Piedra de Toque

A mediados de los años 80, el director de cine James Cameron fue acusado de plagio por el guion de la película Terminator. Tras una reclamación de Harlan Ellison, el estudio llegó a un acuerdo con el escritor y debió indemnizarlo económicamente e incluir en los créditos una línea de reconocimiento a su obra.

Pero ¿y si esa no fuera la única ocasión en que Cameron se “inspiró” en la obra de otro autor sin darle crédito?

“Call Me Joe”, un relato de Poul Anderson publicado en Astounding Science Fiction en 1957, tiene similitudes fundamentales con Avatar. En ambas historias, un hombre parapléjico utiliza una máquina para conectar su mente con un ser alienígena creado artificialmente, al que controla a distancia mediante un vínculo telepático. Y ¿adivinen de qué color es el cuerpo del alienígena? Exacto: azul.

Cameron nunca ha reconocido que exista una relación entre el cuento de Anderson y el argumento de Avatar. Por el contrario, ha sostenido que el guion es original y que comenzó a concebirlo en 1995. El problema es que “Call Me Joe” se publicó en 1957 y es uno de los relatos más conocidos de Poul Anderson, un autor muy importante dentro de la ciencia ficción. Por eso, es difícil creer que Cameron no lo conociera. Además, las similitudes parecen demasiado evidentes para atribuirlas simplemente a una “mera casualidad”.

LLÁMAME JOE

Poul Anderson

El viento irrumpió aullando desde la oscuridad del este, empujando ante sí un latigazo de polvo de amoníaco. En pocos minutos, Edward Anglesey quedó cegado.

Clavó sus cuatro patas en los fragmentos quebrados que formaban el suelo, se encogió y buscó a tientas su pequeño horno de fundición. El viento era un fagot enloquecido dentro de su cráneo. Algo le azotó la espalda y le abrió una herida: un árbol arrancado de raíz y escupido a ciento sesenta kilómetros de distancia. Muy por encima de él, donde las nubes hervían en la noche, restalló un rayo.

Como si respondiera, el trueno resonó en las montañas de hielo, una llamarada roja saltó por los aires y toda una ladera se desplomó con estruendo sobre el valle. La tierra se estremeció.

Una explosión de sodio, pensó Anglesey entre aquel tamborileo ensordecedor.

El fuego y los relámpagos le dieron luz suficiente para encontrar sus aparatos. Recogió las herramientas con sus manos musculosas, sujetó la canaleta con la cola y se abrió paso a golpes hasta el túnel que conducía a su refugio.

Las paredes y el techo eran de agua, congelada por la lejanía del Sol y comprimida por las toneladas de atmósfera que pesaban sobre cada centímetro cuadrado. Un pequeño respiradero ventilaba la única habitación, iluminada tenuemente por una lámpara de aceite de árbol que ardía en hidrógeno.

Anglesey dejó caer su cuerpo azul pizarra sobre el suelo, jadeando. No tenía sentido maldecir la tormenta. Aquellos vendavales de amoníaco solían levantarse al atardecer y no quedaba más remedio que esperar a que pasaran. De todos modos, estaba cansado.

Amanecería dentro de unas cinco horas. Había esperado fundir esa noche la cabeza de un hacha, la primera que fabricaba, pero quizá fuera mejor hacerlo a la luz del día.

Sacó de un estante el cuerpo de un decápodo y se comió la carne cruda, interrumpiendo la comida para beber largos tragos de metano líquido de una jarra. Las cosas mejorarían cuando tuviera herramientas apropiadas. Hasta entonces, había tenido que extraerlo todo penosamente y darle forma con los dientes, las garras, los carámbanos que encontraba por casualidad y los fragmentos odiosamente frágiles y quebradizos que quedaban de la nave espacial. Que le dieran unos años y viviría como debía vivir un hombre.

Suspiró, se estiró y se tendió a dormir.

A poco más de ciento ochenta mil kilómetros de allí, Edward Anglesey se quitó el casco.

* * *

Miró a su alrededor, parpadeando. Después de la superficie joviana, siempre le resultaba un poco irreal encontrarse otra vez allí, en el orden limpio y silencioso de la sala de control.

Le dolían los músculos, aunque no deberían dolerle. En realidad, no había estado luchando contra un vendaval de varios cientos de kilómetros por hora, sometido a una gravedad tres veces mayor que la terrestre y a una temperatura de 140 kelvin. Había permanecido allí, bajo la atracción casi inexistente de Júpiter V, respirando una mezcla de oxígeno y nitrógeno. Era Joe quien vivía allá abajo y llenaba sus pulmones de hidrógeno y helio a una presión que todavía solo podía calcularse de manera aproximada, porque destrozaba los barómetros aneroides y trastornaba los instrumentos piezoeléctricos.

Aun así, sentía el cuerpo molido y exhausto. Tensión, sin duda: un efecto psicosomático. Después de todo, llevaba ya muchas horas siendo, en cierto modo, Joe, y Joe había estado trabajando duro.

Sin el casco, Anglesey solo conservaba un tenue vínculo de identificación. El proyector psi seguía sintonizado con el cerebro de Joe, pero ya no estaba enfocado en el suyo. En algún rincón de la mente percibía la sensación indescriptible del sueño. De vez en cuando, formas o colores imprecisos flotaban en aquella suave oscuridad. ¿Sueños? No era imposible que el cerebro de Joe soñara un poco cuando la mente de Anglesey no lo utilizaba.

En el panel del proyector psi parpadeó una luz roja y un timbre gimió con terror electrónico. Anglesey maldijo. Sus dedos delgados bailaron sobre los controles de la silla; giró y salió disparado hacia la hilera de indicadores. Sí, allí estaba: ¡el tubo K volvía a oscilar! El circuito se quemó. Arrancó la placa frontal con una mano mientras rebuscaba en un cajón con la otra.

Sentía cómo se desvanecía en su mente el contacto con Joe. Si llegaba a perderlo por completo, no estaba seguro de poder recuperarlo. Y Joe representaba una inversión de varios millones de dólares y muchos años de trabajo altamente especializado.

Anglesey arrancó de su soporte el tubo K defectuoso y lo arrojó al suelo. El vidrio estalló. Eso alivió un poco su mal humor, lo suficiente para encontrar un repuesto, instalarlo y conectar de nuevo la corriente. A medida que la máquina se calentaba y volvía a amplificar, la presencia de Joe se intensificó en los callejones más recónditos de su cerebro.

Luego, el hombre de la silla de ruedas eléctrica salió lentamente de la sala y se internó en el pasillo. Que otro barriera los restos del tubo. A la mierda. A la mierda con todos.

* * *

Jan Cornelius nunca se había alejado de la Tierra más allá de algún cómodo centro vacacional de la Luna. Le irritaba sobremanera que la Corporación Psiónica lo hubiera elegido para un exilio de trece meses. El hecho de que conociera los proyectores psi y sus caprichosas entrañas tan bien como cualquier otro ser humano no era excusa. ¿Por qué enviar a alguien? ¿A quién le importaba?

Era evidente que a la Autoridad Científica de la Federación sí le importaba. Al parecer, había entregado a aquellos ermitaños barbudos un cheque en blanco con cargo a los contribuyentes.

Así refunfuñó Cornelius para sus adentros durante toda la larga trayectoria hiperbólica hasta Júpiter. Luego, las aceleraciones cambiantes de la aproximación al diminuto satélite interior lo dejaron demasiado maltrecho para seguir quejándose.

Y cuando por fin, poco antes de desembarcar, subió al invernadero para contemplar Júpiter, no dijo una palabra. Nadie lo hacía la primera vez.

Arne Viken aguardó pacientemente mientras Cornelius contemplaba el planeta. A mí todavía me afecta, recordó. Me atenaza la garganta. A veces me da miedo mirar.

Por fin, Cornelius se volvió. Él mismo tenía un aspecto vagamente joviano: era un hombre corpulento, de vientre imponente.

—No tenía idea —susurró—. Nunca imaginé… Había visto fotografías, pero…

Viken asintió.

—Exacto, doctor Cornelius. Las fotos no le hacen justicia.

Desde allí podían ver la oscura y accidentada superficie rocosa del satélite, que se extendía un corto trecho más allá de la pista de aterrizaje y luego terminaba abruptamente en un precipicio. Aquella luna apenas parecía una plataforma, alrededor de la cual desfilaban las frías constelaciones. Júpiter ocupaba una quinta parte del cielo, de un suave color ámbar, surcado por franjas de colores y moteado por las sombras de lunas del tamaño de planetas y por remolinos tan anchos como la Tierra. Si hubiera existido una gravedad apreciable, Cornelius habría creído instintivamente que el enorme planeta se desplomaba sobre él. En cambio, sentía que algo lo succionaba hacia arriba; todavía le dolían las manos por haberse aferrado a una baranda.

—¿Vive aquí… completamente solo… con eso? —dijo con un hilo de voz.

—Bueno, somos unos cincuenta en total y nos llevamos bastante bien —dijo Viken—. No es tan malo. Uno firma contratos de cuatro ciclos, es decir, cuatro llegadas de naves. Y, aunque no lo crea, doctor Cornelius, este es mi tercer período de servicio.

El recién llegado se abstuvo de seguir indagando. Había algo difícil de comprender en los hombres de Júpiter V. Casi todos llevaban barba, aunque por lo demás cuidaban su aspecto; resultaba extraño y casi onírico observar sus movimientos bajo aquella gravedad reducida; dosificaban la conversación, como si quisieran hacerla durar durante el año y el mes que separaban una nave de la siguiente. ¿Su existencia monástica los había transformado, o aceptaban lo que equivalía a votos de pobreza, castidad y obediencia porque nunca se habían sentido del todo en casa en la verde Tierra?

¡Trece meses! Cornelius se estremeció. Sería una espera larga y fría, y el sueldo y las bonificaciones que iba acumulando le servían de escaso consuelo a setecientos setenta millones de kilómetros del Sol.

—Es un lugar maravilloso para investigar —continuó Viken—. Con todas las instalaciones, colegas cuidadosamente seleccionados, sin distracciones… y, claro está… —Señaló el planeta con el pulgar y se volvió para salir.

Cornelius lo siguió, balanceándose con torpeza.

—Sin duda es muy interesante —resopló—. Fascinante. Pero, en serio, doctor Viken, arrastrarme hasta aquí y hacerme pasar más de un año esperando la próxima nave para realizar un trabajo que quizá me lleve apenas unas semanas…

—¿Está seguro de que es tan sencillo? —preguntó Viken con suavidad. Volvió el rostro hacia él y algo en sus ojos hizo callar a Cornelius—. Después de todo el tiempo que llevo aquí, todavía no he encontrado ningún problema, por complicado que fuera, que no se volviera aún más complicado cuando uno lo examinaba de la manera correcta.

Atravesaron la esclusa de la nave y el tubo que la conectaba con la entrada de la estación. Casi todo se encontraba bajo tierra. Las habitaciones, los laboratorios y hasta los pasillos eran bastante lujosos. ¡En la sala común había incluso una chimenea con fuego verdadero! Solo Dios sabía cuánto costaba aquello.

Al pensar en el inmenso y gélido vacío donde moraba el planeta rey, y en su propia condena de un año, Cornelius decidió que esos lujos eran, en realidad, necesidades biológicas.

