que convirtió la melancolía en arte puro. Fue él quien acuñó el término “poetas malditos”, incluyéndose a sí mismo bajo el seudónimo Pauvre Lelian. Su vida fue un torbellino de alcohol y pasión que culminó cuando le disparó al joven Rimbaud en un arrebato de amor y celos, entre la ebriedad.

Vivió como un péndulo, un día el lupanar y misa al siguiente día. Lo llamaron “el príncipe de los poetas”, pero vivió como una rata en las alcantarillas de Montmartre. En sus palabras diría: “soy el padre de la canción moderna, aunque yo me muera de hambre, ¡y aun así me eligieron príncipe! ¡Qué vergüenza para la corona!”. 

LLORA MI CORAZÓN

Llora en mi corazón

como llueve sobre la ciudad;

¿qué es este desaliento

que nubla mi razón?

¡Oh, dulce rumor de la lluvia

inunda el suelo y los tejados!

acaricia corazones mal amados

¡oh, canto de la lluvia!

Llora sin razón alguna

mi corazón que yace sin fortuna       

¿Acaso no es traición?

Es este un duelo sin motivo.

Como sentir mi alma ajena

sin haber razón,

sin amor, sin odio, sin olvido

tiene mi corazón tanta pena!

ARTHUR RIMBAUD (1854-1891)

El niño vidente, indómito rebelde, escribió toda su obra maestra entre los 15 y 19 años de edad, rompiendo todas las reglas métricas, convencido de que un poeta debía someterse a todo sufrimiento y vivir al límite para extraer la esencia de la existencia. Sólo así un poeta podría sentir lo que escribe y no ser un hipócrita.

Abandonó su casa, su aseo, su apariencia y tras abandonar también la poesía, se convirtió en traficante de armas en África.

Fue el amante que atormentó a Verlaine, quien lo describió como un ángel en el exilio. En sus palabras diría, “maté la poesía antigua y le abrí la puerta al surrealismo, a la libertad absoluta. Sin embargo, a mí hasta la libertad me aburre”. 

SENSACIÓN

En las azules tardes de verano,

los senderos serán mi camino,

acariciado por el trigo, 

pisando el césped fino.

Soñador,

sentiré en mis pies su frescura,

y dejaré que el viento 

envuelva mi cabeza desnuda.

No diré nada,

pondré mi mente en calma,

pero un amor infinito

habrá de llenarme el alma.

Y me iré muy lejos, vagando,

y nada he de poseer.

Por la naturaleza, feliz, 

como acompañado por una mujer.

TRISTÁN CORBIÈRE (1845 – 1875)

Su estilo fue áspero, irónico y marino. Sus versos huelen a sal y a desprecio por la norma.

Se dice que paseaba por Roma, disfrazado de obispo y que solía dormir en un ataúd para burlarse de la muerte que lo acechaba. Murió de tuberculosis a los 29 años de edad. Su estilo fue la carcajada, pero una carcajada que sangra pinchada por el sarcasmo.

Rompió la sintaxis y fue el primer poeta que se burló del poeta. En sus palabras diría: “Soy el poeta pobre, el poeta feo. Nací enfermo porque me criaron para morir joven, y para reírme de lo que los poetas se toman en serio”.

EPITAFIO

Ni fue algo,

ni fue nada.

Un guerrero valiente,

pero sin espada.

Su vida un descuido,

una broma pesada.

Tuvo de todo,

pero jamás tuvo nada.

Llenóse de sueños

y vivió aburrido.

Un alma en pena, 

un cuerpo dormido.

Buscó la luz,

pero encontró la sombra.

Y ahora es un solo nombre

que ya nadie nombra.

Él mismo fue demasiado

como para ser alguien,

y demasiado alguien

como para ser él mismo.

Aquí por fin descansa,

caballero sin lanza,

muerto de nada y todo,

sin esperanza

STEPHEN MALLARMÉ (1842 – 1898)

Otro poeta francés de estilo hermético y absoluto. Buscaba la “página blanca” y la perfección del símbolo. Su modo de vida fue el más aburrido de todos, por lo tanto el más revolucionario.

Fue profesor de inglés, en medio de la rutina de cada día, (9:12) pero dedicaba la noche a lo sagrado, la literatura. Sus famosas “tertulias de los martes”, en su casa de la calle Roma, se convertían en un refugio secreto donde se dictaban las leyes de la nueva poesía francesa. En sus palabras diría, “escribí al azar, como un tiro de dados, donde el espacio en blanco es tan importante como la tinta. Y debe ser al azar, porque la poesía no está en lo que se dice, sino en el silencio que deja”.

BRISA MARINA

Triste y banal es la carne.

¡Ay! y ya he leído de todo.

¡Huir! ¡huir hacia afuera!

Siento a las aves ebrias

de andar entre espumas y nubes viajeras.

Nada,

ni los bellos jardines que reflejan mis ojos, 

podrán lograr que mi corazón encuentre cura.

¡Oh, noches!        

ni la luz de mi linterna

sobre el pálido papel que aviva su blancura,

ni la joven nodriza que amamanta a su criatura. 

¡Partid! nave que mástiles agitas en danzas.

Leva tus anclas hacia otros lejanos suelos, 

cansado y desolado de crueles esperanzas.

¡Aún espera despedidas, sacudiendo pañuelos!

Y quizá los mástiles tormentas desafían,

mas jamás a tierra fértil con las velas rotas llegarían.