Viken le mostró la habitación agradablemente amueblada que le habían asignado.

—Pronto traeremos su equipaje y descargaremos sus equipos psiónicos. Ahora mismo, todos están conversando con la tripulación de la nave o leyendo su correspondencia.

Cornelius asintió distraído y se sentó. La silla, como todos los muebles para baja gravedad, era apenas un armazón de patas finas como las de una araña, pero sostuvo cómodamente su corpulencia. Rebuscó en su túnica, con la esperanza de sobornar al otro hombre para que le hiciera compañía un rato más.

—¿Un puro? Traje algunos de Ámsterdam.

—Gracias. —Viken lo aceptó con una despreocupación decepcionante, cruzó sus largas y delgadas piernas y expulsó nubes grisáceas.

—Ah… ¿está usted al mando?

—No exactamente. Nadie lo está. Tenemos un administrador, el cocinero, que se ocupa del poco trabajo de esa clase que pueda surgir. No olvide que, por encima de cualquier otra cosa, esta es y será siempre una estación de investigación.

—Entonces, ¿cuál es su campo?

Viken frunció el entrecejo.

—No interrogue a los demás con tanta franqueza, doctor Cornelius —le advirtió—. Prefieren dosificar las novedades todo lo posible con cada recién llegado. Es un placer muy poco frecuente encontrarse con alguien cuyas reacciones imaginables todavía no conocen de memoria… No, no se disculpe conmigo. No tiene importancia. Soy físico y me especializo en el estado sólido bajo presiones extremadamente altas. —Señaló la pared—. ¡Ahí afuera hay muchísimo que observar!

—Entiendo. —Cornelius fumó en silencio durante un rato y luego añadió—: Se supone que soy el experto en psiónica, pero, francamente, todavía no tengo idea de por qué su máquina se comporta como indican los informes.

—¿Se refiere a que esos tubos K producen una salida estable en la Tierra?

—Y en la Luna, Marte, Venus… En todas partes, al parecer, menos aquí. —Cornelius se encogió de hombros—. Claro que los rayos psi siempre son caprichosos y a veces se produce una realimentación indeseada cuando… No. Primero reuniré los datos y después formularé una hipótesis. ¿Quiénes son sus operadores psi?

—Solo Anglesey, que ni siquiera es un operador psi con formación oficial. Empezó a dedicarse a ello después de quedar lisiado y demostró tal aptitud natural que, cuando se ofreció como voluntario, lo enviaron aquí. Es tan difícil conseguir personal para Júpiter V que no podemos ser exigentes con los títulos. De todos modos, Ed parece manejar a Joe tan bien como podría hacerlo alguien con un doctorado en psiónica.

—Ah, sí. Su pseudojoviano. También tendré que examinar con mucho cuidado ese aspecto —dijo Cornelius. A pesar de sí mismo, empezaba a interesarse—. Quizá el problema se deba a algún elemento de la bioquímica de Joe. ¿Quién sabe? Le revelaré un secreto celosamente guardado, doctor Viken: la psiónica no es una ciencia exacta.

—Tampoco la física. —El otro sonrió. Tras una pausa, añadió con mayor seriedad—: Mi rama, al menos. Espero convertirla en una ciencia exacta. Por eso estoy aquí. Es la razón por la que todos estamos aquí.

* * *

Edward Anglesey causaba cierta impresión la primera vez que se le veía. Era una cabeza, un par de brazos y una mirada azul de intensidad desconcertante. El resto de su cuerpo era un mero detalle, encerrado en una máquina con ruedas.

—Originalmente era biofísico —le había explicado Viken a Cornelius—. Cuando aún era joven, estudiaba las esporas atmosféricas en la Estación Tierra. Un accidente lo dejó destrozado y nada por debajo del pecho volverá a funcionar. Es irritable; hay que tratarlo con cuidado.

Sentado en un taburete diminuto en la sala de control del proyector psi, Cornelius comprendió que Viken había suavizado mucho la verdad.

Anglesey comía mientras hablaba, sin la menor elegancia, y dejaba que los tentáculos de la silla limpiaran lo que ensuciaba.

—No hay más remedio —explicó—. Este lugar absurdo se rige oficialmente por la hora terrestre, la de Greenwich. Júpiter no. Tengo que estar aquí cada vez que Joe despierta, listo para tomar el control.

—¿No podría turnarse con alguien? —preguntó Cornelius.

—¡Bah! —Anglesey ensartó un trozo de alimento proteico y lo agitó en dirección al otro hombre. Como era su lengua materna, podía escupir el inglés, el idioma común de la estación, con una ferocidad desmedida—. Mire. ¿Alguna vez ha practicado terapia psiónica? No me refiero solo a escuchar ni siquiera a comunicarse, sino a ejercer un verdadero control pedagógico.

—Yo no. Hace falta cierta aptitud natural, como la suya. —Cornelius sonrió. La pequeña frase aduladora pasó inadvertida para el rostro marcado que tenía enfrente—. Supongo que se refiere a casos como, por ejemplo, reeducar el sistema nervioso de un niño con parálisis.

—Sí, sí. Un ejemplo muy bueno. ¿Alguien ha intentado suprimir la personalidad del niño, tomar totalmente el control en el sentido más literal?

—¡Buen Dios, no!

—¿Ni siquiera como experimento científico? —Anglesey sonrió—. ¿Nunca ha habido un operador que llevara el proyector psi al máximo e inundara el cerebro del niño con sus propios pensamientos? Vamos, Cornelius, no voy a delatarlo.

—Bueno… No es mi especialidad, entiéndame. —El psionicista apartó cuidadosamente la mirada, encontró la esfera inexpresiva de un medidor y clavó los ojos en ella—. He oído algo sobre… Bueno, sí, en ciertos casos patológicos se intentó forzar la entrada… destruir las ideas delirantes del paciente por la fuerza bruta…

—Y no funcionó —dijo Anglesey. Rio—. No puede funcionar, ni siquiera con un niño, y mucho menos con un adulto de personalidad plenamente desarrollada. Hizo falta una década de perfeccionamiento antes de depurar la máquina hasta el punto de que un psiquiatra pudiera siquiera “escuchar” sin que la diferencia normal entre su patrón de pensamiento y el del paciente produjera una interferencia que confundiera precisamente aquello que quería estudiar. La máquina tiene que compensar automáticamente las diferencias entre individuos. Todavía no podemos superar las diferencias entre especies.

Si alguien está dispuesto a cooperar, uno puede guiar sus pensamientos con mucha delicadeza. Y nada más. Si intenta apoderarse de otro cerebro, un cerebro con su propio caudal de experiencias y su propio ego, se arriesga a perder la cordura. El otro cerebro se defenderá por instinto. Una personalidad humana plenamente desarrollada, madura y endurecida es demasiado compleja para someterla desde el exterior. Posee demasiados recursos, demasiado infierno que el subconsciente puede desatar en su defensa si su integridad se ve amenazada. ¡Demonios, no podemos dominar ni siquiera nuestra propia mente, mucho menos la de otra persona!

La diatriba de Anglesey, pronunciada con aquella voz cascada, cesó de pronto. Se quedó meditando frente al panel de instrumentos, tamborileando sobre la consola de su madre mecánica.

* * *

—¿Y bien? —dijo Cornelius al cabo de un rato.

Quizá no debería haber hablado, pero le resultaba difícil permanecer callado. Había demasiado silencio: casi ochocientos millones de kilómetros entre aquel lugar y el Sol. Si uno cerraba la boca durante cinco minutos, el silencio empezaba a infiltrarse como la niebla.

—Bien —se burló Anglesey—. Nuestro pseudojoviano, Joe, tiene un cerebro físicamente adulto. Solo puedo controlarlo porque su cerebro nunca ha tenido la oportunidad de desarrollar un ego propio. Yo soy Joe. Desde el momento en que “nació” a la conciencia, yo he estado allí. El rayo psi me transmite todos sus datos sensoriales y le devuelve mis impulsos motrices. Aun así, posee ese cerebro excelente, y sus células registran cada huella de la experiencia, igual que las de usted y las mías. Sus sinapsis han adoptado la topografía que constituye mi “patrón de personalidad”.

Cualquiera que intentara controlarlo en mi lugar descubriría que es como tratar de expulsarme de mi propio cerebro. Sería imposible. Sin duda solo posee un conjunto rudimentario de recuerdos de Anglesey —por ejemplo, yo no recito teoremas trigonométricos mientras lo controlo—, pero tiene lo suficiente para convertirse, en potencia, en una personalidad independiente.

De hecho, cada vez que despierta —suele haber una demora de unos minutos, mientras percibo el cambio mediante mis facultades psi normales y ajusto el casco amplificador— tengo que librar una pequeña lucha. Siento casi una… una resistencia… hasta que logro poner sus corrientes mentales completamente en fase con las mías. El simple hecho de soñar le ha proporcionado una experiencia lo bastante diferente como para…

Anglesey no se molestó en concluir la frase.

—Entiendo —murmuró Cornelius—. Sí, está bastante claro. De hecho, es asombroso que pueda mantener un contacto tan absoluto con un ser de metabolismo tan ajeno.

—Y no podré mantenerlo por mucho tiempo —dijo sarcásticamente el operador psi—, a menos que usted logre corregir lo que sea que está quemando esos tubos K. No tengo repuestos ilimitados.

—Tengo algunas hipótesis de trabajo —dijo Cornelius—, pero se sabe tan poco de la transmisión del rayo psi… ¿Su velocidad es infinita o simplemente muy grande? ¿La intensidad del rayo es realmente independiente de la distancia? ¿Qué hay de los posibles efectos de la transmisión… oh, a través de la materia degenerada del núcleo joviano? ¡Dios mío, un planeta donde el agua es un mineral pesado y el hidrógeno un metal! ¿Qué sabemos?

—Se supone que debemos averiguarlo —replicó Anglesey—. Para eso existe todo este proyecto. Conocimiento. ¡Patrañas! —Estuvo a punto de escupir en el suelo—. Por lo visto, ni siquiera conseguimos que la gente entienda lo poco que hemos aprendido. El hidrógeno sigue siendo gaseoso donde vive Joe. Tendría que cavar varios kilómetros para alcanzar la fase sólida. ¡Y esperan que haga un análisis científico de las condiciones jovianas!

Cornelius esperó a que terminara, dejando que Anglesey despotricara mientras él daba vueltas al problema de las oscilaciones del tubo K.

—En la Tierra no entienden. Ni siquiera aquí entienden. A veces pienso que se niegan a hacerlo. Joe está allá abajo con poco más que las manos desnudas. Él, yo, nosotros empezamos sin saber mucho más que esto: probablemente podía alimentarse de las formas de vida locales. Tiene que pasar casi todo el tiempo cazando. Es un milagro que haya avanzado tanto en estas pocas semanas: construyó un refugio, se familiarizó con la región inmediata y se inició en la metalurgia, la hidrurgia o como quiera llamarla. ¿Qué más quieren que haga, por todos los demonios?

—Claro, claro —murmuró Cornelius—. Sí, yo…

Anglesey alzó el rostro blanco y huesudo. Una especie de velo le cubrió los ojos.

—¿Qué…? —empezó a decir Cornelius.

—¡Cállese! —Anglesey hizo girar la silla, buscó el casco y se lo puso—. Joe está despertando. Salga de aquí.

—Pero si solo me permite trabajar mientras duerme, ¿cómo voy a…?

Anglesey gruñó y le arrojó una llave. El tiro fue débil, incluso bajo aquella gravedad reducida. Cornelius retrocedió hacia la puerta. Anglesey estaba sintonizando el proyector psi. De pronto se estremeció.

—¡Cornelius!

—¿Qué ocurre? —El psionicista trató de regresar corriendo, calculó mal el impulso bajo aquella gravedad reducida y acabó hecho un ovillo contra el panel.

—Otra vez el tubo K. —Anglesey se arrancó el casco. Debía de ser un dolor infernal sentir un chillido mental que aumentaba sin control, amplificado dentro del propio cerebro, pero se limitó a decir—: Cámbielo. Rápido. Luego salga y déjeme solo. Joe no despertó por sí mismo. Algo se metió arrastrándose en el refugio. ¡Estoy en peligro allá abajo!

* * *

Había sido una jornada agotadora y Joe dormía profundamente. No despertó hasta que unas manos se cerraron alrededor de su garganta.

Por un instante solo conoció una oleada de pánico sofocante y enloquecido. Creyó estar de vuelta en la Estación Tierra, flotando en gravedad cero al extremo de un cable mientras mil estrellas heladas formaban un halo alrededor del planeta; creyó que la enorme viga de acero se había soltado de sus amarras y avanzaba hacia él, despacio, pero con toda la inercia de sus toneladas frías, girando y centelleando a la luz de la Tierra, y el único sonido eran sus propios gritos dentro del casco mientras intentaba soltarse del cable, la viga lo rozó con una suavidad casi imperceptible pero siguió avanzando y él avanzó con ella, quedó aplastado contra la pared de la estación, hundido en ella, su traje destrozado soltaba espuma al intentar cerrar sus propias heridas, había sangre mezclada con la espuma, su sangre… Joe rugió.

Con un movimiento espasmódico arrancó aquellas manos de su cuello y lanzó una forma oscura al otro lado del refugio. Golpeó la pared con estruendo y la lámpara cayó al suelo y se apagó.

Joe se quedó de pie en la oscuridad, respirando con esfuerzo, vagamente consciente de que mientras dormía el viento había pasado de un aullido a un gruñido bajo.

La cosa que había arrojado lejos gimió de dolor y se arrastró junto a la pared. Joe buscó a tientas su garrote en la oscuridad absoluta.

Algo más arañaba. ¡El túnel! ¡Venían por el túnel! Joe avanzó a tientas para recibirlos. El corazón le golpeaba con fuerza y su nariz aspiró un hedor alienígena.

La criatura que surgió, justo cuando las manos de Joe se cerraban sobre ella, medía apenas la mitad que él, pero tenía seis patas provistas de garras monstruosas y un par de manos de tres dedos que buscaban sus ojos. Joe maldijo, la levantó mientras se retorcía y la estrelló contra el suelo. La criatura chilló y él oyó cómo se astillaban sus huesos.

—¡Vengan, entonces! —Joe arqueó el lomo y les escupió, como un tigre amenazado por orugas gigantes.

Entraron en tropel por el túnel y llenaron la habitación. Una docena se había metido ya cuando Joe comenzó a luchar con una que se le había enroscado alrededor de los hombros y aferraba su cuerpo sinuoso con las garras. Las demás tiraban de sus patas e intentaban treparle por la espalda. Joe atacó con sus propias garras y con la cola, rodó por el suelo y desapareció bajo un montón de criaturas; luego volvió a ponerse de pie con todas ellas todavía aferradas a su cuerpo.

Se balancearon en la oscuridad. Aquella masa hirviente de patas golpeó la pared del refugio. La pared tembló, una viga se quebró y el techo se vino abajo. Anglesey quedó de pie en un hoyo, entre placas de hielo rotas, bajo la luz mortecina de Ganimedes, que se hundía en el horizonte.

Ahora podía ver que los monstruos eran negros y que sus cabezas tenían espacio para un cerebro: inferior al humano, pero probablemente superior al de un simio. Habría unos veinte. Salieron de debajo de los escombros y se abalanzaron sobre él con la misma malicia chillona.

¿Por qué?

Una reacción de mandril, pensó Anglesey en algún rincón de sí mismo. Ves al desconocido, temes al desconocido, odias al desconocido, matas al desconocido. Su pecho se alzó, bombeando aire por una garganta en carne viva. Agarró una viga entera, la partió por la mitad y blandió la madera dura como el hierro.

La criatura más cercana recibió un golpe que le aplastó el cráneo. A la siguiente le partió la espalda. Lanzó a la tercera, con las costillas destrozadas, contra una cuarta; ambas cayeron juntas. Joe empezó a reír. Aquello comenzaba a ser divertido.

—¡Yiii-ao! ¡Tiiigreee! —Corrió por el suelo helado hacia la manada. Las criaturas se dispersaron, aullando. Las persiguió hasta que la última desapareció en el bosque.

Jadeando, Joe contempló los cadáveres. Él sangraba, estaba dolorido, tenía frío y hambre y se había quedado sin refugio… pero ¡los había vencido! Sintió el impulso súbito de golpearse el pecho y aullar. Vaciló un momento. ¿Por qué no? Anglesey echó atrás la cabeza y aulló su victoria al disco opaco de Ganimedes.

Después se puso a trabajar. Primero debía encender una hoguera al abrigo de la nave espacial, que a esas alturas era poco más que una colina de corrosión. La manada de monstruos aullaba en la oscuridad, entre las irregularidades del terreno. No se había dado por vencida; volvería.

Arrancó el cuarto trasero de uno de los muertos y le dio un mordisco. Bastante sabroso. Mejor aún si lo cocinaba como correspondía. ¡Ja! ¡Habían cometido un grave error al llamar su atención sobre la existencia de su especie! Terminó de desayunar mientras Ganimedes desaparecía bajo las montañas de hielo del oeste. Pronto amanecería. El aire estaba casi inmóvil y una bandada de deslizadores celestes con forma de panqueque, como los llamaba Anglesey, pasó por encima, de un color cobrizo bruñido bajo las primeras franjas pálidas del alba.

Joe revolvió las ruinas del refugio hasta recuperar el equipo para fundir agua. No había sufrido daños. Esa era la primera tarea: derretir un poco de hielo y verterlo en los moldes de hacha, cuchillo, sierra y martillo que había preparado con tanto esfuerzo. En las condiciones jovianas, el metano era un líquido que se bebía y el agua, un mineral denso y duro. Serviría para fabricar buenas herramientas. Más adelante intentaría alearla con otros materiales.

Lo siguiente… Sí. ¡Al diablo con el refugio! Podía volver a dormir a la intemperie durante un tiempo. Fabricaría un arco, colocaría trampas y estaría preparado para masacrar a las orugas negras cuando atacaran de nuevo. No muy lejos había un abismo que descendía un largo trecho hacia el frío implacable de los estratos de hidrógeno metálico: una cámara frigorífica natural donde almacenar las varias semanas de carne que le proporcionarían sus enemigos. Eso le daría tiempo libre para… ¡para una barbaridad de cosas!

Joe rio, exultante, y se tendió para contemplar el amanecer.

Volvió a impresionarlo la belleza de aquel lugar. ¡Cómo emergía la pequeña y brillante chispa del Sol de los bancos de niebla del este, teñidos de púrpura oscuro y veteados de rosa y oro; cómo aumentaba la luz hasta que la gran bóveda hueca del cielo se convertía en un solo grito de resplandor; cómo se derramaba, cálida y viva, sobre una tierra vasta y hermosa, sobre más de dos millones y medio de kilómetros cuadrados de bosques bajos y susurrantes, lagos cuyas olas centelleaban y géiseres de hidrógeno coronados de plumas; y, sobre todo, cómo centelleaban las montañas de hielo del oeste como acero azulado!

Anglesey llenó sus pulmones con el salvaje viento de la mañana y gritó con alegría de niño.

* * *

—Yo no soy biólogo —dijo Viken con cautela—. Pero quizá por eso pueda ofrecerle mejor una visión general. Luego López o Matsumoto podrán responder cualquier pregunta específica.

—Excelente —asintió Cornelius—. ¿Por qué no supone que lo ignoro todo sobre este proyecto? No estaría muy lejos de la verdad.

—Si lo desea. —Viken rio.

Se encontraban en una oficina exterior de la sección de xenobiología. No había nadie más, porque los relojes de la estación marcaban las 17:30 GMT y solo había un turno de trabajo. No tenía sentido establecer más turnos hasta que la parte del proyecto a cargo de Anglesey empezara realmente a reunir datos cuantitativos.

El físico se inclinó y tomó un pisapapeles de un escritorio.

—Uno de los muchachos lo fabricó por diversión —dijo—, pero es un modelo bastante fiel de Joe. Joe mide cerca de un metro y medio hasta la cabeza.

Cornelius hizo girar entre las manos la figura de plástico. Había que imaginar algo parecido a un centauro felino, con una gruesa cola prensil. El torso era bajo, de brazos largos e inmensamente musculosos. La cabeza sin pelo era redonda, de nariz ancha, ojos grandes y hundidos y mandíbulas poderosas, pero el rostro resultaba bastante humano. El color general era gris azulado.

—Macho, por lo que veo —comentó.

—Por supuesto. Quizá no lo comprenda. Joe es el pseudojoviano completo: hasta donde sabemos, el modelo definitivo, con todos sus defectos corregidos. Es la respuesta a una pregunta científica que tardó cincuenta años en formularse. —Viken miró de reojo a Cornelius—. Se da cuenta de la importancia de su trabajo, ¿verdad?

—Haré todo lo posible —dijo el psionicista—. Pero supongamos que una falla de los tubos o algún otro problema hace que pierdan a Joe antes de que yo resuelva las oscilaciones. Tienen otros pseudos de reserva, ¿verdad?

—Sí —respondió Viken con aire sombrío—. Pero el costo… No disponemos de un presupuesto ilimitado. Gastamos muchísimo dinero porque, a esta distancia de la Tierra, hasta ponerse de pie y estornudar resulta caro. Y por esa misma razón nuestro margen es reducido.

Hundió las manos en los bolsillos y se dirigió encorvado hacia la puerta interior, la de los laboratorios, con la cabeza gacha y hablando con voz baja y apresurada.

—Quizá no comprende hasta qué punto Júpiter es un planeta de pesadilla. No solo por la gravedad superficial —poco menos de tres g, ¿qué importa eso? —, sino por el potencial gravitatorio, diez veces mayor que el de la Tierra. La temperatura. La presión… ¡Y, sobre todo, la atmósfera, las tormentas y la oscuridad!

» Cuando una nave espacial desciende a la superficie de Júpiter, se la controla por radio. Tiene fugas como un colador para igualar la presión, pero, por lo demás, es el modelo más resistente y potente jamás diseñado. Lleva todos los instrumentos, servomecanismos y dispositivos de seguridad que la mente humana ha concebido hasta ahora para proteger un millón de dólares en equipo de precisión.