Perdido ya sin mástiles, ni velas, ni maderos.

Pero, oh corazón mío, 

escucha el aguerrido canto de los marineros

MARCELINE DE BOURG DE BORDEAUX (1786 – 1859)

Poeta francesa de estilo emotivo y auténtico, fue la única mujer que Verlaine consideró “maldita” por su pureza frente a una sociedad hostil. La llamaban “musa”, pero las musas no tienen hambre y ella tuvo que trabajar desde pequeña.

Autodidacta y cantante, su influencia fue tan grande que incluso Baudelaire y Verlaine admitieron haber aprendido mucho de su música natural.

En sus palabras diría, “mi modo de vida fue llenarme de cosas como el escenario, los viajes, el amor desgraciado y la muerte de mis hijos… Una tras otra. Las enterré casi a todas”.

¡ADIÓS!

¡Adiós mis fieles amores!

¡adiós encantos de mi vida!

a nuestra felicidad la siguen dolores, 

y hemos pagado muy caro

escasos días de alegría.

No turba nuestra alma el remordimiento; 

y yo tan fiel como tú en mis clamores,

por el goce de una llama de pasiones, 

no cambiaría mi sufrimiento.

De día, aparto tu imagen de mi mente, 

mis recuerdos y deseos con tristeza,

mas soporto mi suerte; y con firmeza me digo: 

¡ya no vendrá!, lamentablemente.

Por la noche, el dolor y ternura se mantiene, 

olvidando que en nosotros no hay futuro,

aunque sé que esperarte no es seguro, 

yo me digo: ¡sí, ya viene!…

Pasan horas transcurriendo su tardanza, 

mas yo no acuso a ese amante tan perfecto,

de mis ojos brota llanto de esperanza, 

y me digo: ¡ha hecho lo correcto!

Sí, yo renuncio a alcanzar la dicha algún día,

al que espera le persiguen los dolores:

¡adiós, encanto de mi vida!

¡adiós, mis fieles amores!

VILLIERS DE L’ISLE-ADAM (1838 – 1889)

idealista y aristocrático, pero pensaba que la burguesía era un error de imprenta. Sus relatos mezclan el terror, la ciencia ficción y el desprecio por el materialismo.

De linaje noble, pero sumido en la pobreza extrema, solía decir: “¿Vivir? ¡Que nuestros criados lo hagan por nosotros!”. 

En sus palabras diría: “Dios nos abandonó y por ello he creado a la mujer artificial, la Eva Futura, pues vivimos en una simulación estúpida dirigida por idiotas. Mis cuentos son lo único real, lo demás es el mundo”.

LA DECLARACIÓN

He perdido el bosque y el campo,

y los frescos abriles de otros tiempos. 

Entrega tus labios, aliento y encanto

¡Será la respiración de las arboledas! 

He perdido el mar sombrío, sus olas, su luto.

Dime lo que sea, cual susurro de altas olas. 

Invadido de tristeza, completamente a solas.

Imagino hallando soles en el cielo impoluto.

Oh, ocúltame en tu pálido seno.

Será que inmerso estoy en un crepúsculo absoluto.

CHARLES BAUDELAIRE (1821 – 1867)

El arquitecto de la modernidad y autor de las flores del mal. Buscó la provocación lírica, tomó lo grotesco, lo urbano, el arrabal y la carroña en el arroyo, luego lo elevó hasta el cielo con una rima perfecta.

Fue el primero en ver la belleza en el mal, en el vino, en el opio y en el aburrimiento. Su libro fue censurado en 1857 por ofensa a la moral pública.

Murió sin saber que su búsqueda de la belleza en lo horrendo cambiaría el mundo para siempre. En sus palabras diría: “Mi obra fue un escándalo. Me condenaron por ultraje a la moral pública. Pero miren ahora, todos llevan mi esqueleto en el bolsillo”. 

SPLEEN III

(Del libro Las flores del mal) 

Soy el impotente rey de aquel país lluvioso.

Acaudalado y opulento, joven pero achacoso. 

El que desprecia los halagos de sus tristes concejales.

Con sus perros se hace aburre, y con el resto de animales.

¡Nada le complace!, ni cazar, ni presumir su halcón, 

ni ver morir a su pueblo a los pies de su balcón.

La grotesca payasada de su caricato favorito, 

no conmueve ni divierte a este enfermo maldito.

Sarcófago parece el lecho donde duerme, 

y las damas más hermosas ya no logran distraerle.

No saben cómo hallar algún vestido indiscreto, 

que lograse una mirada de ese joven esqueleto.

El sabio que administra su riqueza, 

no ha logrado emocionar el ego

de ese joven seco y desgraciado.

Ni las leyendas de sangrientos actos de romanos,

que sirven de alegría de los viejos soberanos.

Reavivar ese cadáver, tampoco han podido,

pues tienen vez de sangre, agua verde, de podrido

Juntos hemos hecho un viaje por el tiempo, por aquellos barrios clásicos de la Francia del siglo XIX.

Abordar temas sobre la libertad en la juventud, la subjetividad absoluta o la estética de lo feo, hoy puede parecernos bastante normal. Porque esa disrupción se dio hace 150 años, y fue un escándalo para la gente de aquella época, acostumbrada a escuchar poesía centrada en el recato, valores elevados, exaltación de la belleza y una naturaleza perfecta. Pero sin ellos, los malditos, la poesía contemporánea no sería la que hoy conocemos.

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