» ¿Y qué sucede? La mitad de las naves ni siquiera llega a la superficie. Una tormenta las atrapa y las arroja lejos, chocan contra un fragmento flotante de Hielo VII —una versión pequeña de la Mancha Roja— o, se lo juro, ¡una bandada de seres semejantes a pájaros embiste la nave y le revienta el casco!

» En cuanto al cincuenta por ciento que aterriza, el viaje es de ida. Ni siquiera intentamos traerlas de vuelta. Si las tensiones del descenso no han soltado alguna pieza, la corrosión las ha condenado de todos modos. El hidrógeno a presiones jovianas produce efectos extraños en los metales.

» Costó unos cinco millones de dólares en total colocar a Joe, un solo pseudo, allá abajo. Cada pseudo posterior, si tenemos suerte, costará un par de millones más.

Viken abrió la puerta de una patada y pasó primero. Al otro lado había una gran sala de techo bajo, bañada por una luz fría y llena del murmullo de los ventiladores. A Cornelius le recordó un laboratorio de nucleónica; por un momento no supo por qué, hasta que reparó en la complejidad de los sistemas de control y observación remotos y en los muros que contenían fuerzas capaces de destruir la luna entera.

—Estos blindajes son necesarios a causa de la presión, por supuesto —dijo Viken, señalando una fila de ellos—. Y del frío. Y del propio hidrógeno, aunque ese es un riesgo menor. Aquí tenemos unidades que reproducen las condiciones de la… eh… estratosfera joviana. Aquí es donde empezó realmente el proyecto.

—He oído algo al respecto —asintió Cornelius—. ¿No recogieron esporas aéreas?

—Yo no. —Viken rio—. Lo hizo el equipo de Totti hace unos cincuenta años. Demostró que había vida en Júpiter: una vida que utiliza metano líquido como disolvente básico y amoníaco sólido como punto de partida para la síntesis de nitratos. Las plantas emplean energía solar para formar compuestos de carbono insaturados y liberan hidrógeno; los animales se comen las plantas y reducen de nuevo esos compuestos a su forma saturada. Incluso existe un equivalente de la combustión. Las reacciones involucran enzimas complejas y… bueno, eso queda fuera de mi especialidad.

—Entonces, conocen bien la bioquímica joviana.

—Oh, sí. Incluso en la época de Totti disponían de una tecnología biótica muy desarrollada. Ya se habían sintetizado bacterias terrestres y se conocía bastante bien la estructura de la mayoría de los genes. La única razón por la que llevó tanto tiempo describir los procesos vitales jovianos fue la dificultad técnica: las altas presiones y todo lo demás.

—¿Cuándo consiguieron echar un vistazo a la superficie de Júpiter?

—Gray lo logró hace unos treinta años. Hizo descender una nave de observación televisiva, que resistió el tiempo suficiente para transmitir una larga serie de imágenes. Desde entonces, la técnica ha mejorado. Sabemos que Júpiter rebosa de su propia y extraña forma de vida, probablemente más fecunda que la terrestre. Extrapolando a partir de los microorganismos aéreos, nuestro equipo realizó síntesis experimentales de metazoos y… —Viken suspiró—. Maldita sea, ¡si al menos hubiera vida nativa inteligente! Piense en lo que podrían contarnos, Cornelius, en los datos, en… Piense cuánto hemos avanzado desde Lavoisier con la química de baja presión de la Tierra. ¡Aquí tenemos la oportunidad de aprender una química y una física de alta presión igualmente ricas en posibilidades!

Al cabo de un momento, Cornelius murmuró furtivamente:

—¿Está seguro de que no hay jovianos?

—Claro que podría haber varios miles de millones —respondió Viken, encogiéndose de hombros—. Ciudades, imperios, lo que quiera. Júpiter tiene una superficie equivalente a la de cien Tierras y nosotros apenas hemos visto una docena de regiones pequeñas. Pero sabemos que no hay jovianos que utilicen la radio. Dada su atmósfera, es poco probable que llegaran a inventarla por sí mismos. ¡Imagine el grosor que tendría que tener un tubo de vacío y la potencia de la bomba necesaria! Al final se decidió que sería mejor fabricar nuestros propios jovianos.

Cornelius siguió a Viken por el laboratorio hasta otra sala. Estaba menos abarrotada y tenía un aspecto más acabado: el montaje improvisado del experimentador había dado paso a la segura precisión del ingeniero.

Viken se acercó a uno de los paneles murales y miró los indicadores.

—Ahí detrás hay otro pseudo —dijo—. Una hembra, en este caso. Se encuentra a una presión de doscientas atmósferas y a una temperatura de 194 grados absolutos. Hay un… un dispositivo umbilical, supongo que podríamos llamarlo así, para mantenerla con vida. Creció hasta la madurez en esta… etapa fetal. Diseñamos nuestros jovianos a partir del mamífero terrestre. Nunca ha sido consciente y no lo será hasta su “nacimiento”. Aquí tenemos veinte machos y sesenta hembras. Podemos contar con que la mitad llegue a la superficie. Se crearán más cuando sea necesario.

» Los pseudos no son tan costosos; lo caro es transportarlos. Por eso Joe está solo allá abajo hasta que estemos seguros de que su especie puede sobrevivir.

—Supongo que primero experimentaron con formas inferiores —dijo Cornelius.

—Por supuesto. Llevó veinte años, incluso con técnicas de catálisis forzada, pasar de una espora aérea artificial a Joe. Hemos empleado el rayo psi para controlar toda clase de seres, desde pseudoinsectos en adelante. El control entre especies es posible, ya sabe, si el sistema nervioso de la marioneta se diseña específicamente para ello y no se le da la oportunidad de adoptar un patrón diferente del operador psi.

—¿Y Joe es el primer espécimen que ha causado problemas?

—Sí.

—Descartemos una hipótesis. —Cornelius se sentó en un banco de trabajo, con las gruesas piernas colgando, y se pasó una mano por el escaso cabello rubio—. Pensaba que quizá algún efecto físico de Júpiter causaba el problema. Ahora parece que la dificultad está en el propio Joe.

—Todos sospechábamos algo así —dijo Viken. Encendió un cigarrillo y hundió las mejillas al aspirar el humo. Luego añadió con expresión sombría—: Es difícil comprender cómo. Los ingenieros bióticos me aseguran que Pseudocentaurus sapiens ha sido diseñado con más cuidado que cualquier producto de la evolución natural.

—¿Incluyendo su cerebro?

—Sí. Su diseño se basa directamente en el cerebro humano, para permitir el control mediante el rayo psi, pero incorpora algunas mejoras, entre ellas una mayor estabilidad.

—Pero siguen existiendo los aspectos psicológicos —dijo Cornelius—. A pesar de todos nuestros amplificadores y demás aparatos sofisticados, la psiónica sigue siendo esencialmente una rama de la psicología… o quizá sea al revés. Pensemos en las experiencias traumáticas. Supongo que el… feto joviano adulto sufre un viaje bastante duro al descender, ¿no?

—La nave —dijo Viken—. No el pseudo en sí, que va inmerso en un fluido, como nosotros antes de nacer.

—Aun así —dijo Cornelius—, las doscientas atmósferas de presión de aquí no son lo mismo que la presión inconcebible que existe allá abajo, en Júpiter. ¿Podría perjudicarlo el cambio?

Viken le dedicó una mirada de respeto.

—No es probable —respondió—. Ya le dije que las naves jovianas están diseñadas para tener fugas. La presión exterior se transmite de manera gradual al mecanismo uterino mediante una serie de diafragmas. El descenso tarda horas, como comprenderá.

—Bien, ¿qué sucede después? —prosiguió Cornelius—. La nave aterriza, el mecanismo uterino se abre, la conexión umbilical se desprende y Joe, por así decirlo, nace. Pero tiene un cerebro adulto. No lo protege del impacto de la conciencia súbita un cerebro infantil desarrollado solo a medias.

—Ya pensamos en eso —dijo Viken—. Anglesey estaba conectado al rayo psi, en fase con Joe, cuando la nave abandonó esta luna. De modo que, en realidad, no fue Joe quien salió ni quien percibió. Joe nunca ha sido mucho más que un manipulador biológico a distancia. Solo puede sufrir una conmoción mental en la medida en que Ed la sufra, ¡porque quien está allá abajo es Ed!

—Como quiera —dijo Cornelius—. Aun así, no planearon crear una raza de marionetas, ¿verdad?

—Oh, cielos, no —dijo Viken—. Eso está descartado por completo. Una vez que sepamos que Joe se ha establecido bien, traeremos a algunos operadores psi más y le daremos ayuda en forma de otros pseudos. Con el tiempo enviaremos hembras y machos sin controlar, para que los eduquen las marionetas. Una nueva generación nacerá de manera natural… En fin, el objetivo último es una pequeña civilización de jovianos. Habrá cazadores, mineros, artesanos, agricultores, amas de casa, de todo. Mantendrán a unos pocos miembros esenciales, una especie de sacerdocio. Y ese sacerdocio estará controlado mediante la psiónica, como Joe. Existirá exclusivamente para fabricar instrumentos, tomar mediciones, realizar experimentos ¡y decirnos lo que queremos saber!

Cornelius asintió. En términos generales, era el proyecto joviano tal como lo había entendido. Se daba cuenta de la importancia de su propio papel.

Solo que todavía no tenía la menor pista sobre la causa de aquella realimentación positiva en los tubos K.

¿Qué podía hacer al respecto?

* * *

Todavía tenía las manos magulladas. Oh, Dios, pensó con un gemido por centésima vez. ¿Tanto me afecta? Mientras Joe luchaba allá abajo, ¿de verdad golpeé con los puños el metal de aquí arriba?

Miró con ira contenida hacia el banco de trabajo donde estaba Cornelius, al otro lado de la sala. No soportaba a aquel gordo desaliñado, chupador de puros, que hablaba y hablaba sin parar. Casi había renunciado a mostrarse cortés con el gusano terrestre.

El psionicista dejó el destornillador y flexionó los dedos entumecidos.

—¡Uf! —Sonrió—. Voy a tomarme un descanso.

El proyector psi a medio montar formaba un fondo descarnado detrás del cuerpo ancho y fofo de Cornelius, acuclillado como un sapo sobre el banco. Anglesey detestaba la sola idea de compartir aquella habitación, aunque fuera unas horas al día. Últimamente exigía que le llevaran las comidas y las dejaran fuera de la puerta del dormitorio con baño contiguo. Hacía ya bastante tiempo que no salía de allí.

¿Y por qué habría de hacerlo?

—¿No podrías darte un poco de prisa? —le soltó Anglesey.

Cornelius enrojeció.

—Si hubiera tenido una máquina de repuesto ya montada, en lugar de un montón de piezas sueltas… —empezó. Se encogió de hombros, sacó la colilla de un puro y volvió a encenderla con cuidado. Sus reservas tenían que durar mucho tiempo.

Anglesey se preguntó si Cornelius expulsaba aquellas nubes apestosas con deliberada malicia. No me agradas, señor Cornelius, hombre de la Tierra, y sin duda el sentimiento es mutuo.

—No parecía necesario tener otra hasta que llegaran los demás operadores psi —dijo Anglesey con voz hosca—. Además, los instrumentos de prueba indican que esta máquina funciona perfectamente.

—Sin embargo —dijo Cornelius—, a intervalos irregulares entra en oscilaciones violentas que queman el tubo K. El problema es averiguar por qué. Te haré probar la máquina nueva en cuanto esté lista, pero, francamente, no creo que la causa sea una falla electrónica ni tampoco un fenómeno físico desconocido.

—Entonces, ¿dónde está el problema? —Anglesey se sintió más cómodo a medida que la conversación se volvía puramente técnica.

—Bien, mira. ¿Qué es exactamente el tubo K? Es el corazón del proyector psi. Amplifica tus pulsos psiónicos naturales, los utiliza para modular la onda portadora y envía todo el rayo hacia Joe. También capta los impulsos resonantes de Joe y los amplifica para que puedas percibirlos. Todo lo demás está al servicio del tubo K.

—Ahórrame la conferencia —gruñó Anglesey.

—Me limitaba a repasar lo evidente —dijo Cornelius—, porque a veces la respuesta evidente es la más difícil de ver. Quizá no sea el tubo K lo que falla. Quizá seas tú.

—¿Qué? —El pálido rostro quedó boquiabierto. Una furia naciente fue tiñendo de rojo sus delgados huesos.

—No es nada personal —se apresuró a añadir Cornelius—. Pero sabes bien que el subconsciente es una bestia taimada. Supongamos, como hipótesis de trabajo, que en el fondo tú no quieres estar en Júpiter. Me imagino que es un entorno aterrador. O podría ser cosa de algún oscuro elemento freudiano. O, simple y naturalmente, tu subconsciente no acaba de comprender que la muerte de Joe no implica la tuya propia.

—Mm… —Mirabile dictu. Anglesey permaneció tranquilo. Se frotó la barbilla con una mano esquelética—. ¿Puedes ser más explícito?

—Solo a grandes rasgos —respondió Cornelius—. Tu mente consciente envía un impulso motriz por el rayo psi hasta Joe. Al mismo tiempo, tu subconsciente, asustado por toda la situación, emite los impulsos glandulares, vasculares, cardíacos y viscerales asociados con el miedo. Estos afectan a Joe, cuya tensión regresa por el rayo. Al percibir los síntomas somáticos del miedo de Joe, tu subconsciente se inquieta todavía más y aumenta esos síntomas. ¿Lo entiendes? Es exactamente como una neurastenia común, con una excepción: como interviene un amplificador muy potente, el tubo K, las oscilaciones pueden crecer sin control en uno o dos segundos. Deberías agradecer que el tubo se queme; de lo contrario, ¡podría quemarse tu cerebro!

Anglesey guardó silencio un momento. Luego rio. Fue una risa dura y bárbara. Cornelius se sobresaltó cuando le golpeó los tímpanos.

—Buena idea —dijo el operador psi—. Pero me temo que no se ajusta a los datos. Verás, me encanta estar ahí abajo. Me gusta ser Joe.

Hizo una pausa y luego continuó con un tono seco e impersonal:

—No juzgues el entorno por mis notas. No son más que apuntes idiotas: estimaciones de la velocidad del viento, variaciones de temperatura, propiedades minerales… insignificancias. Lo que no puedo registrar es el aspecto de Júpiter visto por los ojos infrarrojos de un joviano.

—Supongo que será diferente —se aventuró Cornelius tras un minuto de incómodo silencio.

—Sí y no. Es difícil expresarlo con palabras. Algunas cosas no puedo describirlas porque el ser humano carece de los conceptos necesarios. Pero… no sé cómo explicarlo. Ni el propio Shakespeare podría. Recuerda tan solo que todo lo que en Júpiter nos parece frío, venenoso y sombrío es lo adecuado para Joe. —La voz de Anglesey se volvió distante, como si hablara consigo mismo—. Imagina caminar bajo un cielo violeta resplandeciente, mientras enormes nubes centelleantes barren la tierra con sus sombras y la lluvia avanza a grandes pasos debajo de ellas. Imagina caminar por las laderas de una montaña semejante a metal pulido, con una llamarada roja y limpia que estalla sobre tu cabeza y el trueno que ríe dentro del suelo. Imagina un torrente fresco y salvaje, árboles bajos de flores cobrizas y oscuras y una cascada —una cascada de metano, o como quieras llamarla— que salta desde un acantilado, mientras el viento fuerte y vivo sacude su melena llena de arcoíris. Imagina un bosque entero, oscuro y palpitante, donde de vez en cuando vislumbras un fuego fatuo rojizo, pálido y vacilante: la radiación vital de algún animal veloz y tímido. Y… y…

La voz de Anglesey se apagó en un graznido. Contempló sus puños cerrados; luego apretó los ojos y las lágrimas brotaron entre los párpados.

—¡Imagina ser fuerte!

De pronto agarró el casco, se lo encajó en la cabeza y giró los controles. Joe dormía allá abajo, en medio de la noche, pero estaba a punto de despertar y… ¿rugir bajo las cuatro grandes lunas hasta que todo el bosque lo temiera?

Cornelius salió en silencio de la sala.

* * *

Bajo la prolongada luz broncínea del atardecer y los oscuros bancos de nubes que incubaban una tormenta, ascendió por la ladera con la sensación de haber concluido la jornada. Llevaba a la espalda dos cestos tejidos que se equilibraban entre sí: uno cargado con los frutos negros y de olor penetrante del árbol espinoso, y otro con enredaderas gruesas como cables que utilizaría como cuerdas. El hacha apoyada en su hombro atrapó la luz menguante y la devolvió con un destello cegador.

No había sido un trabajo pesado, pero el cansancio le nublaba la mente y no tenía ganas de afrontar las tareas domésticas que aún lo esperaban: cocinar, limpiar y todo lo demás. ¿Por qué no se apresuraban a enviarle ayudantes?

Sus ojos buscaron el cielo con resentimiento.

La luna Cinco permanecía oculta. Allí abajo, en el fondo del océano de aire, no se veía nada aparte del Sol y los cuatro satélites galileanos. Ni siquiera estaba seguro de dónde se encontraba Cinco en ese momento con respecto a él… Un momento: aquí está atardeciendo, pero si saliera a la cúpula de observación vería Júpiter en cuarto menguante, ¿o no? Ah, demonios, de todos modos, tardamos apenas medio día terrestre en dar la vuelta al planeta…

Joe sacudió la cabeza. Después de tanto tiempo, a veces todavía le resultaba endiabladamente difícil mantener claras sus ideas. Yo, mi yo esencial, estoy arriba en el cielo, cabalgando sobre Júpiter V entre las frías estrellas. Recuérdalo. Abre los ojos, si quieres, y contempla la sala de control muerta superpuesta a esta ladera viva.

Pero no lo hizo. En cambio, contempló las rocas grises, castigadas por el viento, esparcidas sobre la resistente vegetación musgosa de la ladera. No se parecían mucho a las rocas terrestres, ni el suelo bajo sus pies al humus de la Tierra.

Durante un momento, Anglesey especuló sobre el origen de los silicatos, los aluminatos y otros compuestos pétreos. En teoría, todos esos materiales debían de estar encerrados en el inaccesible núcleo joviano, allá donde la presión era tan inmensa que los átomos se doblaban y colapsaban. Sobre el núcleo debería haber miles de kilómetros de hielo alotrópico y luego una capa de hidrógeno metálico. A esa altura no tendría que haber minerales complejos, pero los había.

Bueno, quizá Júpiter se hubiera formado según la teoría, pero después había engullido por su enorme garganta gravitatoria suficiente polvo cósmico, meteoros, gases y vapores como para formar una corteza de varios kilómetros de espesor. O, más probablemente, la teoría era completamente errónea. ¿Qué sabían, qué podían saber los blandos y pálidos gusanos de la Tierra?

Anglesey se metió dos dedos —los de Joe— en la boca y silbó. Se oyó un aullido entre la maleza y dos formas negras como la medianoche saltaron hacia él. Sonrió y les acarició la cabeza; el adiestramiento avanzaba más rápido de lo que había esperado con aquellas crías de las bestias-oruga negras que había capturado. Le servirían de guardianes, pastores y sirvientes.

En la cima de la colina, Joe se estaba construyendo una casa. Había talado casi media hectárea y levantado una empalizada. Dentro del recinto se alzaban ya un cobertizo para él y sus provisiones, un pozo de metano y los cimientos de una cabaña grande y cómoda.

Pero había demasiado trabajo para un solo ser. Aun con la ayuda de las orugas seminteligentes y con un depósito refrigerado para la carne, tendría que dedicar la mayor parte del tiempo a cazar. Los animales de presa tampoco durarían eternamente. Tendría que iniciar la agricultura dentro de un año o poco más. Un año joviano: doce años terrestres, pensó Anglesey. Debía terminar y amueblar la cabaña; quería instalar en el río una rueda hidráulica —no, una rueda de metano— que moviera cualquiera de la docena de máquinas que tenía en mente; quería experimentar con hielo aleado y…

Y, dejando de lado la necesidad de ayuda, ¿por qué debía permanecer solo, la única criatura inteligente en todo el planeta? En aquel cuerpo era un macho, con instintos de macho. A la larga, su salud acabaría resintiéndose si seguía llevando una vida de ermitaño y, en ese momento, todo el proyecto dependía de la salud de Joe.

¡No estaba bien!

Pero no estoy solo. Hay cincuenta hombres conmigo en el satélite. Puedo hablar con cualquiera de ellos cuando quiera. Lo que sucede es que, últimamente, casi nunca quiero hacerlo. Prefiero ser Joe.

Sin embargo… yo, el lisiado, siento todo el cansancio, la ira, el dolor y la frustración de esa maravillosa máquina biológica llamada Joe. Los demás no lo entienden. Cuando el vendaval de amoníaco le desgarra la piel, soy yo quien sangra.

Joe se tendió en el suelo con un suspiro. Unos colmillos brillaron en la boca de la bestia negra que se acercó pesadamente para lamerle el rostro. El estómago le rugía de hambre, pero estaba demasiado cansado para preparar una comida. Cuando tuviera adiestrados a los perros…

Sería mucho más satisfactorio educar a otro pseudo.

Casi podía verlo entre las sombras con que el cansancio iba cubriendo su mente. Allá abajo, en el valle al pie de la colina, habría fuego y truenos cuando la nave aterrizara. El huevo de acero se abriría como un cascarón y sus brazos de acero —ya medio deshechos, ¡endeble obra de gusanos! — extraerían la figura que había dentro y la depositarían en el suelo.

Ella se agitaría y gritaría al tomar la primera bocanada de aire, y miraría a su alrededor con los ojos vacíos y sin conciencia. Joe iría a buscarla y la llevaría a casa. La alimentaría, la cuidaría y le enseñaría a caminar. No tomaría mucho tiempo: un cuerpo adulto aprendería esas cosas con gran rapidez. En pocas semanas incluso hablaría, sería un individuo, un alma.

¿Pensaste alguna vez, Edward Anglesey, en los días en que también podías caminar, que tu esposa sería un monstruo gris de cuatro patas?

No importaba. Lo importante era conseguir que llegaran más seres de su especie, hembras y machos. Según el mezquino plan de la estación, tendría que esperar otros dos años terrestres y entonces solo le enviarían otra marioneta como él, una despreciable mente humana que miraría por unos ojos que pertenecían por derecho a un joviano. ¡Era intolerable!

Si no estuviera tan cansado…

Joe se incorporó. La somnolencia lo abandonó cuando comprendió.

Él no estaba cansado, o no demasiado. Anglesey sí. Anglesey, su mitad humana, llevaba meses durmiendo apenas en breves cabezadas, y últimamente Cornelius interrumpía su descanso. Era el cuerpo humano el que desfallecía, cedía y enviaba a Joe, a través del rayo psi, una suave oleada de sueño tras otra.

La tensión somática ascendió hacia el cielo; Anglesey despertó de golpe.

Maldijo. Sentado bajo el casco, notó que la nitidez de Júpiter se desvanecía al dispersarse su concentración, como si el planeta se volviera transparente. Detrás se afianzó la prisión de acero de su laboratorio. Estaba perdiendo el contacto. Con rapidez y la destreza adquirida por la experiencia, volvió a ponerse en fase con la corriente neutra del otro cerebro. Impuso el sueño a Joe, del mismo modo que un hombre trata de imponérselo a sí mismo.

Y, como cualquier otro insomne, fracasó. El cuerpo de Joe estaba demasiado hambriento. Se puso de pie y atravesó el recinto hasta la choza.

El tubo K enloqueció y se fundió.

* * *

La noche antes de la partida de las naves, Viken y Cornelius se quedaron despiertos hasta tarde.

Claro que no era verdaderamente de noche. En doce horas, la diminuta luna completaba una órbita alrededor de Júpiter, de la oscuridad a la oscuridad, y bien podía haber un pequeño sol pálido sobre sus riscos cuando los relojes indicaban que las brujas recorrían Greenwich. Pero a esa hora dormía casi todo el personal.

Viken frunció el entrecejo.

—No me gusta —dijo—. Es un cambio de planes demasiado repentino. Una apuesta demasiado arriesgada.

—Solo arriesgan… ¿cuántos? Tres pseudos machos y doce hembras —respondió Cornelius.

—Y quince naves jovianas. Todas las que tenemos. Si la idea de Anglesey no funciona, pasarán meses, quizá un año o más, antes de que podamos construir otras y reanudar la exploración aérea.

—Pero si funciona —dijo Cornelius—, no necesitarán naves jovianas, salvo para transportar más pseudos. Estarán demasiado ocupados evaluando los datos de la superficie para perder el tiempo en la atmósfera superior.

—Claro. Pero no esperábamos que fuese tan pronto. Íbamos a traer más operadores psi para manejar más pseudos…

—Pero no son necesarios —dijo Cornelius. Encendió un puro y aspiró una larga bocanada mientras buscaba cuidadosamente las palabras—. No por el momento, al menos. Joe ha llegado a un punto en que, con ayuda, puede saltarse varios miles de años de historia. Incluso podría tener alguna clase de radio en funcionamiento en un futuro relativamente próximo, lo cual eliminaría gran parte de la necesidad de recurrir a la psiónica. Pero sin ayuda tendrá que limitarse a marcar el paso. Y es absurdo hacer que un operador psi humano altamente capacitado realice trabajos manuales, que es lo único para lo que se necesitan ahora los otros pseudos. Cuando el asentamiento joviano esté bien establecido podrán enviar más marionetas.

—Pero la pregunta es —insistió Viken— si el propio Anglesey puede educar simultáneamente a todos esos pseudos. Durante varios días estarán tan indefensos como bebés. Pasarán semanas antes de que empiecen a pensar y actuar por sí mismos. ¿Podrá Joe cuidar de ellos mientras tanto?

—Tiene comida y combustible almacenados para varios meses —dijo Cornelius—. Y en cuanto a las capacidades de Joe, bien… tendremos que confiar en el juicio de Anglesey. Él es el único que posee información de primera mano.

—Y cuando esos jovianos desarrollen personalidades propias —prosiguió Viken, preocupado—, ¿necesariamente seguirán a Joe? No olvides que los pseudos no son copias idénticas entre sí. El principio de incertidumbre garantiza a cada uno un conjunto único de genes. Si hay una sola mente humana en Júpiter, en medio de todos esos alienígenas…

—¿Una mente humana? —La frase fue casi inaudible. Viken abrió la boca, interrogante. El otro se apresuró a continuar—: Oh, estoy seguro de que Anglesey podrá seguir dominándolos. Su personalidad es bastante… formidable.

Viken parecía sorprendido.

—¿Realmente lo crees?

El psionicista asintió.

—Sí. Durante las últimas semanas he visto más de él que cualquier otra persona. Y mi profesión me orienta de manera natural hacia la psicología de un hombre, más que hacia su cuerpo o sus costumbres. Tú ves a un lisiado irascible. Yo veo una mente que ha reaccionado a sus limitaciones físicas desarrollando una energía infernal, un poder de concentración tan inhumano que casi me asusta. Pon un cuerpo sano al servicio de esa mente y nada le resultará imposible.

—Puede que en eso tengas razón —murmuró Viken tras una pausa—. No es que importe. La decisión está tomada. Mañana descenderán los cohetes. Espero que todo salga bien.

Calló otro rato. El zumbido de los ventiladores en la pequeña habitación parecía anormalmente fuerte, y los colores de una pin-up en la pared, escandalosamente chillones. Luego dijo con lentitud:

—Tú también te has estado mostrando muy reservado, Jan. ¿Cuándo esperas terminar tu proyector psi y dar comienzo a las pruebas?

Cornelius miró a su alrededor. La puerta estaba abierta a un pasillo desierto, pero alargó la mano y la cerró antes de responder con una ligera sonrisa:

—Lleva listo varios días. Pero no se lo digas a nadie.

—¿Cómo es eso? —Viken dio un respingo. Bajo aquella gravedad reducida, el movimiento lo levantó de la silla y lo lanzó hasta la mitad de la mesa que separaba a los dos hombres. Se impulsó hacia atrás y aguardó.

—He fingido hacer ajustes sin sentido —dijo Cornelius—, pero estaba esperando un momento de gran intensidad emocional, una ocasión en que pudiera estar seguro de que toda la atención de Anglesey se concentraría en Joe. Lo que sucederá mañana es exactamente lo que necesito.

—¿Por qué?

—Verás, estoy casi convencido de que el problema de la máquina es psicológico, no físico. Creo que, por alguna razón enterrada en su subconsciente, Anglesey no quiere estar en Júpiter. Un conflicto de esa clase bien podría hacer oscilar un circuito amplificador psiónico.

—Mmm. —Viken se frotó la barbilla—. Podría ser. Últimamente Ed ha ido cambiando cada vez más. Cuando llegó ya era bastante irascible, pero al menos jugaba alguna partida de póquer. Ahora se ha encerrado tanto en su caparazón que ni siquiera se lo ve. Nunca lo había pensado, pero… sí, por Dios, Júpiter debe de estar produciendo algún efecto en él.

—Mmm —asintió Cornelius. No añadió nada más. No mencionó, por ejemplo, aquel episodio totalmente insólito en Anglesey, cuando había intentado describir lo que significaba ser joviano.

—Claro está —dijo Viken pensativo—, los operadores anteriores no se resintieron de manera especial. Ni tampoco Ed, al principio, cuando controlaba pseudos inferiores. Solo ha cambiado tanto desde que Joe bajó a la superficie.

—Sí, sí —dijo Cornelius con rapidez—. Eso ya lo he averiguado. Pero basta de hablar de trabajo…

—No. Espera un momento. —Viken habló con voz baja y apresurada, mirando más allá de Cornelius—. Por primera vez empiezo a pensar con claridad en todo esto. Nunca me había detenido a analizarlo; me limité a aceptar una situación desagradable. Hay algo peculiar en Joe. No puede deberse a su estructura física ni al entorno, porque las formas inferiores no causaron este problema. ¿Podría ser porque… Joe es la primera marioneta de la historia dotada de una inteligencia potencialmente humana?

—Estamos especulando en el vacío —dijo Cornelius—. Mañana quizá pueda responderte. Ahora mismo no sé nada.

Viken se irguió en su asiento. Fijó sus ojos claros en el otro hombre, sin parpadear.

—Un minuto —dijo.

—¿Sí? —Cornelius se movió, medio incorporándose—. Rápido, por favor. Ya pasó mi hora de dormir.

—Sabes mucho más de lo que has admitido —dijo Viken—. ¿No es así?

—¿Qué te hace pensar eso?

—No eres el mentiroso más dotado del universo. Y además defendiste con demasiada vehemencia el plan de Anglesey de enviar a los otros pseudos, con más vehemencia de la que cabría esperar de un recién llegado.

—Ya te lo he dicho. Quiero que esté concentrado en otra cosa cuando…

—¿Tanto lo deseas? —le soltó Viken.

Cornelius permaneció inmóvil durante un minuto. Luego suspiró y se recostó.

—Está bien —dijo—. Tendré que confiar en tu discreción. No estaba seguro de cómo reaccionaría el personal veterano de la estación. Por eso no quería andar divulgando mis especulaciones, que podrían ser erróneas. Los hechos confirmados, sí, se los contaré; pero no deseo atacar la religión de un hombre con una mera teoría.

Viken frunció el entrecejo.

—¿Qué demonios quieres decir?

Cornelius dio fuertes chupadas a su puro; la punta crecía y menguaba como una diminuta estrella roja y demoníaca.

—Júpiter V es más que una estación de investigación —dijo con suavidad—. Es una forma de vida, ¿verdad? Nadie vendría aquí ni siquiera por un solo período si el trabajo no le importara. Quienes vuelven a alistarse deben de encontrar algo en ese trabajo, algo que la Tierra, con todas sus riquezas, no puede ofrecerles. ¿No es así?

—Sí —respondió Viken casi en un susurro—. No creía que pudieras comprenderlo tan bien. Pero ¿qué tiene que ver eso?

—Bueno, no quiero decirte, a menos que pueda demostrarlo, que quizá todo esto no haya servido para nada. Tal vez todos ustedes hayan desperdiciado la vida y una enorme cantidad de dinero, y ahora tengan que hacer las maletas y volver a casa.

Ni un músculo se movió en el rostro alargado de Viken. Era como si se hubiese congelado. Pero dijo con mucha calma:

—¿Por qué?

—Piensa en Joe —dijo Cornelius—. Su cerebro tiene tanta capacidad como el de cualquier ser humano adulto. Desde el momento de su “nacimiento” ha registrado todos los datos sensoriales que recibió, grabándolos en sí mismo, en sus propias células, no solo en el banco de memoria físico de Anglesey aquí arriba. Además, un pensamiento también es un dato sensorial. Y los pensamientos no están separados en pequeñas vías de ferrocarril perfectamente ordenadas, sino que forman un campo continuo. Cada vez que Anglesey está en contacto con Joe y piensa, el pensamiento recorre las sinapsis de Joe además de las suyas. Cada pensamiento lleva consigo sus asociaciones, y cada recuerdo asociado queda registrado. Si Joe está construyendo una cabaña, por ejemplo, la forma de los troncos podría recordarle a Anglesey alguna figura geométrica, que a su vez le recordaría el teorema de Pitágoras…

—Entiendo la idea —dijo Viken con cautela—. Con el tiempo, el cerebro de Joe habrá almacenado todo lo que había en el de Ed.

—Exacto. Ahora bien, un sistema nervioso funcional con un patrón engramático de experiencias —en este caso, un sistema nervioso no humano—, ¿no es una definición bastante aceptable de personalidad?

—Supongo que sí… ¡Dios mío! —Viken dio un salto—. ¿Quieres decir que Joe… está tomando el control?

—En cierto modo. De un modo sutil, automático e inconsciente. —Cornelius respiró hondo y se lanzó—. El pseudojoviano es una forma de vida casi perfecta. Sus biólogos incorporaron en él toda la experiencia obtenida de los errores que cometió la naturaleza al diseñarnos. Al principio, Joe era solo una máquina biológica teledirigida. Después, Anglesey y Joe se convirtieron en dos facetas de una misma personalidad. Luego, muy lentamente, el cuerpo más fuerte y sano… la mayor amplitud de sus pensamientos… ¿Lo ves? Joe se está convirtiendo en la faceta dominante. Piensa en este asunto de enviar los otros pseudos. Anglesey cree que tiene razones lógicas para desearlo. En realidad, esas “razones” son simples racionalizaciones de los deseos instintivos de la faceta Joe.

» El subconsciente de Anglesey debe de comprender la situación de una manera imprecisa y reactiva. Debe de sentir que su ego humano se hunde poco a poco bajo la fuerza arrolladora de los instintos y deseos de Joe. Intenta defender su identidad, pero la fuerza superior del naciente subconsciente de Joe lo aplasta.

» Lo expreso de manera un tanto burda —concluyó en tono de disculpa—, pero eso explicaría las oscilaciones de los tubos K.

Viken asintió despacio, como un viejo.

—Sí, lo comprendo —respondió—. El entorno alienígena de allá abajo… La distinta estructura cerebral… ¡Dios mío! ¡Joe se está tragando a Ed! ¡El titiritero se está convirtiendo en títere! —Parecía enfermo.

—No es más que una especulación —dijo Cornelius. De pronto se sintió muy cansado. No era agradable hacerle aquello a Viken, que le caía bien—. Pero comprendes el dilema, ¿verdad? Si tengo razón, cualquier operador psi se convertirá gradualmente en joviano: un monstruo con dos cuerpos, de los cuales el humano será apenas un apéndice sin importancia. Eso significa que ningún operador aceptará jamás controlar un pseudo y, por tanto, será el fin de su proyecto. —Se puso de pie—. Lo siento, Arne. Me obligaste a decirte lo que pienso, y ahora pasarás la noche en vela, preocupado; seguramente yo estoy equivocado y te preocuparás en vano.

—Está bien —murmuró Viken—. Quizá no estés equivocado.

—No lo sé. —Cornelius se dirigió lentamente hacia la puerta—. Mañana intentaré encontrar algunas respuestas. Buenas noches.

* * *

Hacía ya tiempo que se había apagado el trueno de los cohetes que sacudía la luna —¡crash, crash, crash! — al saltar de sus plataformas. Ahora la flota se deslizaba sobre alas metálicas, con los estatorreactores secundarios al límite, a través de la furia del cielo joviano.

Al abrir la puerta de la sala de control, Cornelius miró el panel de señales. En algún lugar, una voz iba dando la noticia a todas las estaciones: una nave destruida, dos naves destruidas. Pero Anglesey no permitía que ningún sonido llegara hasta él cuando llevaba el casco. Un técnico servicial había improvisado un panel de quince luces rojas y quince azules sobre el proyector psi de Cornelius para mantenerlo informado también a él. Oficialmente, por supuesto, estaban allí para beneficio de Anglesey, aunque el operador había insistido en que no las miraría.

Cuatro bombillas rojas estaban apagadas, de modo que cuatro de las azules no se encenderían para anunciar un aterrizaje seguro. Un torbellino, un rayo, un meteoro de hielo flotante, una bandada de criaturas semejantes a mantas cuya carne era tan densa y dura como el hierro… Podía haber un centenar de cosas que hubieran aplastado las cuatro naves y arrojado sus restos destrozados sobre los bosques venenosos.

¡Al diablo con las cuatro naves! Había que pensar en cuatro criaturas vivas, con cerebros capaces de rivalizar con el suyo, condenadas primero a pasar años sumidas en una noche inconsciente y luego, sin llegar a despertar más que durante un único instante de incomprensión, reducidas a fragmentos sanguinolentos al estrellarse contra una montaña de hielo. La crueldad de aquel derroche le hizo a Cornelius un nudo frío en el estómago. Sin duda había que hacerlo si se quería que existiera vida inteligente en Júpiter; pero entonces que se hiciera pronto y con las menores pérdidas posibles, pensó, para que la siguiente generación pudiera ser engendrada por amor y no por máquinas.

Cerró la puerta tras de sí y esperó un momento conteniendo el aliento. Anglesey era una silla de ruedas y una curva cobriza de casco frente a la pared opuesta. Ningún movimiento, ninguna conciencia de cuanto lo rodeaba. ¡Bien!

Sería incómodo, quizá desastroso, que Anglesey se enterara de aquel escrutinio tan íntimo. Pero no tenía por qué saberlo nunca. Su propia concentración lo mantenía ciego y sordo.

Aun así, el psionicista trasladó con cuidado su cuerpo voluminoso por la sala hasta el nuevo proyector psi. No le gustaba demasiado el papel de fisgón y no lo habría asumido de haber visto otra posibilidad. Pero tampoco se sentía especialmente culpable. Si lo que sospechaba era cierto, Anglesey estaba siendo transformado sin saberlo en algo inhumano; espiarlo podía significar salvarlo.

Con cuidado, Cornelius activó los medidores y empezó a calentar las válvulas. El osciloscopio incorporado a la máquina de Anglesey le mostró el ritmo alfa exacto de Anglesey, su reloj biológico fundamental. Primero había que ajustarse a él, después descubrir a tientas los elementos más sutiles y, cuando el aparato estuviera completamente en fase, se podía sondear sin ser detectado y…

Averiguar qué estaba mal. Leer el subconsciente torturado de Anglesey y descubrir qué había en Júpiter que a la vez lo atraía y lo aterrorizaba.

Cinco naves perdidas.

Pero debían de estar a punto de tocar tierra. Tal vez solo se perdieran cinco en total. Quizá diez lograran llegar. Diez camaradas para… ¿Joe?

Cornelius suspiró. Miró a Anglesey, sentado allí, ciego y sordo al mundo humano que lo había dejado lisiado, y sintió compasión y furia. No era justo. Nada de aquello era justo.

Ni siquiera para Joe. Joe no era ningún demonio devorador de almas. Todavía no comprendía que él era Joe, que Anglesey se iba convirtiendo en un mero apéndice. No había pedido que lo crearan y, si lo separaban de su equivalente humano, muy probablemente lo destruirían.

De algún modo, cuando los hombres sobrepasaban los límites razonables, siempre había un precio que todos debían pagar.

Cornelius lo maldijo para sus adentros. Había trabajo que hacer. Se sentó y se colocó el casco. La onda portadora se manifestaba como una pulsación tenue e inaudible, un temblor de neuronas en lo más hondo de su conciencia. No había forma de describirlo.

Alzó una mano y sintonizó la frecuencia alfa de Anglesey. La suya era algo más baja. Tenía que someter las señales a un proceso de heterodinación. Todavía no recibía nada… Claro, debía encontrar también la forma de onda exacta; el timbre era tan fundamental para el pensamiento como para la música. Ajustó los diales con lentitud y extremo cuidado.

Algo fulguró en su conciencia: una visión de nubes que rodaban por un cielo violeta rojizo, un viento que galopaba a través de una inmensidad sin horizontes. La perdió. Le temblaron los dedos mientras volvía a sintonizar.

El rayo psi entre Joe y Anglesey se ensanchó e incorporó a Cornelius al circuito. Miraba por los ojos de Joe, estaba de pie en una colina y escrutaba el cielo sobre las montañas de hielo en busca de la primera señal de un cohete. Al mismo tiempo, seguía siendo Jan Cornelius, veía borrosamente los indicadores y sondeaba en busca de emociones, símbolos, cualquier clave que abriera el terror encerrado en el alma de Anglesey.

El terror se alzó y le golpeó en la cara.

* * *

La detección psiónica no es una forma de escucha pasiva. Del mismo modo que un receptor de radio es también, por necesidad, un débil transmisor, un sistema nervioso en resonancia con una fuente de energía del espectro psiónico también emite. En circunstancias normales, por supuesto, este efecto carece de importancia; pero cuando los impulsos se hacen pasar, en uno u otro sentido, por un conjunto de unidades de heterodinación y amplificación con una intensa realimentación negativa…

En los primeros tiempos, la psicoterapia psiónica se anulaba a sí misma. Los pensamientos amplificados de un hombre, al entrar en el cerebro de otro, se combinaban con los ciclos neurales de este según las leyes vectoriales ordinarias. Como resultado, ambos percibían las nuevas frecuencias de pulsación como un aleteo de pesadilla dentro de sus propios pensamientos. Un analista entrenado en el dominio de sí mismo podía ignorarlo; el paciente no, y reaccionaba con violencia.

Con el tiempo se midieron los timbres de onda humanos fundamentales y se reanudó la terapia psiónica. El proyector psi moderno analizaba la señal entrante y trasladaba sus características al patrón del “oyente”. Los pulsos verdaderamente distintos del cerebro transmisor, aquellos que de ningún modo podían adaptarse al patrón de las neuronas receptoras —del mismo modo que una señal exponencial no puede adaptarse de manera práctica a una sinusoide—, eran filtrados.

Una vez compensados de ese modo, los pensamientos del otro podían percibirse con tanta naturalidad como los propios. Si el paciente estaba conectado a un circuito de rayo psi, un operador hábil podía sintonizarse sin que aquel lo advirtiera necesariamente. El operador no podía sondear los pensamientos del otro ni implantarle los suyos.

El plan de Cornelius, evidente para cualquier psionicista, dependía de eso. Recibiría las emisiones de un Anglesey-Joe que no advertiría su presencia. Si su teoría era correcta y la personalidad del operador se estaba deformando hasta convertirse en la de un monstruo, sus pensamientos serían demasiado alienígenas para atravesar los filtros. Cornelius recibiría señales intermitentes o no recibiría nada. Si su teoría era errónea y Anglesey seguía siendo Anglesey, recibiría un flujo de conciencia humano normal y podría sondearlo en busca de otros factores problemáticos.

¡Su cerebro rugió!

¿Qué me está pasando?

Durante un instante, la interferencia convirtió sus pensamientos en un galimatías de ondas en dientes de sierra, y el pánico lo abatió. Boqueó en busca de aire bajo el viento joviano, y sus temibles perros percibieron la presencia extraña que había en él y gimieron.

Después llegaron el reconocimiento, el recuerdo y una llamarada de ira tan enorme que no dejó espacio para el miedo. Joe llenó sus pulmones y gritó. La ladera retumbó con los ecos:

—¡Sal de mi mente!

Sintió que Cornelius descendía en espiral hacia la inconsciencia. La fuerza abrumadora de su golpe mental había sido excesiva. Joe rio —más que una risa, fue un gruñido— y redujo la presión.

Sobre él, entre nubes atronadoras, parpadeó la primera llamarada tenue de un cohete que descendía.

La mente de Cornelius regresó a tientas hacia la luz y rompió la superficie, como quien emerge del agua. Abrió la boca de golpe en busca de aire y tendió las manos hacia los diales para apagar la máquina y escapar.

—No tan rápido. —Con sombría determinación, Joe descargó una orden que dejó rígidos los músculos de Cornelius—. Quiero saber qué significa esto. ¡Quédate quieto y déjame mirar! —Lanzó un impulso que quizá podría representarse como un signo de interrogación incandescente. Los recuerdos explotaron en fragmentos por el prosencéfalo del psionicista.

—Vaya. ¿Eso es todo? ¿Creías que tenía miedo de bajar aquí y ser Joe y querías saber por qué? ¡Pero si te dije que no era así!

Debí haberte creído…, susurró el pensamiento de Cornelius.

—Bien, sal del circuito —continuó gruñendo Joe en voz alta—. Y no vuelvas jamás a la sala de control, ¿entendido? Con tubos K o sin ellos, no quiero verte otra vez. Puede que sea un lisiado, pero todavía puedo desarmarte célula por célula. Ahora desconéctate y déjame solo. La primera nave aterrizará dentro de pocos minutos.

¿Tú un lisiado… tú, Joe-Anglesey?

—¿Qué? —El enorme ser gris que estaba en la colina alzó la cabeza salvaje, como al súbito toque de unas trompetas—. ¿Qué quieres decir?

¿No lo entiendes?, respondió aquel pensamiento débil y fatigado. Sabes cómo funciona el proyector psi. Sabes que podría haber sondeado la mente de Anglesey en su propio cerebro sin causar interferencias suficientes para que él lo advirtiera. Pero no habría podido sondear una mente enteramente no humana, ni esa mente habría podido percibirme. Los filtros no habrían dejado pasar una señal semejante. Sin embargo, me percibiste desde la primera fracción de segundo. Eso solo puede significar que hay una mente humana dentro de un cerebro no humano.

Ya no eres un medio cadáver en Júpiter V. Tú eres Joe… Joe-Anglesey.

—Maldita sea —dijo Joe—. Tienes razón.

Desconectó a Anglesey, expulsó a Cornelius de su mente con un solo impulso brutal y bajó corriendo por la colina para recibir la nave espacial.

Cornelius despertó unos minutos después. Sentía que el cráneo estaba a punto de partírsele. Buscó a tientas el interruptor principal, lo bajó de un golpe, se arrancó el casco y lo arrojó al suelo con estrépito. Todavía tardó un poco en reunir fuerzas para hacer lo mismo por Anglesey. El otro hombre no podía hacer nada por sí mismo.

* * *

Se sentaron fuera de la enfermería y esperaron. Era un espacio desolado de metal y plástico, iluminado con una luz implacable y con olor a antiséptico, cerca del corazón del satélite y protegido por kilómetros de roca del rostro terrible de Júpiter.

Solo Viken y Cornelius estaban en aquella sala estrecha. El resto de la estación proseguía mecánicamente sus tareas, ocupando el tiempo hasta poder saber qué había ocurrido. Al otro lado de la puerta, tres biotécnicos, que constituían también el personal médico de la estación, luchaban con el ángel de la muerte por aquello que había sido Edward Anglesey.

—Nueve naves llegaron a la superficie —dijo Viken con voz apagada—. Dos machos y siete hembras. Es suficiente para iniciar una colonia.

—Desde el punto de vista genético sería preferible que hubieran llegado más —señaló Cornelius. Mantuvo la voz baja, aunque en su tono se percibía una alegría contenida. Había algo sobrecogedor en todo aquello.

—Sigo sin entenderlo —dijo Viken.

—Oh, ahora está bastante claro. Quizá debería haberlo comprendido antes. Disponíamos de todos los hechos; lo único que no supimos fue darles la interpretación sencilla y evidente. No: tuvimos que conjurar al monstruo de Frankenstein.

—Bueno —dijo Viken con voz áspera—, hemos jugado a ser Frankenstein, ¿no es cierto? Ed está muriendo ahí dentro.

—Depende de cómo se defina la muerte. —Cornelius aspiró con fuerza el humo del puro, aferrándose a cualquier cosa que pudiera serenarlo. Su voz se volvió deliberadamente seca, desprovista de emoción:

» Mira. Considera los datos. Joe es una criatura con un cerebro de capacidad humana, pero sin mente: una tabula rasa lockeana perfecta sobre la cual podía escribir el rayo psi de Anglesey. Dedujimos, correctamente, aunque con mucho retraso, que cuando se hubiera escrito lo suficiente surgiría una personalidad. Pero la pregunta era: ¿la de quién? Supongo que, por el temor humano habitual a lo desconocido, dimos por sentado que cualquier personalidad alojada en un cuerpo tan extraño tenía que ser monstruosa. Por tanto, debía de ser hostil a Anglesey, debía de estar apoderándose de él…

La puerta se abrió. Los dos hombres se pusieron bruscamente de pie. El cirujano jefe negó con la cabeza.

—Es inútil. Un caso típico de traumatismo por conmoción profunda; está cerca del final. Si tuviéramos mejores instalaciones, quizá…

—No —dijo Cornelius—. No se puede salvar a un hombre que ha decidido no seguir viviendo.

—Lo sé. —El médico se quitó la mascarilla—. Necesito un cigarrillo. ¿Quién tiene uno? —Le temblaron un poco las manos cuando aceptó el que Viken le ofrecía.

—Pero ¿cómo pudo decidir… nada? —dijo Viken con voz ahogada—. Está inconsciente desde que Jan lo separó de esa… de esa cosa.

—La decisión fue anterior —dijo Cornelius—. En realidad, ese despojo tendido sobre la mesa de operaciones ya no tiene mente. Lo sé. Yo estuve allí. —Se estremeció un poco. Solo una fuerte dosis de tranquilizante mantenía alejada la pesadilla. Más tarde tendría que conseguir que le exorcizaran aquel recuerdo.

El doctor aspiró una larga bocanada de humo, la retuvo un momento en los pulmones y exhaló con fuerza.

—Supongo que esto pone fin al proyecto —dijo—. Nunca conseguiremos otro operador psi.

—Desde luego que no —respondió Viken con voz herrumbrosa—. Yo mismo destruiré esa máquina infernal.

—Un momento —exclamó Cornelius—. ¿Es que no lo comprenden? Esto no es el final. ¡Es el principio!

—Será mejor que regrese —dijo el doctor. Apagó el cigarrillo y atravesó la puerta. Esta se cerró a su espalda con un silencio de muerte.

—¿A qué te refieres? —preguntó Viken, como si con esas palabras levantara una barrera.

—¿Es que no quieres comprenderlo? —rugió Cornelius—. Joe posee todos los hábitos, pensamientos, recuerdos, prejuicios e intereses de Anglesey. Sí, el cuerpo y el entorno diferentes provocan algunos cambios, pero no mayores que los que podría experimentar cualquier hombre en la Tierra. Si de pronto te curaras de una enfermedad debilitante, ¿no te volverías quizá un poco bullicioso y rudo? No hay nada anormal en ello. Tampoco es anormal querer conservar la salud. ¿Lo ves?

Viken se sentó. Pasó un rato sin hablar.

Luego, con una lentitud y un cuidado enormes, preguntó:

—¿Quieres decir que Joe es Ed?

—O que Ed es Joe, como prefieras. Creo que ahora se llama Joe, como símbolo de libertad, pero sigue siendo él mismo. Después de todo, ¿qué es el ego sino la continuidad de la existencia?

» Él mismo no lo comprendía del todo. Solo sabía —me lo dijo y yo debí creerle— que en Júpiter era fuerte y feliz. ¿Por qué oscilaba el tubo K? ¿Un síntoma histérico? El subconsciente de Anglesey no temía quedarse en Júpiter. ¡Temía regresar!

» Hoy me conecté para escuchar. A esas alturas, todo su ser estaba concentrado en Joe. Es decir, la fuente primordial de su libido era el cuerpo viril de Joe, no el cuerpo enfermo de Anglesey. Eso producía un patrón de impulsos diferente: no tan ajeno como para que los filtros lo bloquearan, pero sí lo bastante para generar interferencias. Por eso percibió mi presencia. Y comprendió la verdad al mismo tiempo que yo.

» ¿Sabes cuál fue la última emoción que sentí cuando Joe me expulsó de su mente? Ya no era ira. Es brusco, sí, pero en ese momento no había lugar en él para otra cosa que la alegría.

» ¡Yo sabía lo fuerte que era la personalidad de Anglesey! ¿Cómo pude pensar que un cerebro infantil hipertrofiado como el de Joe lograría imponerse a ella? Allí dentro, los médicos… ¡Bah! Intentan salvar un despojo que ha sido abandonado porque ya no sirve.

Cornelius calló. Tenía la garganta en carne viva de tanto hablar. Caminó de un lado a otro, haciendo circular por la boca el humo del puro sin llevarlo a los pulmones.

Al cabo de unos minutos, Viken dijo cautelosamente:

—De acuerdo. Tú debes saberlo; como dijiste, estuviste allí. Pero ¿qué hacemos ahora? ¿Cómo nos ponemos en contacto con Ed? ¿Tendrá siquiera interés en comunicarse con nosotros?

—Sí, por supuesto —dijo Cornelius—. Recuerda que sigue siendo él mismo. Ahora que ya no tiene ninguna de las frustraciones del lisiado, debería mostrarse más afable. Cuando pase la novedad de sus nuevos compañeros, querrá a alguien capaz de hablar con él de igual a igual.

—¿Y exactamente quién va a controlar otro pseudo? —preguntó Viken con sarcasmo—. ¡Estoy muy contento con este cuerpo flacucho, gracias!

—¿Era Anglesey el único lisiado sin esperanza de la Tierra? —preguntó Cornelius en voz baja.

Viken lo miró boquiabierto.

—Y también están los hombres que envejecen —prosiguió el psionicista, hablando casi para sí—. Algún día, amigo mío, cuando tú y yo sintamos que los años nos cercan y todavía nos quede tanto por aprender… quizá también disfrutaríamos de una vida adicional en un cuerpo joviano. —Hizo un gesto con el puro—. Una vida dura, vigorosa y tormentosa, desde luego: peligrosa, pendenciera, violenta, pero una vida como quizá ningún ser humano la ha vivido desde los tiempos de Isabel I. Oh, sí, no costará encontrar jovianos.

Volvió la cabeza cuando el cirujano salió otra vez.

—¡Y bien! —graznó Viken.

El médico se sentó.

—Terminó —dijo.

Esperaron un momento, incómodos.

—Es extraño —dijo el médico. Buscó a tientas un cigarrillo que no tenía. Viken le ofreció uno en silencio—. Extraño. Ya había visto casos así: personas que sencillamente renuncian a vivir. Pero esta es la primera vez que veo morir a alguien sonriendo… sonriendo todo el tiempo.

*** Publicado originalmente en Astounding Science Fiction, en abril de 1957

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